De Cristo a la destrucción del templo
El Mesías de Israel, un remanente que cree y un juicio que lleva escrito su «hasta»
Este séptimo estudio recorre la historia de Israel desde el nacimiento de Jesús hasta la caída del Segundo Templo y de Masada, y muestra que los mismos textos que anuncian la ruina de Jerusalén le fijan un término y apuntan a la restauración de Israel. Jesús vive dentro de las fiestas, el templo y los profetas de su pueblo y asume la figura del siervo de Isaías llamado a «levantar las tribus de Jacob» y a ser «luz de las naciones» (Is 49:6); en torno a él se forma un remanente judío creyente, núcleo del pueblo restaurado, al que los gentiles se suman sin ocupar su lugar. La destrucción del año 70, anunciada con palabras de Jeremías, se lee como un juicio dentro del pacto que lleva escrito su «hasta»: «hasta que digáis: Bendito el que viene» (Mt 23:39), «hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan» (Lc 21:24), «hasta los tiempos de la restauración» (Hch 3:21). Al relato bíblico se suman Josefo, la arqueología de Jerusalén y Masada y la respuesta rabínica de Yavne y de Tisha be-Av. Pablo, que escribe antes de esa fecha, ya había dejado dicho que «no ha desechado Dios a su pueblo» (Ro 11:2), y desde ahí arranca el Estudio 8.
Palabras clave: Mesías, remanente, nuevo pacto, Segundo Templo, guerra judía, Yavne, Tisha be-Av, restauración, Romanos 11.
Introducción
¿Qué significa para Israel que su templo fuera destruido cuarenta años después de la crucifixión de Jesús? Una respuesta muy extendida en la historia de la iglesia ve en el año 70 la prueba de que Dios rechazó a Israel y entregó sus promesas a otro pueblo; otra, habitual en lecturas modernas, desliga a Jesús de la historia de los suyos. El Nuevo Testamento no sostiene ninguna de las dos. Jesús nace «bajo la ley» (Gá 4:4), elige a doce, enseña en las fiestas y llora sobre Jerusalén antes de anunciar su ruina, y sus seguidores judíos siguen orando en el templo hasta poco antes de la guerra.
En su persona asume el llamado de Israel, como Hijo llamado de Egipto (Mt 2:15; Os 11:1), como siervo que restaura a las tribus y alumbra a las naciones (Is 49:5–6) y como quien establece el nuevo pacto prometido «a la casa de Israel y a la casa de Judá» (Jer 31:31 [31:30]). A su alrededor surge un remanente judío creyente al que luego se suman los gentiles. La caída del templo se comprende entonces a la luz de la del 586 a. e. c., que Jeremías anunció en el mismo libro donde juró la permanencia de Israel: un juicio dentro del pacto, cuyos textos llevan un «hasta» que mira hacia la restauración que Pablo desarrollará en Romanos 11.
Sobre traducción, numeración y fechas
Traducción propia desde BHS y NA28; la LXX según Rahlfs-Hanhart. La numeración hebrea, cuando difiere, va entre corchetes. En esta etapa el reino del norte ya no existe y «Israel» designa casi siempre al pueblo entero; se indica cuando un texto evoca a las tribus del norte.
Marco cronológico
Jesús nace en los días de Herodes el Grande (Mt 2:1), muerto en el 4 a. e. c., y Juan predica en el año quince de Tiberio (Lc 3:1), hacia el 28–29 e. c. La crucifixión ocurrió bajo Poncio Pilato, y la combinación del calendario pascual de los evangelios con los datos astronómicos deja el 30 o el 33 como fechas más probables. Siguen el concilio de Hch 15 (c. 48–49), la carta a los Romanos (c. 57), la muerte de Jacobo (62), la revuelta (66), la caída del templo (70) y la de Masada, que Josefo no fecha y que varios historiadores sitúan en el 74 en vez del 73 (Mason, 2016).
Nota. Elaboración propia. Fechas aproximadas; el año de la crucifixión y el de la caída de Masada están en debate (véase el texto).
Contexto histórico y arqueológico
Herodes, rey vasallo de Roma, reconstruyó el templo en una obra que seguía en curso en tiempos de Jesús (Jn 2:20). Desde el 6 e. c. Judea quedó bajo prefectos romanos, y el sumo sacerdote, nombrado por Roma o por los herodianos, presidía el sanedrín junto a fariseos, saduceos, esenios y la «cuarta filosofía» de los rebeldes (Ant. 18.23). La espera de la redención estaba viva: Lucas presenta a judíos piadosos que «esperaban la consolación de Israel» (Lc 2:25) y «la redención de Jerusalén» (Lc 2:38).


Nota. Elaboración propia: costas, lagos y ríos GSHHS/WDB y relieve sombreado (Basemap); ubicaciones antiguas aproximadas. Izquierda: la tierra de Israel en tiempos de Jesús y de la guerra; la huida a Pela es tradición discutida (Eusebio, HE 3.5.3). Derecha: procedencia de los oyentes de Pentecostés según Hch 2:9–11.
