Del Éxodo a la muerte de Josué
Un pueblo redimido para ser reino de sacerdotes, sostenido por la misericordia que perdona y conducido a la tierra prometida
Este segundo estudio recorre la historia de Israel desde la Pascua en Egipto hasta la muerte de Josué, y muestra que la Torá ya anuncia en esta etapa la restauración de Israel, porque el pacto roto al pie del Sinaí se renueva sobre el nombre misericordioso de Dios y Moisés predice, antes de entrar en la tierra, el destierro y el regreso. Sigue el relato desde la vocación de «reino de sacerdotes y nación santa» (Éx 19:6) hasta la asamblea de Siquem, y lee sus rupturas a la luz de la intercesión de Moisés, del remanente de Josué y Caleb y de Dt 4:25–31 y 30:1–10. Expone los hallazgos arqueológicos del período con sus debates, recoge la memoria judía de Shavuot, las trece midot y el 9 de Av, y sigue a Isaías, Jeremías y Oseas, que anuncian un nuevo éxodo y un nuevo pacto, hasta Romanos 9–11, donde Pablo funda su esperanza para Israel en textos de Deuteronomio.
Palabras clave: Éxodo, Sinaí, reino de sacerdotes, tabernáculo, Deuteronomio, Josué, nuevo pacto, Romanos 11.
Introducción
Salir de Egipto no bastaba para que un grupo de esclavos liberados llegara a ser un pueblo. Tres meses después del paso del mar, Dios conduce a Israel al Sinaí y le revela para qué lo ha sacado: «vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éx 19:6). La redención tenía un destino, y ese destino era una tarea ante las naciones. No sorprende que Pablo, al enumerar los dones irrevocables de Israel, nombre justamente los que nacen en esta etapa: «la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto» (Ro 9:4).
El mismo período que da forma a esa vocación registra también su primera quiebra. Cuarenta días después de prometer obediencia, Israel adora un becerro de oro; en Cades quiere volver a Egipto, y en Baal-peor se entrega a los cultos de Moab. A cada ruptura responde, sin embargo, una palabra de restauración. Dios se da a conocer como «compasivo y clemente» (Éx 34:6) inmediatamente después del becerro, perdona en Cades mientras preserva un remanente, y en las llanuras de Moab, antes de que Israel pise la tierra, Moisés le anuncia que la perderá y que volverá a ella (Dt 4:25–31; 30:1–10). Sobre esos textos, los más explícitos de toda la Torá, construirán Isaías, Jeremías y Oseas el anuncio de un nuevo éxodo y un nuevo pacto, y Pablo la esperanza de Romanos 11.
Sobre traducción, numeración y fechas
Traducción propia desde el hebreo (BHS) y el griego (NA28); la LXX según Rahlfs-Hanhart. Si la numeración hebrea difiere, va entre corchetes: Dt 29:4 [29:3]. Fechas: a. e. c. (antes de la era común) y e. c.
Marco cronológico
El relato ofrece una cronología interna muy precisa para el primer y el último año del desierto. Israel sale de Egipto el día 15 del primer mes (Nm 33:3), llega al Sinaí «al tercer mes» (Éx 19:1) y levanta el tabernáculo el primer día del segundo año (Éx 40:17). Tras Cades vienen cuarenta años de desierto, «un año por cada día» de la exploración (Nm 14:34). Moisés pronuncia Deuteronomio en el undécimo mes del año cuarenta (Dt 1:3), e Israel cruza el Jordán el día 10 del primer mes (Jos 4:19), la fecha en que Éx 12:3 manda separar el cordero. La duración de la conquista puede deducirse de la edad de Caleb, que tenía cuarenta años en Cades y ochenta y cinco al recibir Hebrón (Jos 14:7, 10); restados los treinta y ocho años de desierto (Dt 2:14), quedan unos siete. El texto no dice cuánto gobernó Josué, y la cronología rabínica le asigna veintiocho años (Seder Olam 12; Guggenheimer, 1998).
Nota. Elaboración propia. Secuencia narrativa; las fechas absolutas están en debate (véase el texto).
Las fechas absolutas dependen del debate presentado en el Estudio 1. La datación temprana toma como literales los 480 años de 1 R 6:1, apoyada también en Jue 11:26, y sitúa la entrada en Canaán hacia el 1406 a. e. c. (Bimson, 1978); la tardía entiende esa cifra como suma de doce generaciones y lleva la entrada a poco antes de la Estela de Merneptah (Kitchen, 2003; Hoffmeier, 1997). Ninguna está demostrada, y la elección no altera la secuencia del relato ni su teología.
Contexto histórico y arqueológico
En el Bronce Tardío, Canaán era una red de ciudades-estado vasallas de Egipto. Las cartas de Amarna, del siglo xiv a. e. c., recogen las quejas de Abdi-Heba de Jerusalén contra los habiru que saquean las tierras del rey (EA 286–290; Moran, 1992). El parecido con עִבְרִי (ivrí, «hebreo») llevó a identificarlos con los israelitas, pero el término designa una categoría social, no una etnia. Hacia 1208 a. e. c., la Estela de Merneptah proclama que «Israel está devastado, su descendencia no existe», con el determinativo de pueblo, mientras Ascalón y Gezer llevan el de país; es la mención extrabíblica firme más antigua de Israel, y muestra que a fines del siglo xiii el pueblo ya estaba en la tierra. Otras dos menciones, anteriores, siguen en debate. Listas de Amenhotep III en Soleb y de Ramsés II en Amara West nombran una «tierra de los shasu de Yhw» en la región de Seir y Edom, donde muchos ven el nombre YHWH asociado al sur, como en Dt 33:2 y Jue 5:4, aunque otros lo consideran solo un topónimo. Un pedestal del Museo de Berlín (n.º 21687) contiene además un nombre que algunos leen «Israel» (van der Veen et al., 2010), lectura discutida que aquí no se usa como prueba.


