El Israel del Segundo Templo
Un retorno real pero incompleto: un pueblo sin rey que guarda la Torá y espera la reunión de todas sus tribus
Este sexto estudio recorre la historia de Israel desde el edicto de Ciro hasta la ampliación del templo por Herodes y muestra que el regreso de Babilonia fue una restauración real pero incompleta, que dejó abierta la esperanza de reunir a todas las tribus. La comunidad que volvió, formada sobre todo por Judá y Benjamín, ofreció sacrificios por las doce tribus (Esd 6:17) y, sin embargo, confesó en su propia tierra «hoy somos siervos» (Neh 9:36); por eso Hageo, Zacarías y Malaquías, junto con la relectura de Isaías, Jeremías y Daniel, situaron la plenitud más adelante. El estudio sigue a un pueblo que aprende a ser nación santa sin rey a lo largo de los llamados «cuatrocientos años de silencio», integra la arqueología y la tradición judía del período y termina con Simeón y Ana, que esperaban «la consolación de Israel» (Lc 2:25), la misma esperanza que Pablo funda en Ro 11:25–29 sobre las promesas que el retorno había dejado pendientes.
Palabras clave: Segundo Templo, retorno, Ciro, Esdras, Nehemías, diáspora, Septuaginta, macabeos, judíos, samaritanos, restauración, Romanos 11.
Introducción
¿Volvió Israel del exilio? A primera vista, sí: en 538 a. e. c. Ciro autorizó el regreso, el templo se reconstruyó y Jerusalén volvió a tener muros. Los libros de la época responden con más cautela. Los ancianos que habían visto el primer templo lloraron al ver los cimientos del segundo (Esd 3:12); Nehemías, en plena restauración, ora «he aquí que hoy somos siervos» (Neh 9:36); y Daniel, al leer los setenta años de Jeremías, recibe una respuesta que habla de «setenta semanas» (Dn 9:2, 24). Cinco siglos después Simeón todavía esperaba «la consolación de Israel» (Lc 2:25), y los discípulos preguntaban a Jesús resucitado si restauraría el reino a Israel «en este tiempo» (Hch 1:6).
La restauración que el Estudio 5 dejó anunciada en Jeremías y Ezequiel empieza, pues, a cumplirse, pero no de una vez. Dios cumplió por medio de Ciro la palabra de los setenta años, y la comunidad que volvió se presentó ante él en nombre de las doce tribus; faltaban aún el trono de David, la reunión de los dispersos del norte, la gloria en el templo y el corazón nuevo. Mientras los últimos profetas situaban esa plenitud más adelante, Israel aprendió a vivir como pueblo santo sin rey, sostenido por la Torá, el sábado, la sinagoga y una Biblia griega que lo abrió a las naciones. Esa distancia entre lo cumplido y lo prometido es la herencia que recogerá el Nuevo Testamento y que Pablo, en Ro 11, declarará todavía abierta.
Sentidos de «Israel» en este estudio
Desde el Estudio 4 la serie distingue a Israel como pueblo completo de las doce tribus, a Israel como reino del norte (diez tribus, Efraín, capital Samaria), deportado por Asiria en 722 a. e. c., y a Judá como reino del sur (Judá y Benjamín, Jerusalén, casa de David), desterrado a Babilonia en 586 a. e. c. En el período persa se añade judíos (יְהוּדִים, yehudim), primero los de Judá y luego todo el pueblo vinculado al templo de Jerusalén. Las citas son traducción propia desde el hebreo y arameo (BHS) y el griego (NA28; Septuaginta según Rahlfs-Hanhart), con la numeración hebrea entre corchetes cuando difiere.
Marco cronológico
El período tiene tres fases políticas. La persa va desde la toma de Babilonia por Ciro (539 a. e. c.) hasta Alejandro Magno (332) y comprende el retorno, la reconstrucción del templo (520–515), Ester, Esdras y Nehemías y los últimos profetas canónicos. La helenística abarca a los Ptolomeos de Egipto (301–200), a los Seléucidas de Siria, la crisis de Antíoco IV con la rebelión macabea (167–164) y el Estado asmoneo independiente (desde 142/140). La romana empieza con la toma de Jerusalén por Pompeyo (63) e incluye a Herodes, que amplió el templo desde c. 20/19 a. e. c. Algunas de estas fechas siguen en discusión. La llegada de Esdras se fecha aquí en 458, con Williamson (1985), pero sería 398 si el Artajerjes de Esd 7:7 fuera el segundo de ese nombre, lo que lo pondría después de Nehemías, cuya misión cae en el año veinte de Artajerjes I (Neh 2:1), 445/444; la Biblia, con todo, los presenta juntos (Neh 8:9; 12:26). Para la crisis macabea hoy se prefiere 167–164 a la antigua cifra de 168–165, a partir de la conversión de la era seléucida de 1 Mac y de fuentes cuneiformes (Bickerman, 1988; Goldstein, 1976).
Nota. Elaboración propia. Fechas a. e. c.; varias están en debate (véase el texto).
Contexto histórico y arqueológico
El Cilindro de Ciro, hallado en Babilonia en 1879, es una proclamación en acadio en la que Ciro, elegido de Marduk, dice haber devuelto a sus santuarios los dioses de varias ciudades «al otro lado del Tigris» y haber hecho volver a sus habitantes (Finkel, 2013). Ilustra la política de Esd 1:1–4, pero no menciona a Judá, a Jerusalén ni a YHWH: es un testimonio paralelo, no el edicto de Esdras (Kuhrt, 1983). El propio libro de Esdras conserva, además, un memorándum arameo hallado en Ecbatana con las medidas del templo y la orden de devolver los utensilios (Esd 6:2–5). Más de cien tablillas cuneiformes de Al-Yahudu, «la ciudad de Judá», y de aldeas vecinas documentan entre 572 y 477 a. e. c. contratos, arriendos y deudas de deportados con nombres teóforos como Yahu-azar o Ahi-Yahu (Pearce y Wunsch, 2014). Los desterrados de Judá conservaron su identidad y echaron raíces, como les pidió Jer 29:5–7 («edificad casas […] procurad la paz de la ciudad»), y por eso la mayoría no volvió con Ciro.