La fuente principal de la guerra es Josefo, sacerdote que comandó a los judíos en Galilea, se rindió en el 67 y escribió en Roma bajo patrocinio de los Flavios; es testigo directo, pero también apologista de Tito (Mason, 2016). La revuelta estalló en el 66, cuando el procurador Gesio Floro tomó diecisiete talentos del tesoro del templo (Guerra 2.293) y Eleazar, hijo del sumo sacerdote Ananías, hizo suspender los sacrificios ofrecidos por el emperador (Guerra 2.409), gesto que equivalía a una declaración de guerra. Nerón envió a Vespasiano con su hijo Tito; cayeron Jotapata y Gamla, y Josefo, ya prisionero, anunció a Vespasiano que sería emperador (Guerra 3.400–402). Josefo y Tácito cuentan que un oráculo ambiguo de las Escrituras, según el cual alguien salido de Judea gobernaría el mundo, había impulsado la revuelta, y ambos lo aplicaron a Vespasiano (Guerra 6.312–313; Tácito, Historias 5.13). Mientras tanto, dentro de Jerusalén, Juan de Giscala, Simón bar Giora y Eleazar ben Simón se disputaban la ciudad y quemaban sus reservas de grano (Guerra 5.24–26).
Tito cercó Jerusalén en la primavera del 70, cuando la llenaban los peregrinos de la Pascua (Guerra 6.421), y el hambre hizo el resto. El templo ardió en el mes de Av, el mismo día, observa Josefo, en que lo había quemado el rey de Babilonia (Guerra 6.250). Según Josefo, Tito quería salvar el santuario (Guerra 6.236–243); Sulpicio Severo (Crónica 2.30.6–7), quizá a partir de Tácito, afirma lo contrario. A fines del verano la ciudad fue arrasada, salvo tres torres de Herodes y parte del muro occidental (Guerra 7.1–2), y en Roma Vespasiano y Tito celebraron el triunfo con la mesa, el candelabro y un rollo de la ley (Guerra 7.148–150). Vespasiano impuso además a todos los judíos del imperio las dos dracmas anuales que antes pagaban al templo, ahora destinadas a Júpiter Capitolino (Guerra 7.218), el llamado Fiscus Iudaicus.
La arqueología de la etapa es rica. En Cesarea apareció en 1961, reutilizada en el teatro, una inscripción que nombra a Poncio Pilato con el título de prefecto de Judea. En la Ciudad de David se hallaron en 2004 las gradas de la piscina de Siloé del Segundo Templo (Jn 9:7), de donde partía una calle escalonada hacia el santuario (Reich, 2011), y allí mismo se había encontrado en 1913–1914 la inscripción de Teódoto, anterior al 70, que recuerda una sinagoga «para la lectura de la ley y la enseñanza de los mandamientos» con hospedaje para los que venían del extranjero (cf. Hch 6:9). Un osario hallado en 1990 lleva el nombre «Yehosef bar Qayafa», que muchos atribuyen al sumo sacerdote Caifás, aunque la lectura y la identificación se discuten (Evans, 2003). Una losa griega prohíbe a todo extranjero pasar la balaustrada del santuario bajo pena de muerte (Guerra 5.193–194), dato que ilumina la «pared intermedia de separación» de Ef 2:14. Al pie de la explanada, los sillares caídos en el 70 sobre la calle herodiana dan contexto visual a Mt 24:2, «no quedará aquí piedra sobre piedra»; entre ellos estaba la piedra con la inscripción hebrea «al lugar del toque de trompeta […]», del pináculo desde donde un sacerdote anunciaba el sábado (Guerra 4.582). En el barrio judío, Avigad excavó en 1970 la llamada Casa Quemada, incendiada en el 70, con los huesos del brazo de una mujer joven y una pesa de piedra con el nombre «Bar Kathros», familia sacerdotal criticada en el Talmud (Pesajim 57a; Avigad, 1983).
Las monedas dicen cómo entendían la guerra sus protagonistas. Los rebeldes acuñaron siclos de plata con las leyendas «siclo de Israel» y «Jerusalén la santa», y bronces con «por la libertad de Sion» y, en el año cuarto, «por la redención de Sion», en escritura paleohebrea (Meshorer, 2001): la revuelta se libró con el vocabulario de la restauración. Roma respondió con monedas de Vespasiano y Tito que muestran a una mujer de luto bajo una palmera y la leyenda ivdaea capta, «Judea cautiva». El Arco de Tito, levantado en la Vía Sacra después del 81, muestra en relieve el candelabro, la mesa de los panes de la proposición y las trompetas de plata, en coincidencia con Josefo, y un estudio de 2012 detectó restos de pigmento ocre en el candelabro (Fine, 2016). En Masada, Yadin halló un rollo de Ezequiel 35–38, con la visión de los huesos secos, bajo el piso de la sinagoga (Yadin, 1966); el relato del suicidio colectivo procede solo de Josefo y su exactitud se discute (Ben-Yehuda, 1995).