Nota. Elaboración propia: costas, lagos y ríos GSHHS/WDB y relieve sombreado (Basemap); ubicaciones antiguas aproximadas. Izquierda: ruta tradicional; el lugar del paso y del Sinaí está en debate. Derecha: tribus, ubicación aproximada.
El mar del Éxodo es en hebreo יַם־סוּף (yam suf), «mar de los juncos», que la LXX tradujo «mar Rojo». Hoffmeier (2005) sitúa el paso en los lagos del istmo de Suez; Batto (1984), en el mar Rojo y sus golfos. El pacto sinaítico, en cambio, sigue el molde de los tratados hititas de vasallaje (Mendenhall, 1954), aunque Weinfeld (1972) halló paralelos de Dt 28 con tratados asirios del siglo vii y la fecha de redacción sigue discutida. En Tell Deir Alla, una inscripción del siglo viii a. e. c. comienza: «Escrito de Balaam, hijo de Beor, el que veía a los dioses» (Hoftijzer y van der Kooij, 1976); no confirma Nm 22–24, pero atestigua al vidente en esa región.
La destrucción de Jericó se ha fechado hacia 1400 a. e. c. (Garstang y Garstang, 1940; Wood, 1990) y hacia 1550 (Kenyon, 1957), y el radiocarbono dio fechas del siglo xvi (Bruins y van der Plicht, 1995). Hai (הָעַי, «la ruina») suele identificarse con et-Tell, deshabitado en el Bronce Tardío (Callaway, 1968). Hazor, la única ciudad del norte que según Jos 11:10–13 Israel quemó, sufrió en el siglo xiii una destrucción por fuego, con estatuas de dioses y reyes mutiladas (Yadin, 1975), que Ben-Tor atribuye a Israel (Ben-Tor y Rubiato, 1999) y otros a una revuelta interna (Zuckerman, 2007). En el monte Ebal, Zertal (1985) interpretó una estructura del Hierro I como el altar de Jos 8:30–35, y Kempinski (1986) como torre de vigilancia; la tablilla de plomo publicada en 2023 con una supuesta maldición en nombre de YHW (Stripling et al., 2023) ha sido muy cuestionada y no debe usarse como prueba. Las aldeas del Hierro I en la sierra central, casi sin huesos de cerdo (Finkelstein, 1988), se leen como marcadores de una identidad nueva (Faust, 2006). Ninguno de esos rasgos es exclusivo de Israel, pero el conjunto coincide con la región que la Biblia asigna a Efraín, Manasés y Benjamín.
Los distintos modelos sobre el origen de Israel en Canaán no se excluyen del todo, porque el libro de Josué narra la destrucción de solo tres ciudades, seguida de un asentamiento prolongado que Jueces confirma (Kitchen, 2003; Hoffmeier, 2005), y admite así a la vez una entrada desde fuera y un asentamiento gradual. Lo que queda fuera del alcance de la arqueología es la memoria que define a Israel en todas sus fuentes: haber salido de Egipto y haber recibido la tierra como don.
Desarrollo bíblico
Redimidos para ser reino de sacerdotes
La primera ley que Israel recibe como pueblo es un calendario, «este mes os será principio de los meses» (Éx 12:2), y la sangre del cordero hace que el destructor «pase de largo» (פָּסַח, pasaj, Éx 12:13). La fiesta queda como «memorial» (זִכָּרוֹן, zikarón) perpetuo (12:14), y ya en su legislación se prevé la incorporación del extranjero circuncidado: «una misma ley será para el nativo y para el extranjero» (12:49). Junto al mar, Israel no aporta nada a su liberación, «YHWH peleará por vosotros, y vosotros estaréis quietos» (14:14), y al ver la obra cumplida el pueblo «creyó (וַיַּאֲמִינוּ) en YHWH y en Moisés su siervo» (14:31). El cántico del mar ya mira hacia adelante: Dios guía «en su misericordia» (בְחַסְדְּךָ) al pueblo que «redimió» (גָּאָלְתָּ), lo plantará «en el monte de tu heredad, el santuario» (15:13, 17), y יְהוָה יִמְלֹךְ לְעֹלָם וָעֶד, «YHWH reinará por siempre jamás» (15:18), es la primera confesión explícita del reinado de Dios en la Biblia. Desde su primer canto, la redención se orienta hacia la tierra y el santuario. En el Sinaí, Dios habla antes de dar mandamiento alguno:
Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi pacto, seréis mi tesoro especial entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa.
(Éx 19:4–6)
La meta del Éxodo no era el Sinaí ni Canaán, sino «a mí». La condición, אִם־שָׁמוֹעַ תִּשְׁמְעוּ (im shamoa tishmeú), llega después, y por eso el pacto no crea la relación, que ya existe gracias a la redención, sino que define cómo se vive. סְגֻלָּה (segulá) es el tesoro personal de un rey (1 Cr 29:3; Sarna, 1991), y la frase «mía es toda la tierra» impide leerlo como desprecio de las naciones. מַמְלֶכֶת כֹּהֲנִים (mamléjet kohaním) pone a Israel ante los pueblos en el lugar que el sacerdote ocupa dentro de Israel, y גּוֹי קָדוֹשׁ (goy qadosh) le da el nombre común de las naciones, goy, aunque apartada para Dios. Pedro cita la fórmula según la LXX para creyentes de Asia Menor (1 P 2:9), y amplía así la vocación de Israel sin traspasarla a otro pueblo, la lógica del olivo de Ro 11:17–24.