En Egipto, en la isla de Elefantina, junto a la primera catarata del Nilo, una guarnición judía al servicio de Persia tenía desde antes de Cambises (525 a. e. c.) un templo a YHW. En 407 sus sacerdotes escribieron a Bagohi, gobernador de Yehud, para reconstruirlo, destruido en 410, y mencionaban a «Delaías y Selemías, hijos de Sanbalat, gobernador de Samaria» (Porten y Yardeni, 1986), con lo que confirman la existencia del adversario de Nehemías (Neh 2:10; 4:1–2 [3:33–34]). Se ve allí una diáspora fiel al Dios de Israel, aunque con un templo fuera de Jerusalén y menciones de otras divinidades junto a YHW. La dispersión, que los profetas habían anunciado como juicio, se había vuelto también la forma ordinaria de existir del pueblo.

Nota. Elaboración propia: costas, lagos y ríos GSHHS/WDB y relieve sombreado (Basemap); ubicaciones antiguas aproximadas.
La provincia se llamaba Yehud (יְהוּד; Esd 5:8). Cientos de impresiones de sello con las letras yhd o yhwd en asas de jarras y pequeñas monedas de plata del siglo iv, algunas con el nombre de «Ezequías el gobernador» o de «Johanán el sacerdote», dibujan una provincia pequeña con administración propia (Lipschits y Vanderhooft, 2011; Meshorer, 2001), y una Jerusalén poco poblada, como la de Neh 7:4 («la ciudad era espaciosa y grande, pero poco pueblo dentro de ella»), que hubo que repoblar por sorteo (Neh 11:1). Del muro de Nehemías no hay un tramo atribuible con seguridad. Eilat Mazar asignó a Nehemías una torre y un tramo de muro en la ladera oriental de la Ciudad de David; Finkelstein (2008) los considera asmoneos y piensa que Neh 3 refleja en parte una realidad posterior, mientras otros responden que Nehemías reparó sobre todo trazados antiguos. En el monte Garizim, junto a Siquem, Yitzhak Magen excavó un recinto samaritano construido a mediados del siglo v a. e. c., ampliado en época helenística y destruido por Juan Hircano hacia 112/111 (Magen, 2008). Josefo situaba su fundación en tiempos de Alejandro (Ant. 11.302–347), de modo que la arqueología la adelanta más de un siglo; es el trasfondo de Jn 4:20, «nuestros padres adoraron en este monte».
De los siglos helenístico y romano proceden otros hallazgos. Entre los rollos de Qumrán, el gran rollo de Isaías (1QIsaa), copiado hacia el siglo ii a. e. c., contiene el libro completo con diferencias sobre todo ortográficas respecto del Texto Masorético (Ulrich y Flint, 2010): las promesas de Isaías que este estudio sigue se leían entonces casi como hoy. Y Clermont-Ganneau halló en 1871 una placa griega completa del templo herodiano que prohibía a los extranjeros pasar la balaustrada: «quien sea sorprendido será responsable de su propia muerte» (Josefo, Guerra 5.193–194), trasfondo de Hch 21:28–29 y de Ef 2:14.
Desarrollo bíblico
El retorno y la pregunta de quiénes vuelven
Crónicas termina y Esdras comienza con el mismo edicto, recurso editorial que presenta el retorno como profecía cumplida:
En el primer año de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra de YHWH por boca de Jeremías, YHWH despertó el espíritu de Ciro […]: «[…] Quien haya entre vosotros de todo su pueblo, sea su Dios con él, y suba».
(Esd 1:1–3; 2 Cr 36:22–23)
La palabra de Jeremías son los setenta años, e Isaías había llamado a Ciro מְשִׁיחוֹ, «su ungido» (Is 45:1), único caso en que un rey extranjero recibe el título de mashíaj, que aquí designa una función y no un mesías davídico.
Tras Sesbasar, «príncipe de Judá» (Esd 1:8), guían al pueblo Zorobabel, nieto del rey Joaquín (1 Cr 3:17–19), y el sumo sacerdote Josué. Levantan el altar y celebran Sucot (Esd 3:1–6); cuando se ponen los cimientos, los jóvenes gritan de alegría mientras los ancianos lloran (Esd 3:12–13), y la oposición de los vecinos paraliza la obra hasta el segundo año de Darío I (520 a. e. c.).
Quienes responden son «los jefes de las casas paternas de Judá y de Benjamín, los sacerdotes y los levitas» (Esd 1:5), sobre todo el antiguo reino del sur. Pero la lista de Esd 2 se titula «el número de los varones del pueblo de Israel» (Esd 2:2) y termina diciendo que «todo Israel» habitó en sus ciudades (Esd 2:70). «Israel» designa aquí al pueblo entero, representado por los que volvieron, y con ese sentido la comunidad dedica el templo:
וצפירי עזין לחטאה על כל ישראל תרי עשר למנין שבטי ישראל
Y como ofrenda por el pecado por todo Israel, doce machos cabríos, conforme al número de las tribus de Israel.
(Esd 6:17, arameo)
Judá y Benjamín no pretenden ser todo Israel, pero al ofrecer por las doce tribus declaran vigente la promesa a las ausentes, y Esdras repetirá el gesto con «doce becerros por todo Israel» (Esd 8:35). Había además norteños en esa comunidad. Según 1 Cr 9:3 vivían en Jerusalén hijos «de Judá, de Benjamín, y de Efraín y de Manasés», y Neh 11:20 habla del «resto de Israel» en las ciudades de Judá, cosa que no sorprende después del Estudio 5, donde grupos del norte se habían unido a Judá bajo Asa, Ezequías y Josías (2 Cr 15:9; 30:11; 34:9). El paralelo de Neh 11:3–19 solo nombra a Judá y Benjamín, y hay quien lee 1 Cr 9:3 como reflejo de la visión del Cronista, que piensa siempre en «todo Israel». La Biblia no afirma que las diez tribus volvieran como tales; afirma que el núcleo del retorno fue Judá y Benjamín, con norteños integrados en él. Siglos más tarde Lucas presenta a Ana «de la tribu de Aser» (Lc 2:36), y Pablo se dice «de la tribu de Benjamín» (Ro 11:1; Flp 3:5).