El Decálogo comienza con un indicativo, «yo soy YHWH tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto» (Éx 20:2), y la ley queda como forma de vida de un pueblo liberado, no como precio de su libertad. El pueblo responde «haremos y obedeceremos» (נַעֲשֶׂה וְנִשְׁמָע, 24:7), y Moisés rocía la sangre sobre el altar y sobre el pueblo: הִנֵּה דַם־הַבְּרִית, «he aquí la sangre del pacto» (24:8). Jesús usará la fórmula en la última cena (Mt 26:28), y Lucas y Pablo la unirán al «nuevo pacto» de Jeremías (Lc 22:20; 1 Co 11:25). Deuteronomio aclara, por su parte, la función pública de la Torá ante los demás pueblos:
Guardadlos, pues, y ponedlos por obra, porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos y dirán: «Ciertamente es pueblo sabio y entendido esta gran nación». Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos como lo está YHWH nuestro Dios […]? ¿Y qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como toda esta ley?
(Dt 4:6–8)
Las naciones observan, y lo que ven en Israel es la cercanía de Dios y la justicia de sus leyes; el pueblo es custodio de la palabra de Dios, como dirán Sal 147:19–20 y Ro 3:1–2. El mismo libro da razón de la elección: «no por ser vosotros más numerosos […] os ha escogido, pues erais el más pequeño de todos los pueblos, sino por cuanto YHWH os amó y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres» (Dt 7:7–8), fundamento que Pablo invoca en Ro 11:28. El santuario tiene un propósito declarado, «habitaré en medio de ellos» (וְשָׁכַנְתִּי בְּתוֹכָם, Éx 25:8). De shajan, «habitar como en tienda», vienen mishkán y el término rabínico Shejiná. Al terminarse la obra, «la gloria de YHWH llenó el tabernáculo» (Éx 40:34), y muchos ven en ella «la gloria» de Ro 9:4 (Moo, 1996). La tapa del arca, כַּפֹּרֶת (kapóret), donde se rociaba la sangre en Yom Kipur (Lv 16:14–15), es en la LXX ἱλαστήριον (Éx 25:17), la palabra de Ro 3:25.
Dentro del pueblo sacerdotal, Dios designa a la familia de Aarón para el sacerdocio y a la tribu de Leví para el servicio: «he tomado a los levitas […] en lugar de todos los primogénitos […], porque mío es todo primogénito; desde el día en que herí a todos los primogénitos en la tierra de Egipto» (Nm 3:12–13). Así como Israel es primogénito entre las naciones (Éx 4:22), dentro de Israel los primogénitos pertenecen a Dios desde la Pascua, y la función sacerdotal se dispone en círculos concéntricos, con Aarón en el santuario, Leví en el campamento e Israel entre las naciones. Su finalidad la expresa la bendición de Nm 6:24–27, «pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré», conservada en dos rollitos de plata de Ketef Hinom (siglos vii–vi a. e. c.), los textos bíblicos más antiguos conocidos (Barkay et al., 2004).
Ruptura y misericordia: el becerro y Cades
Apenas cuarenta días después de «haremos y obedeceremos», el pueblo adora un becerro de oro (Éx 32:4), y Dios propone destruirlo y hacer de Moisés una gran nación (32:10), lo que equivalía a empezar de nuevo con otro Abraham. El argumento decisivo de la intercesión es el juramento: «acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo» (32:13). El pacto con los padres, estudiado en el Estudio 1, se vuelve aquí por primera vez fundamento de una restauración. Moisés llega a ofrecer su vida: «perdona ahora su pecado; y si no, ráeme ahora de tu libro» (32:32). Pablo abre Romanos 9–11 con un lenguaje cercano, «desearía yo mismo ser anatema, separado del Mesías, por amor a mis hermanos» (ηὐχόμην γὰρ ἀνάθεμα εἶναι αὐτὸς ἐγὼ ἀπὸ τοῦ Χριστοῦ ὑπὲρ τῶν ἀδελφῶν μου, Ro 9:3), y muchos intérpretes ven ahí un eco deliberado de Moisés (Moo, 1996). Moisés pide después que la presencia de Dios no abandone al pueblo (Éx 33:15–16) y suplica ver su gloria, y Dios responde revelando su nombre:
יְהוָה יְהוָה אֵל רַחוּם וְחַנּוּן אֶרֶךְ אַפַּיִם וְרַב־חֶסֶד וֶאֱמֶת
¡YHWH, YHWH, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y fidelidad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, pero que de ningún modo tendrá por inocente al culpable!
(Éx 34:6–7)
Ningún texto de restauración se cita tanto dentro de la propia Biblia hebrea, donde reaparece en Nm 14:18, Sal 86:15, 103:8 y 145:8, Jl 2:13, Jon 4:2 y Neh 9:17, y su peso procede del contexto, porque Dios se da a conocer así inmediatamente después de que Israel ha roto el pacto. En su centro está חֶסֶד (jésed), la lealtad amorosa del pacto, unida a אֱמֶת (emet), firmeza, y רַחוּם (rajum) pertenece a la raíz de רֶחֶם (rejem, «seno materno»; cf. Is 49:15). El perdón no anula la justicia, aunque la misericordia «a millares» desborda la visitación «hasta la tercera y cuarta generación», y Dios escribe de nuevo las tablas (Éx 34:1, 27–28).