En esos años יְהוּדִי (yehudí), «de Judá», pierde su sentido tribal. La palabra existía antes del exilio (2 R 16:6; Jer 34:9), pero se generaliza cuando la provincia se llama Yehud, y Mardoqueo puede ser «un judío (אִישׁ יְהוּדִי) […] benjaminita (אִישׁ יְמִינִי)» (Est 2:5). En el Nuevo Testamento Ἰουδαῖος designa a todo el pueblo, y Pablo puede decir a la vez «soy judío» (Hch 22:3) y «soy israelita, de la tribu de Benjamín» (Ro 11:1). Más dolorosa es la ruptura con los vecinos del norte, que sacrificaban a YHWH «desde los días de Esar-hadón» (Esd 4:2) y a quienes Zorobabel rechaza. El texto los llama «enemigos de Judá y de Benjamín» (Esd 4:1) y los vincula con los colonos traídos por Asiria (2 R 17:24–41); los samaritanos, en cambio, se tienen por descendientes de Efraín y Manasés. Probablemente eran una población mixta de israelitas del antiguo reino del norte no deportados y colonos extranjeros (Crown, 1989). El conflicto se agravó con Nehemías y Sanbalat, desembocó en el templo del Garizim y quedó como una herida dentro de la casa de Jacob que el Nuevo Testamento retomará para sanarla (Lc 10:33; Jn 4; Hch 1:8; 8:5–25).
Hageo y Zacarías: la gloria postrera y las dos casas
En 520 a. e. c. Hageo reprocha al pueblo sus «casas artesonadas» (Hag 1:4), y a quienes recordaban el primer templo y lo comparaban con este (Hag 2:3), les promete:
גָּדוֹל יִהְיֶה כְּבוֹד הַבַּיִת הַזֶּה הָאַחֲרוֹן מִן־הָרִאשׁוֹן
Haré temblar los cielos y la tierra […] y haré temblar a todas las naciones, y vendrá lo precioso de todas las naciones, y llenaré de gloria esta casa […]. Mayor será la gloria de esta casa postrera que la de la primera, dice YHWH de los ejércitos; y en este lugar daré paz.
(Hag 2:6–9)
חֶמְדַּת כָּל־הַגּוֹיִם es literalmente «lo deseable de todas las naciones», con verbo en plural. La mayoría lo entiende como los tesoros de las naciones que llegan al templo (cf. Hag 2:8; Is 60:5–11), y la Vulgata tradujo desideratus cunctis gentibus, «el deseado de todas las naciones», que se volvió lectura mesiánica tradicional en el cristianismo; ambas lecturas atan la gloria futura del templo a las naciones. Al poner a Zorobabel «como anillo de sellar» (Hag 2:23) invierte Jer 22:24, donde Dios decía que arrancaría a Jeconías, abuelo de Zorobabel, aunque fuera su anillo: apartada del trono, la línea davídica sigue elegida, aunque Zorobabel nunca reinó y desaparece del relato sin explicación.
Perla filológica · el anillo de sellar
Una sola palabra, חוֹתָם (jotam), «anillo de sellar», muestra cómo el regreso reabre la promesa davídica que el destierro parecía haber cerrado.
| Texto | Formulación | Observación |
|---|---|---|
| Jer 22:24 | Aunque Jeconías fuera חוֹתָם עַל־יַד יְמִינִי, «anillo en mi mano derecha», de allí lo arrancaría | Juicio sobre la línea de David en el destierro |
| Hag 2:23 | וְשַׂמְתִּיךָ כַּחוֹתָם כִּי־בְךָ בָחַרְתִּי «te pondré como anillo de sellar, porque yo te escogí» | Dios revierte el juicio en Zorobabel, nieto de Jeconías |
| Mt 1:12 | «Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel» | La línea continúa hasta Jesús |
Zorobabel no llegó a reinar, y por eso la promesa de Hageo quedó abierta: lo que el regreso devolvió fue la elección de la casa de David, no todavía su trono.
Zacarías pregunta «¿hasta cuándo no tendrás piedad de Jerusalén?» (Zac 1:12) y responde que muchas naciones se unirán a YHWH sin que Judá deje de ser «su porción en la tierra santa» (Zac 2:10–12 [2:14–16]), única vez que la Biblia hebrea dice אַדְמַת הַקֹּדֶשׁ, «tierra santa». Ya consumado el retorno, sigue nombrando a las dos casas: «como fuisteis maldición entre las naciones, oh casa de Judá y casa de Israel, así os salvaré y seréis bendición» (Zac 8:13). El par reaparece en Zac 9:13 («Judá […] Efraín») y 10:6 («la casa de Judá […] la casa de José»), y en 11:14 la «hermandad entre Judá e Israel» se rompe simbólicamente. La restauración que anuncia incluye, pues, al reino del norte disperso. Anuncia además a un rey «humilde (עָנִי), y cabalgando sobre un asno» (Zac 9:9) y un día en que la casa de David «mirará a mí, a quien traspasaron» (Zac 12:10), texto que Juan aplica a la cruz (Jn 19:37) y que muchos vinculan con Ro 11:26. El templo quedó terminado el 3 de adar del sexto año de Darío (Esd 6:15), y celebraron la Pascua «los hijos de Israel que habían vuelto del cautiverio y todos los que se habían apartado de la inmundicia de las naciones de la tierra para buscar a YHWH, Dios de Israel» (Esd 6:21): como preveía Éx 12:48, la fiesta acoge también a quienes se unen al pueblo.