Números encadena quejas por la comida, por el liderazgo de Moisés, por la tierra y por el sacerdocio (Nm 11–17). Ya en la primera de ellas, Moisés formula un deseo que los profetas convertirán en promesa: וּמִי יִתֵּן כָּל־עַם יְהוָה נְבִיאִים, «¡ojalá todo el pueblo de YHWH fuera profeta, y que YHWH pusiera su Espíritu sobre ellos!» (Nm 11:29; cf. Jl 2:28 [3:1]; Hch 2:17). En Cades, tras el informe de los espías, el pueblo propone volver a Egipto (Nm 14:4), es decir, deshacer el Éxodo, y solo Josué y Caleb sostienen que «si YHWH se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra» (14:8). Moisés intercede citando literalmente Éx 34:6–7 (Nm 14:17–19), y la respuesta tiene dos partes inseparables: סָלַחְתִּי כִּדְבָרֶךָ, «lo he perdonado conforme a tu palabra» (14:20), pero esa generación morirá en el desierto y entrarán sus hijos, con Josué y Caleb (14:22–24, 31). Perdón para el pueblo, juicio sobre una generación y un remanente fiel: es la secuencia que Pablo reconocerá en su tiempo al hablar de «un remanente escogido por gracia» (Ro 11:5).
En las llanuras de Moab
El rey Balac contrata a Balaam para que maldiga a Israel, pero el vidente solo consigue bendecir, y dos de sus oráculos ofrecen una definición memorable del pueblo:
הֶן־עָם לְבָדָד יִשְׁכֹּן וּבַגּוֹיִם לֹא יִתְחַשָּׁב
דָּרַךְ כּוֹכָב מִיַּעֲקֹב וְקָם שֵׁבֶט מִיִּשְׂרָאֵל
He aquí un pueblo que habitará solo, y no será contado entre las naciones. […] Saldrá una estrella de Jacob, y se levantará un cetro de Israel.
(Nm 23:9; 24:17)
La primera da expresión narrativa a la «nación santa», un pueblo apartado que no se disuelve entre los demás, y la tradición judía la ha leído como descripción de su supervivencia en la dispersión (Milgrom, 1990). La segunda recibió muy pronto lectura mesiánica. El Targum Onqelos traduce «cuando se levante un rey de Jacob y sea ungido el Mesías de Israel» (Grossfeld, 1988); en Qumrán la citan como texto de la esperanza el Documento de Damasco (CD vii 18–21) y 4QTestimonia (4Q175), y según el Talmud de Jerusalén rabí Aquiba la aplicó a Simón bar Kosiba, llamado por ello Bar Kojba, «hijo de la estrella» (Taanit 4:5). Lo que no se obtuvo con maldiciones se obtuvo con seducción. En Sitim, por consejo de Balaam (Nm 31:16; Ap 2:14), el pueblo se une al culto de Baal-peor (Nm 25:1–3), el primer caso de idolatría ligado a los cultos de la tierra y a la unión con otros pueblos, que los profetas recordarán como un quiebre (Os 9:10). Finees detiene la plaga y recibe «mi pacto de paz» (Nm 25:12).
Deuteronomio recoge después los discursos de Moisés a la generación nacida en el desierto, en torno a la confesión que Israel recita dos veces al día, שְׁמַע יִשְׂרָאֵל יְהוָה אֱלֹהֵינוּ יְהוָה אֶחָד, «escucha, Israel: YHWH nuestro Dios, YHWH uno es», seguida del mandato de amarlo «con todo tu corazón» (Dt 6:4–5). En ese umbral de la tierra anuncia con mayor claridad que ningún otro libro el destierro y el regreso, que se examinan en la sección 7.
Josué: la entrada en la tierra
El cruce del Jordán reproduce el paso del mar, y doce piedras quedan como memorial «para que todos los pueblos de la tierra conozcan que la mano de YHWH es poderosa» (Jos 4:24). En Guilgal la nueva generación es circuncidada, celebra la Pascua y cesa el maná (5:2–12). La primera persona de Canaán que confiesa al Dios de Israel es Rahab: «YHWH vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra» (Jos 2:11). Ella y su familia habitan «en medio de Israel hasta hoy» (6:25), y Mateo la incluye en la genealogía del Mesías (Mt 1:5). El caso muestra que el חֵרֶם (jérem), la «consagración al exterminio» (Jos 6:17), no se definía por la etnia. La Estela de Mesa usa la misma raíz, y los relatos de conquista antiguos emplean fórmulas hiperbólicas de destrucción total (Younger, 1990). La primera derrota, ante Hai, se debe a que Acán tomó parte del botín consagrado, y su castigo se ejecuta en el עֵמֶק עָכוֹר (émeq Ajor), «valle de la desgracia» (Jos 7:26), nombre al que Oseas volverá para anunciar la restauración.
En el monte Ebal, Josué cumple Dt 27: edifica un altar, escribe la ley en piedras y la lee ante «toda la congregación de Israel, y las mujeres, los niños y los extranjeros que habitaban entre ellos» (Jos 8:35), de modo que los extranjeros están presentes en la primera lectura pública de la Torá en la tierra. Los gabaonitas obtienen un pacto con Israel mediante un engaño, y Josué, aun así, lo respeta y los incorpora como «leñadores y aguadores para la congregación y para el altar de YHWH» (9:27). Cuando Saúl viole ese juramento, la tierra sufrirá las consecuencias (2 S 21:1–2), porque un pacto jurado en nombre de YHWH obliga aun hecho con gentiles y bajo engaño, y con mayor razón el que Dios juró a los padres.