Ester, Esdras y Nehemías
En Susa, Amán describe a Israel como «un pueblo esparcido y dividido entre los pueblos» (Est 3:8). De su liberación nace Purim, el 14 y 15 de adar (Est 9:20–32), y el libro, que en hebreo no nombra a Dios, termina con gentiles que «se hacían judíos» (מִתְיַהֲדִים, Est 8:17), única aparición del verbo en la Biblia. En Jerusalén, Esdras «había preparado su corazón para inquirir la ley de YHWH y para cumplirla, y para enseñar en Israel» (Esd 7:10); el verbo לִדְרוֹשׁ es el mismo del que vendrá midrash, y el orden del versículo pone primero el estudio, luego el cumplimiento y solo entonces la enseñanza. Nehemías reconstruye los muros pese a Sanbalat (Neh 6:15), y el centro de ambos libros es la lectura pública de la Torá, cuando los levitas «leían en el libro de la ley de Dios con claridad, y ponían el sentido, de modo que entendían la lectura» (Neh 8:8). Cuando el pueblo rompe a llorar, Nehemías y Esdras le dicen que «el gozo de YHWH es vuestra fuerza» (Neh 8:10). Celebran luego Sucot como no se hacía «desde los días de Josué hijo de Nun» (Neh 8:17), confiesan los pecados de los padres (Neh 9) y firman un pacto (אֲמָנָה, Neh 9:38 [10:1]): un pueblo se reconstituye en torno a un libro.
Malaquías: el Dios que no cambia
Malaquías habla a una comunidad acostumbrada a su templo. Abre su mensaje con el amor de Dios por Jacob (Mal 1:2), afirma que el nombre de Dios es grande «entre las naciones» (Mal 1:11), anuncia que «vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis» (Mal 3:1) y da la razón de que este pueblo siga existiendo:
כִּי אֲנִי יְהוָה לֹא שָׁנִיתִי וְאַתֶּם בְּנֵי־יַעֲקֹב לֹא כְלִיתֶם
Porque yo, YHWH, no cambio; por eso vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.
(Mal 3:6)
Es, en otra clave, lo que Pablo dirá del llamamiento irrevocable (Ro 11:29). El canon de los profetas se cierra con el mandato «acordaos de la ley de Moisés» (Mal 4:4 [3:22]) y la promesa de Elías, que «hará volver el corazón de los padres hacia los hijos» (Mal 4:5–6 [3:23–24]).
Los «cuatrocientos años de silencio»
La expresión es una convención cristiana para el tiempo entre Malaquías y Juan el Bautista. No hubo profeta canónico, y la literatura judía lo reconoce, pero aquellos siglos fueron los más agitados del Segundo Templo. Tras el final del dominio persa, Alejandro tomó la costa en 332, y Judea pasó a los Ptolomeos y, desde la batalla de Panias (200), a los Seléucidas, guerras que Dn 11:5–20 describe como las del «rey del sur» y el «rey del norte». En Alejandría, en el siglo iii a. e. c., la Torá se tradujo al griego; el nombre de «Septuaginta» viene de la leyenda de la Carta de Aristeas, según la cual setenta y dos sabios, seis por tribu, la tradujeron en setenta y dos días. Hacia 132 a. e. c. el nieto de Ben Sirá conocía ya en griego «la ley, los profetas y los demás libros» (Jobes y Silva, 2015).
La crisis helenística estalló bajo Antíoco IV Epífanes (175–164). Jasón compró el sumo sacerdocio y levantó un gimnasio en Jerusalén, y como su contrario aparece por primera vez Ἰουδαϊσμός, «judaísmo» (2 Mac 2:21; 8:1). Hacia 171/170 fue asesinado el legítimo sumo sacerdote Onías III (2 Mac 4:33–38), en quien muchos intérpretes ven al «ungido» al que «se quitará la vida» de Dn 9:26. En 167 prohibió la circuncisión, el sábado y la Torá, y el 15 de kislev se erigió sobre el altar de los holocaustos «la abominación de la desolación» (βδέλυγμα ἐρημώσεως, 1 Mac 1:54). Es lo que Daniel había anunciado:
וְהֵסִירוּ הַתָּמִיד וְנָתְנוּ הַשִּׁקּוּץ מְשׁוֹמֵם
Y quitarán el continuo sacrificio, y pondrán la abominación desoladora.
(Dn 11:31; cf. 9:27; 12:11)
La tradición sitúa a Daniel en el siglo vi, y la mayoría de la investigación crítica fecha Dn 7–12 hacia 167–164 (Collins, 1993); en cualquier caso, los judíos leyeron su crisis a la luz de ese libro, y Jesús retomó la expresión (Mt 24:15).
La respuesta fue la rebelión macabea. Matatías se negó a sacrificar en Modín, y su hijo Judas recuperó Jerusalén: el 25 de kislev de 164 el templo fue purificado y se celebró ocho días la dedicación del altar (1 Mac 4:36–59), origen de la חֲנֻכָּה (janucá) en que Jesús camina por el pórtico de Salomón (τὰ ἐγκαίνια, Jn 10:22). Con los hermanos de Judas se abre la etapa asmonea. En 142 «fue quitado el yugo de las naciones de Israel» (1 Mac 13:41), y Simón fue nombrado jefe y sumo sacerdote «hasta que se levante un profeta fiel» (1 Mac 14:41). Juan Hircano I (134–104) conquistó Samaria y destruyó el templo del Garizim, Aristóbulo I tomó el título de rey y Alejandro Janeo (103–76) amplió el territorio y crucificó a ochocientos opositores (Ant. 13.380). Jerusalén quedó en manos de una dinastía sacerdotal y no davídica que reinaba como tal, algo que no todos aceptaron (Schürer, 1973–1987). La guerra civil entre los últimos asmoneos abrió la puerta a Roma: Pompeyo tomó Jerusalén en 63, y el idumeo Herodes emprendió hacia 20/19 la ampliación del templo (Jn 2:20). La casa postrera superó a la primera en tamaño y belleza; la paz y la gloria que Hageo prometía seguían pendientes.