El reparto termina con un balance: «no faltó palabra de todas las buenas promesas que YHWH había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió» (הַכֹּל בָּא, Jos 21:45). La tierra es נַחֲלָה (najalá), heredad que no se vende a perpetuidad «porque la tierra mía es» (Lv 25:23), y la promesa a Abraham (Gn 15:18) alcanza así un primer cumplimiento, aunque «queda aún mucha tierra por poseer» (Jos 13:1). En Siquem, donde Abraham recibió esa promesa, Josué llama a elegir, «yo y mi casa serviremos a YHWH» (24:15), el pueblo renueva el pacto y los huesos de José, traídos desde Egipto, reciben sepultura (24:32). El juramento de Gn 50:25 se cumple en el último versículo de la etapa.
Israel como nación santa y reino de sacerdotes
La fórmula de Éx 19:6 describe un llamado, no un logro. Israel lo vivió cuando dijo «haremos y obedeceremos» y la gloria llenó el tabernáculo; lo quebró al pie del monte, en Cades, en Baal-peor y con el robo de Acán; y en cada caso el llamado sobrevivió gracias a una mediación, la de Moisés, la de Finees, que recibió «el pacto de un sacerdocio perpetuo» (Nm 25:13), o la del remanente de Josué y Caleb. También los levitas, que tras el becerro se pusieron del lado de YHWH (Éx 32:26–29), y las renovaciones del pacto en Ebal y Siquem (Jos 8; 24) muestran que la ruptura nunca fue la última palabra. La vocación miraba además hacia las naciones desde el comienzo: el extranjero podía celebrar la Pascua (Éx 12:48–49), la Torá sería «sabiduría […] ante los ojos de los pueblos» (Dt 4:6), Rahab y los gabaonitas fueron incorporados y los extranjeros escucharon la ley en Ebal. La santidad de Israel descansaba en la presencia de Dios más que en la perfección del pueblo, como Moisés reconoce: «¿en qué se conocerá que he hallado gracia ante tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros?» (Éx 33:16). Esa dinámica de quiebra, mediación y remanente reaparecerá en cada uno de los estudios siguientes.
Aporte de la tradición judía
La memoria de esta etapa pervive en el calendario y la liturgia, que pertenecen a la tradición y no al texto bíblico. Shavuot, que la Torá presenta como fiesta de las primicias del trigo cincuenta días después de Pésaj (Lv 23:15–21), sin relacionarla expresamente con el Sinaí, se vinculó con la entrega de la Ley a partir de Éx 19:1, que sitúa la llegada al monte en el tercer mes. La liturgia la llama זְמַן מַתַּן תּוֹרָתֵנוּ, «tiempo de la entrega de nuestra Torá». El Talmud enseña que «cada palabra que salía de la boca del Todopoderoso se dividía en setenta lenguas» (Shabat 88b; Epstein, 1935–1948), el número tradicional de las naciones.
La misma apertura hacia los pueblos aparece en el midrash. Comentando Dt 33:2, «YHWH vino del Sinaí, y de Seir les esclareció; resplandeció desde el monte de Parán», el Sifré cuenta que Dios ofreció primero la Torá a los hijos de Esaú, a Amón y Moab y a Ismael, y que cada uno la rehusó por un mandamiento que no quería guardar (Sifré Deuteronomio 343; Hammer, 1986). La Mekhilta explica que se dio en el desierto, lugar sin dueño, para que ninguna nación pudiera decir que no tenía parte en ella (Bajódesh 5; Lauterbach, 1933–1935). Ambas tradiciones leen la elección en la línea de Éx 19:5, «mía es toda la tierra»: Israel acepta lo que había sido ofrecido a todos.
También las rupturas tienen su fecha. La Mishná enseña que el 17 de Tamuz se rompieron las tablas y que el 9 de Av «se decretó contra nuestros padres que no entrarían en la tierra», día en que cayeron además el primer y el segundo templo (Taanit 4:6; Danby, 1933). El Talmud lo explica con una palabra a la generación que lloró sin causa tras el informe de los espías: «vosotros llorasteis por nada; yo os estableceré un llanto por generaciones» (Taanit 29a). La tradición enlaza así Cades con las dos destrucciones de los estudios 5 y 7, pero el ayuno no tiene la última palabra. Según la cronología rabínica, Moisés descendió con las segundas tablas el 10 de Tishré, que quedó como Yom Kipur (Seder Olam 6; Guggenheimer, 1998), y en ese día y en las selijot se recitan las שְׁלֹשׁ עֶשְׂרֵה מִדּוֹת (shelosh esré midot, «trece atributos») de Éx 34:6–7. El Talmud dice que Dios «mostró a Moisés el orden de la plegaria: siempre que Israel peque, que hagan delante de mí según este orden, y yo los perdonaré» (Rosh Hashaná 17b). La revelación que siguió al becerro se volvió así oración permanente de restauración.
Sukkot conserva la otra cara del desierto: כִּי בַסֻּכּוֹת הוֹשַׁבְתִּי אֶת־בְּנֵי יִשְׂרָאֵל, «porque en cabañas hice habitar a los hijos de Israel cuando los saqué de Egipto» (Lv 23:43). Según rabí Eliézer, las cabañas eran las nubes de gloria; según rabí Aquiba, cabañas reales (Sukká 11b). La fiesta del desierto mira también hacia adelante, porque Zacarías anuncia que en la restauración «todas las naciones» subirán a Jerusalén a celebrarla (Zac 14:16).