Israel como nación santa y reino de sacerdotes
El llamado de Éx 19:5–6 tuvo que vivirse sin rey, casi siempre sin independencia y con la mayoría del pueblo fuera de la tierra. Desde Neh 8 Israel se define por un libro leído y explicado, y Malaquías recuerda que «los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría» (Mal 2:7). Nehemías cierra las puertas de Jerusalén el sábado (Neh 13:15–22), que se vuelve frontera visible, y bajo Antíoco muchos prefieren morir antes que profanarlo (1 Mac 2:29–38); lejos del templo, la προσευχή, «casa de oración», que inscripciones egipcias del siglo iii a. e. c. ya mencionan (Levine, 2005), y la συναγωγή reúnen cada sábado para leer la ley (Hch 15:21). Allí se acercaron los extranjeros a quienes Is 56:7 prometía «casa de oración para todos los pueblos» (בֵּית־תְּפִלָּה יִקָּרֵא לְכָל־הָעַמִּים), prosélitos plenos (προσήλυτοι, Mt 23:15; Hch 2:10) y simpatizantes no circuncidados, los «temerosos de Dios» (φοβούμενοι τὸν θεόν, Hch 10:2; 13:16), entre los que Pablo hallará su primer auditorio gentil. Zacarías había imaginado la escena:
וְהֶחֱזִיקוּ בִּכְנַף אִישׁ יְהוּדִי לֵאמֹר נֵלְכָה עִמָּכֶם כִּי שָׁמַעְנוּ אֱלֹהִים עִמָּכֶם
En aquellos días, diez hombres de todas las lenguas de las naciones se asirán, sí, se asirán del manto de un judío, diciendo: «Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros».
(Zac 8:23)
El כָּנָף (kanaf) es el borde del manto (Nm 15:38), y las naciones se acercan a Dios tomándose de un israelita fiel, que cumple así la función del sacerdote. La Septuaginta prestó el mismo servicio en la lengua común del Mediterráneo: a los judíos «les fue confiada la palabra de Dios» (Ro 3:2), y por esa traducción llegó a los gentiles. Los mismos siglos muestran cómo podía quebrarse el llamado. La separación necesaria frente a la idolatría corría el riesgo de volverse desprecio del otro. Juan Hircano circuncidó por la fuerza a los idumeos (Josefo, Ant. 13.254–258), en las antípodas de Is 56, y la comunidad de Qumrán se comprometía a «amar a todos los hijos de la luz […] y odiar a todos los hijos de las tinieblas» (1QS 1:9–10; Vermes, 2011). La balaustrada del templo protegía legítimamente la santidad del lugar, pero acabó como símbolo de la división que, según Pablo, Cristo derribó (τὸ μεσότοιχον τοῦ φραγμοῦ, Ef 2:14). Israel había sido llamado a ser el lugar donde las naciones encuentran a Dios (Zac 8:23; Is 56:7), no a cerrarles el paso.
Aporte de la tradición judía
La Mishná hace pasar la Torá de los profetas a «los hombres de la Gran Asamblea» (אַנְשֵׁי כְנֶסֶת הַגְּדוֹלָה), que mandaron «sed prudentes en el juicio, levantad muchos discípulos y haced un cerco a la Torá» (Avot 1:1). El Talmud atribuye a esa asamblea, que suele relacionarse con Neh 8–10, el orden de las dieciocho bendiciones de la Amidá, establecidas por «ciento veinte ancianos, entre ellos algunos profetas» (Meguilá 17b). Y lee Neh 8:8 como origen del Targum: «con claridad: esto es la traducción; y ponían el sentido: la división en versículos» (Meguilá 3a). No son datos verificables, pero muestran que el judaísmo rabínico se reconoce heredero de Esdras. La misma tradición registra el fin de la profecía: «Cuando murieron Hageo, Zacarías y Malaquías, los últimos profetas, el Espíritu Santo se apartó de Israel; con todo, se servían de la bat qol» (Tosefta Sotá 13:3; Talmud, Yoma 9b). Seder Olam lo sitúa en tiempos de Alejandro: «hasta aquí los profetas profetizaban por el Espíritu Santo; desde ahora, inclina tu oído y escucha las palabras de los sabios» (Seder Olam 30; Guggenheimer, 1998). Fuentes más antiguas apuntan en la misma dirección. 1 Mac guarda las piedras del altar profanado «hasta que viniera un profeta» (1 Mac 4:46), habla de una aflicción como no la había «desde el día en que no se vio profeta» (9:27) y nombra a Simón «hasta que se levante un profeta fiel» (14:41), y Josefo niega que desde Artajerjes hubiera «sucesión exacta de profetas» (Contra Apión 1.41). El Nuevo Testamento hará terminar ese silencio con Juan el Bautista (Lc 3:2; 7:26–28).
La esperanza de restauración quedó inscrita en la oración diaria. La décima bendición de la Amidá, recitada tres veces al día, pide:
תְּקַע בְּשׁוֹפָר גָּדוֹל לְחֵרוּתֵנוּ וְשָׂא נֵס לְקַבֵּץ גָּלֻיּוֹתֵינוּ […] מְקַבֵּץ נִדְחֵי עַמּוֹ יִשְׂרָאֵל
Toca el gran shofar por nuestra libertad, alza estandarte para reunir a nuestros desterrados, y reúnenos juntos de los cuatro extremos de la tierra. Bendito eres tú, YHWH, que reúnes a los dispersos de tu pueblo Israel.