La promesa de restauración
En esta etapa la promesa es a la vez respuesta inmediata a la infidelidad (Éx 34; Nm 14) y profecía de un futuro lejano (Dt 4; 30; 32).
| Texto | Promesa | Proyección |
|---|---|---|
| Éx 32:13; 34:6–10 | Perdón fundado en el juramento a los padres y en el nombre misericordioso | Nm 14:18; Jl 2:13; Jon 4:2; Sal 103:8 |
| Nm 14:20–24 | Perdón del pueblo, juicio de una generación, entrada del remanente | Is 10:20–22; Ro 9:27; 11:5 |
| Dt 4:25–31 | Destierro anunciado; regreso «en los postreros días» | Os 3:5; Jer 29:12–14 |
| Dt 30:1–10 | Regreso de la dispersión; corazón circuncidado | Jer 31:33 [31:32]; Ez 36:24–27; Ro 10:6–8 |
| Dt 32:36–43 | Compasión de Dios; las naciones se alegran con su pueblo | Ro 10:19; 11:11; 15:10 |
Sin que Israel haya entrado aún en la tierra, Moisés anuncia que la perderá, «YHWH os esparcirá entre los pueblos» (Dt 4:27), y que el destierro no tendrá la última palabra:
בַּצַּר לְךָ וּמְצָאוּךָ כֹּל הַדְּבָרִים הָאֵלֶּה בְּאַחֲרִית הַיָּמִים וְשַׁבְתָּ עַד־יְהוָה אֱלֹהֶיךָ וְשָׁמַעְתָּ בְּקֹלוֹ
כִּי אֵל רַחוּם יְהוָה אֱלֹהֶיךָ לֹא יַרְפְּךָ וְלֹא יַשְׁחִיתֶךָ וְלֹא יִשְׁכַּח אֶת־בְּרִית אֲבֹתֶיךָ אֲשֶׁר נִשְׁבַּע לָהֶם
Cuando estés en angustia y te alcancen todas estas cosas, en los postreros días, volverás a YHWH tu Dios y escucharás su voz. Porque Dios compasivo es YHWH tu Dios; no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que juró a tus padres.
(Dt 4:30–31)
De aquí tomarán los profetas la expresión בְּאַחֲרִית הַיָּמִים (be-ajarit ha-yamim, «en los postreros días»), el verbo shuv («volverás») y el rajum de Éx 34:6. El regreso descansa, pues, sobre el carácter de Dios revelado tras el becerro y sobre el juramento a los padres, y ONE FOR ISRAEL (2025) cuenta este pasaje entre los que anuncian el regreso de Israel a Dios que Pablo espera en Ro 11:26. Dt 30 lo desarrolla: Israel «volverá» (v. 2), Dios «hará volver tu cautividad» (אֶת־שְׁבוּתְךָ, et shevutejá, v. 3), lo recogerá aunque esté «en el extremo de los cielos» (v. 4) y hará lo que Israel no puede hacer:
וּמָל יְהוָה אֱלֹהֶיךָ אֶת־לְבָבְךָ וְאֶת־לְבַב זַרְעֶךָ לְאַהֲבָה אֶת־יְהוָה אֱלֹהֶיךָ בְּכָל־לְבָבְךָ וּבְכָל־נַפְשְׁךָ לְמַעַן חַיֶּיךָ
Y circuncidará YHWH tu Dios tu corazón y el corazón de tu descendencia, para que ames a YHWH tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas.
(Dt 30:6)
Lo que en Dt 10:16 era mandato se ha vuelto promesa: Dios mismo circuncidará el corazón, para que Israel pueda por fin cumplir el Shemá (Dt 6:5). Jeremías lo llamará «nuevo pacto», y Ezequiel, «corazón nuevo» (Ez 36:26–27). El regreso físico de la dispersión (30:3) y la vuelta del corazón a Dios (30:6) se prometen juntos, y ninguna de las dos lecturas puede separarse de la otra. El Cántico de Moisés añade el resto del arco. En forma profética recorre toda la historia de Israel, desde la elección y el cuidado en el desierto «como el águila que excita su nidada» (32:11) hasta la infidelidad en la abundancia. Tras el juicio, «YHWH juzgará a su pueblo, y por amor de sus siervos se arrepentirá» (Dt 32:36); antes, Dios ha respondido a la idolatría con una paradoja, «yo también los provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo» (וַאֲנִי אַקְנִיאֵם בְּלֹא־עָם, 32:21), y el cántico se cierra con un llamado a las naciones, הַרְנִינוּ גוֹיִם עַמּוֹ, «alabad, naciones, a su pueblo», porque Dios «hará expiación por su tierra y por su pueblo» (32:43). En ese versículo, 4QDeutq y la LXX conservan un texto más largo que el TM, y la LXX dice εὐφράνθητε, ἔθνη, μετὰ τοῦ λαοῦ αὐτοῦ, «alegraos, naciones, con su pueblo», la forma que Pablo cita en Ro 15:10 (Tov, 2012; Tigay, 1996). El Cántico desemboca, pues, en la alegría compartida de las naciones con Israel, no en su sustitución.
Los profetas leen el futuro con estas mismas imágenes, y ninguno recurre tanto como Isaías a la memoria del Éxodo. En un lamento, el pueblo evoca la salida de Egipto para pedir a Dios que actúe otra vez:
אַיֵּה הַמַּעֲלֵם מִיָּם אֵת רֹעֵי צֹאנוֹ אַיֵּה הַשָּׂם בְּקִרְבּוֹ אֶת־רוּחַ קָדְשׁוֹ
¿Dónde está el que los hizo subir del mar con el pastor de su rebaño? ¿Dónde el que puso en medio de él su Santo Espíritu […]? El Espíritu de YHWH los hizo descansar.
(Is 63:11, 14)
Junto con Is 63:10 y Sal 51:11 [51:13], es uno de los tres pasajes de la Biblia hebrea que hablan del «Santo Espíritu» de Dios. El profeta relee la nube y la presencia del Éxodo como obra del Espíritu y la entrada en la tierra como «descanso», y el recuerdo se convierte en argumento de la oración: «tú eres nuestro padre, aunque Abraham nos ignore» (63:16). El Dios «que abre camino en el mar» (הַנּוֹתֵן בַּיָּם דָּרֶךְ, 43:16) abrirá camino en el desierto para un pueblo del que dice עַם־זוּ יָצַרְתִּי לִי תְּהִלָּתִי יְסַפֵּרוּ, «este pueblo he formado para mí; mis alabanzas publicará» (43:21), donde resuena la vocación de Éx 19, y no extraña que Pedro una ambos textos en 1 P 2:9. En la restauración «habrá camino para el remanente de su pueblo, como lo hubo para Israel el día que subió de la tierra de Egipto» (Is 11:16), y entonces se cumplirá por fin Éx 19:6: «vosotros seréis llamados sacerdotes de YHWH; ministros de nuestro Dios seréis llamados» (Is 61:6). El llamado que se quebró en el desierto alcanzará su plenitud en Sion.
Jeremías recuerda el desierto como tiempo del primer amor: «me he acordado de ti, de la lealtad (חֶסֶד) de tu juventud, del amor de tu noviazgo, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada. Santo era Israel para YHWH, primicias de sus frutos» (Jer 2:2–3). No ignora las rebeliones de Números, sino que idealiza el comienzo para hacer sentir cuánto se ha alejado Israel, y une de paso la santidad de Éx 19:6 con la imagen de las primicias que Pablo empleará en Ro 11:16. En Jer 7:22–23 Dios recuerda que el día del Éxodo no habló primero de sacrificios, sino de esto: «Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo», que es la condición de Éx 19:5. Lo que faltó a Israel no fue culto, sino oído, y a esa carencia responde el nuevo pacto:
הִנֵּה יָמִים בָּאִים נְאֻם־יְהוָה וְכָרַתִּי אֶת־בֵּית יִשְׂרָאֵל וְאֶת־בֵּית יְהוּדָה בְּרִית חֲדָשָׁה
לֹא כַבְּרִית אֲשֶׁר כָּרַתִּי אֶת־אֲבוֹתָם בְּיוֹם הֶחֱזִיקִי בְיָדָם לְהוֹצִיאָם מֵאֶרֶץ מִצְרָיִם
He aquí que vienen días, dice YHWH, en que haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, porque ellos invalidaron mi pacto […]. Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón […], porque perdonaré su maldad y no me acordaré más de su pecado.
(Jer 31:31–34 [31:30–33])
El nuevo pacto se define por contraste con el del Sinaí, pero el contraste no afecta a su contenido, porque la ley sigue siendo «mi ley»; lo que cambia es el lugar donde se escribe, que pasa de la piedra al corazón, como había prometido Dt 30:6. Tampoco cambian los destinatarios, «la casa de Israel y la casa de Judá», es decir, el reino del norte, ya deportado por Asiria cuando escribe Jeremías, y el reino del sur, distinción que se tratará en los estudios 4 y 5. El perdón final es el de Éx 34:6–7, y con esa idea cerrará Pablo su argumento: «este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados» (Ro 11:27). Oseas, por su parte, vuelve al lugar del pecado de Acán:
He aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y le hablaré al corazón. Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza; y allí responderá como en los días de su juventud, como en el día en que subió de la tierra de Egipto.
(Os 2:14–15 [2:16–17])
La expresión וְאֶת־עֵמֶק עָכוֹר לְפֶתַח תִּקְוָה (ve-et émeq Ajor le-fétaj tiqvá) transforma el lugar del castigo en entrada. Por donde Israel cayó al comenzar la conquista volverá a entrar, Isaías recurre a la misma imagen (Is 65:10), y el «no sois mi pueblo» de Os 1:9 se convertirá en «sois hijos del Dios viviente» (1:10 [2:1]), textos que Pablo cita en Ro 9:25–26.
Ninguna etapa aporta a Romanos 9–11 tantos textos como esta. Pablo intercede por Israel como Moisés y enumera sus dones como posesión presente, «de ellos son» (Ro 9:4): la adopción del primogénito (Éx 4:22), la gloria que llenó el tabernáculo (Éx 40:34), los pactos, la promulgación de la ley (νομοθεσία), el culto (λατρεία) y las promesas. En Ro 10:6–8 cita Dt 30:12–14, «cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón» (ἐγγύς σου τὸ ῥῆμά ἐστιν ἐν τῷ στόματί σου καὶ ἐν τῇ καρδίᾳ σου), e identifica esa palabra cercana, prometida para el tiempo del regreso, con «la palabra de fe que predicamos». La aplicación libre del pasaje tiene paralelos judíos, pues Baruc 3:29–30 lo aplica a la Sabiduría y el Targum Neofiti lo parafrasea con Moisés y Jonás (Moo, 1996). Cita Dt 32:21, «yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo» (ἐγὼ παραζηλώσω ὑμᾶς ἐπ᾽ οὐκ ἔθνει, Ro 10:19), donde la LXX decía «los» y él dice «os», y con ese texto explica que «por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos» (εἰς τὸ παραζηλῶσαι αὐτούς, Ro 11:11): los celos del Cántico son el medio por el que Dios atraerá de nuevo a Israel. En Ro 11:8 une Dt 29:4 [29:3] con Is 29:10, «ojos con que no vean y oídos con que no oigan, hasta el día de hoy», y sitúa el endurecimiento de su tiempo en el mismo arco que en Deuteronomio va de la ceguera a la circuncisión del corazón. Al decir a gentiles que «nuestros padres» pasaron el mar (1 Co 10:1), pone a la iglesia dentro del relato del Éxodo, no en su lugar (Hays, 1989). Lo que Moisés anunció para «los postreros días» es, en suma, lo que Pablo espera cuando afirma que «todo Israel será salvo» (Ro 11:26), tema del Estudio 8.