(Amidá, décima bendición; Sacks, 2009)
La oración entrelaza Is 27:13 («se tocará el gran shofar») e Is 11:12, donde Dios «reunirá los desterrados de Israel, y juntará los esparcidos de Judá de los cuatro extremos de la tierra» (וְאָסַף נִדְחֵי יִשְׂרָאֵל וּנְפֻצוֹת יְהוּדָה יְקַבֵּץ). En Isaías, «Israel» es el reino del norte y «Judá» el del sur; la Amidá habla de «tu pueblo Israel» como pueblo entero. Aunque su redacción es posterior a 70 e. c., la esperanza es anterior: Ben Sirá, hacia 180 a. e. c., ora «reúne a todas las tribus de Jacob» (Eclo 36:10) y espera a Elías «para restablecer las tribus de Jacob» (καταστῆσαι φυλὰς Ἰακώβ, Eclo 48:10), uniendo Mal 4:6 [3:24] con Is 49:6. Para él, el retorno de Babilonia no había sido la reunión plena de las tribus.
Las dos fiestas que el judaísmo añadió a las de la Torá nacieron en este período, y ambas celebran que el pueblo sobreviviera a la amenaza de desaparecer: Purim en la diáspora persa, Janucá en la tierra, frente a la helenización forzada. De Janucá cuenta que los asmoneos hallaron una sola vasija de aceite puro, suficiente para un día, que ardió ocho (Shabat 21b); 1 y 2 Macabeos no conocen ese milagro y explican los ocho días por la dedicación del altar y por la fiesta de Sucot que no se había podido celebrar (2 Mac 10:6).
La promesa de restauración
Los escritos del período no disimulan que el retorno dejó promesas sin cumplir:
הִנֵּה אֲנַחְנוּ הַיּוֹם עֲבָדִים
He aquí que hoy somos siervos; en la tierra que diste a nuestros padres para que comieran su fruto y su bien, he aquí que somos siervos en ella. Y su abundante fruto es para los reyes que has puesto sobre nosotros por nuestros pecados […] y estamos en gran angustia.
(Neh 9:36–37)
Faltaban el rey davídico, las tribus dispersas por Asiria, la independencia, la gloria visible y el corazón nuevo de Jeremías y Ezequiel. Tobías anuncia un templo reconstruido, «pero no como el primero, hasta que se cumplan los tiempos» (Tob 14:5). Dn 9 llega a la misma conclusión desde la profecía de Jeremías. Daniel entiende «por los libros» que los setenta años se cumplen (Dn 9:2; Jer 25:11–12), ora confesando el pecado de «todo Israel, los de cerca y los de lejos» (Dn 9:7) y recibe esta respuesta:
שָׁבֻעִים שִׁבְעִים נֶחְתַּךְ עַל־עַמְּךָ וְעַל־עִיר קָדְשֶׁךָ
Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, poner fin al pecado, expiar la iniquidad, traer la justicia perdurable, sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.
(Dn 9:24)
Los setenta años se convierten en setenta semanas de años. La lectura histórica las cierra en la crisis de Antíoco, con el «ungido» quitado identificado con Onías III; la lectura mesiánica tradicional cristiana cuenta desde un decreto persa (Esd 7 o Neh 2) hasta el Mesías, y otras proyectan la última semana al final de los tiempos (Collins, 1993). Todas coinciden en que el retorno de Ciro no puso fin al destierro en sentido pleno. N. T. Wright (1992) ha sostenido que muchos judíos del Segundo Templo se veían en un «exilio continuado»; la tesis se discute en su alcance, pero Neh 9, Dn 9 y Tob 14 la respaldan en lo esencial.
Ninguna profecía moldeó tanto esa espera como la de Isaías, cuyas promesas desbordan lo que se vio en 538:
| Texto | Promesa | En el Segundo Templo y después |
|---|---|---|
| Is 11:11–12 | Reunión «por segunda vez» de Israel (norte) y Judá (sur) | Amidá, bendición 10; Eclo 36:10 |
| Is 49:5–6 | El Siervo levanta las tribus de Jacob y es luz de las naciones | Eclo 48:10; Lc 2:32; Hch 13:47 |
| Is 56:6–8 | Extranjeros en el templo; Dios reúne a los dispersos de Israel «y a otros» | Prosélitos; Mc 11:17 |
| Is 60–62 | Las naciones traen a los hijos de Sion; Israel, «sacerdotes de YHWH» (61:6) | Lc 4:18–21; Ro 11:12, 15 |
| Is 66:18–23 | Mensajeros a las naciones; de ellas, sacerdotes y levitas | Ro 15:16; misión de Pablo |
En Is 49:6 el Siervo recibe la misión de «levantar las tribus de Jacob» y otra mayor: «también te di por luz de las naciones (וּנְתַתִּיךָ לְאוֹר גּוֹיִם)». Levantar a las tribus y alumbrar a las naciones forman una sola obra, y Simeón citará el texto ante el niño Jesús (Lc 2:32). En Is 56:8 el Dios «que reúne a los dispersos de Israel», la fórmula de la Amidá, promete juntar «a otros, además de sus reunidos»: un Israel reunido al que se suman las naciones, figura que Pablo desarrollará con el olivo (Ro 11:17–24).
Is 60–62 describe a Sion reconstruida: «andarán las naciones a tu luz» (Is 60:3), «edificarán las ruinas antiguas» (61:4), «vosotros seréis llamados sacerdotes de YHWH» (61:6), y sobre los muros de Jerusalén Dios pone centinelas que no callan «hasta que establezca a Jerusalén y la ponga por alabanza en la tierra» (62:6–7). Nehemías levantó los muros, pero la alabanza universal no llegó. Is 66:18–23 cierra el libro con mensajeros enviados a Tarsis, Pul (o Put), Lud, Tubal y Javán, que traen a «vuestros hermanos de todas las naciones» como ofrenda, y con sacerdotes y levitas tomados de ellas (66:21); Pablo entenderá su ministerio como el de un sacerdote que ofrece «la ofrenda de los gentiles» (Ro 15:16).
Jeremías, que fijó la fecha del retorno, dejó en el mismo oráculo una promesa que lo excede:
ושבתי את שבותכם וקבצתי אתכם מכל הגוים
Cuando se cumplan en Babilonia los setenta años, yo os visitaré […]. Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice YHWH, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé.
(Jer 29:10, 13–14)
Ciro cumplió los setenta años; la búsqueda «de todo vuestro corazón» y la reunión «de todas las naciones» quedaron como horizonte, el mismo que Dn 9 reinterpreta. Jer 33:14–18 promete cumplir «la buena palabra que he hablado a la casa de Israel y a la casa de Judá», con un Renuevo de David y la seguridad de que «no faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel» (לֹא־יִכָּרֵת לְדָוִד אִישׁ יֹשֵׁב עַל־כִּסֵּא בֵית־יִשְׂרָאֵל, 33:17). Ningún davídico se sentó en ese trono durante el Segundo Templo: Zorobabel fue gobernador, los asmoneos eran levitas y Herodes, idumeo. Tampoco «la casa de Judá» fue con «la casa de Israel» desde la tierra del norte (Jer 3:18; cf. 50:4–5). La promesa se fue concentrando en el Hijo de David.
Tras la conquista de Pompeyo, los Salmos de Salomón, escritos en círculos piadosos de Jerusalén, piden: «Mira, Señor, y levántales su rey, el hijo de David […] para que purifique a Jerusalén de las naciones», un rey que «reunirá un pueblo santo» y «distribuirá las tribus sobre la tierra» (Sal Salomón 17:21–22, 26, 28; R. B. Wright, 1985). Esperanza davídica, santidad del pueblo y doce tribus aparecen entrelazadas. En Qumrán la Regla de la comunidad espera «la venida de un profeta y de los mesías de Aarón y de Israel» (1QS 9:11); el Florilegio (4Q174) aplica 2 S 7 y Am 9:11, «la tienda de David caída», al Mesías; 11QMelquisedec (11Q13) une Is 61:1–2, el jubileo de Lv 25 y la cronología de Dn 9 para anunciar una liberación final; y 4Q521 describe al ungido que libera a los cautivos, da vista a los ciegos y resucita muertos (Vermes, 2011; VanderKam, 2010), trasfondo de Mt 11:5.
Lucas abre su evangelio entre quienes aguardaban esa restauración. Simeón «esperaba la consolación de Israel» (παράκλησιν τοῦ Ἰσραήλ, Lc 2:25), expresión que remite a Is 40:1 («consolad, consolad a mi pueblo», LXX παρακαλεῖτε), y Ana, de la tribu norteña de Aser, hablaba del niño a los que esperaban «la redención de Jerusalén» (λύτρωσιν Ἰερουσαλήμ, Lc 2:38). Al final del evangelio los discípulos de Emaús dicen: «esperábamos que él era el que había de redimir a Israel» (Lc 24:21), y en Hch 1:6 preguntan: «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» (ἀποκαθιστάνεις τὴν βασιλείαν τῷ Ἰσραήλ). Jesús no desmiente la restauración: corrige el calendario («no os toca saber los tiempos») y abre la misión hasta lo último de la tierra (Hch 1:7–8), en el orden de Is 49:6. Pablo, que ante Agripa habla de la esperanza de «nuestras doce tribus» (τὸ δωδεκάφυλον ἡμῶν, Hch 26:7), resume estos siglos como «el cumplimiento del tiempo» (τὸ πλήρωμα τοῦ χρόνου, Gá 4:4). La misma palabra, πλήρωμα, vuelve en Ro 11:12 y 25, y cuando Pablo anuncia que «todo Israel será salvo» lo funda en Is 59:20–21 y 27:9, con eco del nuevo pacto de Jer 31:33–34 (Ro 11:26–27): precisamente las promesas que el retorno de Ciro había dejado abiertas. ONE FOR ISRAEL (2025) lee allí un futuro volverse del pueblo judío a Yeshúa, con los gentiles injertados en un Israel «ampliado, no reemplazado»; el Estudio 8 examinará esa y las demás lecturas.
Conclusión y puente al Estudio 7
El Segundo Templo enseña que una promesa de Dios puede cumplirse de verdad sin cumplirse todavía del todo. Judá y Benjamín, con sacerdotes, levitas y norteños integrados, volvieron, reconstruyeron la casa y ofrecieron por las doce tribus, en el mundo que dejan ver el Cilindro de Ciro, Al-Yahudu y los sellos de Yehud. Pero el pueblo seguía siendo siervo en su tierra, sin rey davídico y con las tribus del norte dispersas, y por eso Zacarías siguió nombrando a «la casa de Judá y la casa de Israel», Daniel alargó los setenta años y la Amidá pidió cada día la reunión de los desterrados. Entretanto Israel aprendió a ser nación santa sin trono y puso las Escrituras al alcance de las naciones, aunque a veces les cerró la puerta. Sobre la fidelidad del Dios que «no cambia» (Mal 3:6), y sobre las promesas de Isaías y Jeremías que el retorno dejó abiertas, levantará Pablo su afirmación de que el llamamiento de Israel es irrevocable.
Al final del período, en el templo que Herodes estaba ampliando, el sacerdote Zacarías recibe el anuncio de un hijo que irá delante del Señor «con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos» (Lc 1:17; Mal 4:6 [3:24]). Con esas palabras de Malaquías se rompe el silencio. El Estudio 7, de Cristo a la destrucción del templo, seguirá al Mesías en su contexto judío, al remanente que creyó y a la caída del templo en 70 e. c.
Preguntas para la reflexión
La comunidad que volvió era sobre todo de Judá y Benjamín, pero ofreció doce machos cabríos «por todo Israel» (Esd 6:17). ¿Qué enseña este gesto sobre la relación entre un remanente y el pueblo entero (Ro 11:5, 16)?
Nehemías ora «hoy somos siervos» en plena restauración (Neh 9:36). ¿Cómo distinguir entre un cumplimiento real y un cumplimiento pleno de las promesas de Dios?