Perla filológica · celos y alegría de las naciones (Dt 32)
Pablo lee el Cántico de Moisés como un guion de la historia que él mismo vive, y el cotejo de las tres formas del texto muestra dónde apoya su argumento.
| Texto | TM | LXX | Pablo |
|---|---|---|---|
| Dt 32:21 | וַאֲנִי אַקְנִיאֵם בְּלֹא־עָם «los provocaré a celos con un no-pueblo» | κἀγὼ παραζηλώσω αὐτοὺς ἐπ᾽ οὐκ ἔθνει | Ro 10:19: ἐγὼ παραζηλώσω ὑμᾶς (pasa a la segunda persona); Ro 11:11: εἰς τὸ παραζηλῶσαι αὐτούς |
| Dt 32:43 | הַרְנִינוּ גוֹיִם עַמּוֹ «alabad, naciones, a su pueblo» | εὐφράνθητε, ἔθνη, μετὰ τοῦ λαοῦ αὐτοῦ | Ro 15:10: cita la LXX, «alegraos, naciones, con su pueblo» |
Los celos no son castigo final, sino el medio por el que Dios atraerá de nuevo a Israel, y la alegría de las naciones no ocurre en lugar de Israel, sino junto a él. Las dos piezas del Cántico sostienen la lógica de Romanos 11.
Conclusión y puente al Estudio 3
Entre el Éxodo y la muerte de Josué toma forma la vocación que el Estudio 1 había dejado en germen. Dios redime antes de legislar, y en el Sinaí Israel recibe su identidad de segulá, mamléjet kohaním y goy qadosh, con Dios habitando en medio de él. La vocación se quiebra casi en el acto, y Dios responde con perdón, mediador y remanente. Lo decisivo para esta serie es que la restauración ya está escrita en la Torá: antes de que Israel entre en la tierra, Deuteronomio anuncia el destierro, el regreso y un corazón circuncidado, y el Cántico prevé los celos y la alegría común de las naciones con Israel. Isaías, Jeremías y Oseas leerán el futuro como un nuevo éxodo y un nuevo pacto, y Pablo construirá Romanos 9–11 con esos mismos textos, convencido de que el llamamiento recibido en el Sinaí no ha sido revocado.
La tierra había sido dada, pero el libro de los Jueces se abre con una advertencia: «se levantó después de ellos otra generación que no conocía a YHWH, ni la obra que él había hecho por Israel» (Jue 2:10). Esa generación olvidará el Éxodo y comenzará un ciclo de apostasía, opresión, clamor y liberación, en el que surgirán Rut, una moabita incorporada a Israel, y Samuel, que ungirá a Saúl y a David. De ello se ocupa el Estudio 3: de los Jueces a David.
Preguntas para la reflexión
Dios dice «os he traído a mí» (Éx 19:4) antes de dar un solo mandamiento. ¿Qué cambia en la manera de entender la ley cuando se lee después de la redención?
Dios revela su nombre misericordioso (Éx 34:6–7) justo después del becerro de oro. ¿Qué enseña este orden sobre la relación entre el pecado de Israel y la fidelidad de Dios en Romanos 11?
Pablo dice a creyentes gentiles que «nuestros padres» pasaron el mar (1 Co 10:1). ¿Qué implica recibir como propia la historia de Israel, y qué responsabilidad trae (Ro 11:18–21)?
Deuteronomio promete a la vez el regreso de la dispersión (Dt 30:3) y la circuncisión del corazón (30:6). ¿Por qué importa que ambas promesas vayan juntas al leer «todo Israel será salvo» (Ro 11:26)?
Glosario
(עֵמֶק עָכוֹר). «Valle de la desgracia», lugar del castigo de Acán (Jos 7:26); «puerta de esperanza» en Os 2:15 [2:17].
(ἱλαστήριον). Traducción de kapóret en la LXX (Éx 25:17); Pablo la aplica al Mesías (Ro 3:25).
(חֶסֶד). Lealtad amorosa propia del pacto; centro de Éx 34:6–7.
(מַמְלֶכֶת כֹּהֲנִים). «Reino de sacerdotes» (Éx 19:6); LXX βασίλειον ἱεράτευμα.
(מִשְׁכָּן). Tabernáculo, «morada», de shajan, «habitar» (Éx 25:9; 40:34).
(נַחֲלָה). Heredad; la tierra como don repartido por tribus (Jos 13–21).
(סְגֻלָּה). Tesoro personal de un rey; Israel como propiedad especial de Dios (Éx 19:5; Dt 7:6; Mal 3:17).
(שָׁבוּעוֹת). Fiesta de las Semanas (Lv 23:15–21); en griego, Pentecostés; la tradición la une a la entrega de la Torá.
(שְׁלֹשׁ עֶשְׂרֵה מִדּוֹת). «Trece atributos» de Dios según la división rabínica de Éx 34:6–7.
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