Zac 8:23 imagina a las naciones tomadas del manto de un judío. ¿Qué actitudes de Israel favorecían esa escena y cuáles la impedían? ¿Qué dice esto a los creyentes de las naciones (Ro 11:18)?
¿Qué cambia en la lectura de Hch 1:6 cuando se recuerda que la Amidá pedía cada día la reunión de los dispersos de Israel?
Glosario
(אֲמָנָה). Pacto firmado o compromiso escrito; el de Neh 9:38 [10:1].
(אַנְשֵׁי כְנֶסֶת הַגְּדוֹלָה). «Hombres de la Gran Asamblea». Cuerpo que la tradición rabínica sitúa entre los profetas y los sabios (Avot 1:1).
(בַּת קוֹל). «Hija de la voz». Voz del cielo que, según la tradición, ocupa el lugar de la profecía después de Malaquías.
(διασπορά). Dispersión del pueblo judío fuera de la tierra (Dt 28:25 LXX; Jn 7:35; Stg 1:1).
(τὰ ἐγκαίνια; חֲנֻכָּה). «Dedicación». Fiesta de la purificación del templo en 164 a. e. c. (1 Mac 4:59; Jn 10:22).
(מָשִׁיחַ). Ungido. Título dado a Ciro en Is 45:1; en el período, esperanza del ungido davídico.
(מִתְיַהֲדִים). «Se hacían judíos» (Est 8:17). Primera mención bíblica de gentiles que se unen al pueblo judío.
(πλήρωμα). Plenitud, cumplimiento. «El cumplimiento del tiempo» (Gá 4:4); clave en Ro 11:12, 25.
(προσήλυτος). Extranjero incorporado plenamente a Israel; traduce el hebreo גֵּר (guer) en la LXX.
(יְהוּד, יְהוּדִי). Provincia persa de Judá; «judío», de Judá y luego de todo el pueblo (Est 2:5).
Referencias 31
Biblia Hebraica Stuttgartensia (5.ª ed.). (1997). Deutsche Bibelgesellschaft.
Bickerman, E. J. (1988). The Jews in the Greek age. Harvard University Press.
Collins, J. J. (1993). Daniel (Hermeneia). Fortress Press.
Crown, A. D. (Ed.). (1989). The Samaritans. Mohr Siebeck.
Danby, H. (Trad.). (1933). The Mishnah. Oxford University Press.
Epstein, I. (Ed.). (1935–1948). The Babylonian Talmud. Soncino Press.
Finkel, I. (Ed.). (2013). The Cyrus Cylinder: The king of Persia’s proclamation from ancient Babylon. I. B. Tauris.
Finkelstein, I. (2008). Jerusalem in the Persian (and early Hellenistic) period and the wall of Nehemiah. Journal for the Study of the Old Testament, 32(4), 501–520.
Goldstein, J. A. (1976). I Maccabees (Anchor Bible 41). Doubleday.
Guggenheimer, H. W. (1998). Seder Olam: The rabbinic view of biblical chronology. Jason Aronson.
Jobes, K. H., & Silva, M. (2015). Invitation to the Septuagint (2.ª ed.). Baker Academic.
Josefo, F. (1987). The works of Josephus (W. Whiston, Trad.). Hendrickson.
Kuhrt, A. (1983). The Cyrus Cylinder and Achaemenid imperial policy. Journal for the Study of the Old Testament, 8(25), 83–97.
Levine, L. I. (2005). The ancient synagogue: The first thousand years (2.ª ed.). Yale University Press.
Lipschits, O., & Vanderhooft, D. S. (2011). The Yehud stamp impressions: A corpus of inscribed impressions from the Persian and Hellenistic periods in Judah. Eisenbrauns.
Magen, Y. (2008). Mount Gerizim excavations: Vol. 2. A temple city. Israel Antiquities Authority.
Meshorer, Y. (2001). A treasury of Jewish coins: From the Persian period to Bar Kokhba. Amphora Books; Yad Ben-Zvi Press.
Neusner, J. (Trad.). (2002). The Tosefta. Hendrickson.
Novum Testamentum Graece (28.ª ed.). (2012). Deutsche Bibelgesellschaft.
ONE FOR ISRAEL Ministry. (2025, 3 de julio). What does «all Israel will be saved» mean in Romans 11? https://www.oneforisrael.org/what-does-all-israel-will-be-saved-mean-in-romans-11/
Pearce, L. E., & Wunsch, C. (2014). Documents of Judean exiles and West Semitic exiles in Babylonia in the collection of David Sofer (CUSAS 28). CDL Press.
Porten, B., & Yardeni, A. (1986). Textbook of Aramaic documents from ancient Egypt: Vol. 1. Letters. Hebrew University.
Rahlfs, A., & Hanhart, R. (Eds.). (2006). Septuaginta (ed. rev.). Deutsche Bibelgesellschaft.
Sacks, J. (Trad.). (2009). The Koren Siddur. Koren Publishers.
Schürer, E. (1973–1987). The history of the Jewish people in the age of Jesus Christ (G. Vermes, F. Millar y M. Goodman, Eds. rev.; 3 vols.). T&T Clark.
Ulrich, E., & Flint, P. W. (2010). Qumran Cave 1.II: The Isaiah scrolls (Discoveries in the Judaean Desert 32). Clarendon Press.
VanderKam, J. C. (2010). The Dead Sea scrolls today (2.ª ed.). Eerdmans.
Vermes, G. (2011). The complete Dead Sea scrolls in English (ed. rev.). Penguin.
Williamson, H. G. M. (1985). Ezra, Nehemiah (Word Biblical Commentary 16). Word Books.
Wright, N. T. (1992). The New Testament and the people of God. Fortress Press.
Wright, R. B. (1985). Psalms of Solomon. En J. H. Charlesworth (Ed.), The Old Testament pseudepigrapha (Vol. 2). Doubleday.