Desarrollo bíblico
Pablo resume la venida de Jesús diciendo que «cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gá 4:4), y πλήρωμα es la palabra con que hablará de la «plenitud» de Israel y de los gentiles (Ro 11:12, 25). Lucas abre su evangelio con dos cánticos que entienden esa venida como cumplimiento del pacto. María canta que Dios «socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia, como habló a nuestros padres» (Lc 1:54–55). Zacarías, sacerdote, bendice al «Señor Dios de Israel, que ha visitado y ha hecho redención a su pueblo» y levanta «un cuerno de salvación en la casa de David», para cumplir «el juramento que hizo a Abraham nuestro padre: concedernos que, librados de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor, en santidad y justicia» (Lc 1:68–75). El verbo «servir» es λατρεύειν, propio del culto: Dios redime a Israel para que pueda ejercer al fin su oficio sacerdotal. La visita de Dios se describe como «la aurora de lo alto» (ἀνατολὴ ἐξ ὕψους, 1:78), probable eco de la LXX, que traduce con ἀνατολή el «Renuevo» davídico de Zac 3:8 y 6:12. En el templo, Simeón, que esperaba la παράκλησιν τοῦ Ἰσραήλ de Is 40:1, bendice a Dios con palabras del siervo:
לְהָקִים אֶת־שִׁבְטֵי יַעֲקֹב […] וּנְתַתִּיךָ לְאוֹר גּוֹיִם לִהְיוֹת יְשׁוּעָתִי עַד־קְצֵה הָאָרֶץ
Poco es que tú me seas siervo para levantar las tribus de Jacob y para restaurar a los preservados de Israel; también te daré por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el extremo de la tierra.
(Is 49:6)
Porque han visto mis ojos tu salvación […]: luz para revelación a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
(Lc 2:30–32)
Simeón mantiene juntas la gloria de Israel y la luz de las naciones, aunque advierte que el niño está puesto «para caída y levantamiento de muchos en Israel» (2:34), vocabulario que Pablo retomará en Ro 11:11. Ana, «de la tribu de Aser», tribu del antiguo reino del norte (2:36), muestra que siglos después de la dispersión asiria las tribus de Jacob tienen quien las represente en el umbral del evangelio.
La voz en el desierto y el año agradable
Los cuatro evangelios presentan a Juan el Bautista con el versículo que abre la consolación de los desterrados:
קוֹל קוֹרֵא בַּמִּדְבָּר פַּנּוּ דֶּרֶךְ יְהוָה יַשְּׁרוּ בָּעֲרָבָה מְסִלָּה לֵאלֹהֵינוּ
Una voz clama: En el desierto preparad el camino de YHWH; enderezad en la estepa una calzada para nuestro Dios.
(Is 40:3)
El camino en el desierto es el del nuevo éxodo, el regreso de Babilonia anunciado tras «Consolad, consolad a mi pueblo» (40:1). La acentuación masorética une «en el desierto» con «preparad»; la LXX y los evangelios lo unen con «voz»: «voz del que clama en el desierto» (Mc 1:3). La comunidad de Qumrán aplicaba el mismo versículo a su retiro al desierto para estudiar la ley (1QS 8.12–16; Vermes, 2004). Juan, hijo de sacerdote, llama a todo Israel al bautismo de arrepentimiento y advierte que no basta decir «tenemos a Abraham por padre» (Mt 3:9); lo que predica es teshuvá, el regreso a Dios antes de que llegue el juicio.
En la sinagoga de Nazaret, Jesús lee el rollo de Isaías:
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año agradable del Señor […]. Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos.
(Lc 4:18–19, 21; Is 61:1–2; 58:6)
La palabra דְּרוֹר (derór, «libertad») es la del jubileo: «proclamaréis libertad en la tierra» (Lv 25:10), cuando los cautivos vuelven y la tierra se restituye. Un texto de Qumrán, 11QMelquisedec (11Q13), ya leía Is 61 junto con el jubileo como anuncio de una redención final. Jesús interrumpe la lectura antes de «y el día de venganza de nuestro Dios» (Is 61:2b), y los ejemplos que añade, la viuda de Sarepta y Naamán el sirio (Lc 4:25–27), dejan entrever que la gracia alcanzará también a las naciones.
Los Doce y las doce tribus
El gesto más elocuente es la elección de los Doce:
En la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido os sentaréis también sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
(Mt 19:28)
Dispersas las tribus del norte desde el 722 a. e. c., elegir a doce anunciaba la reconstitución de todo Israel, conforme a Ez 37:15–28 (Sanders, 1985), y por eso los once completan el número antes de Pentecostés (Hch 1:15–26). Pablo habla ante Agripa de «nuestras doce tribus» (τὸ δωδεκάφυλον ἡμῶν, Hch 26:7), y Santiago escribe «a las doce tribus que están en la dispersión» (Stg 1:1): la esperanza de las doce tribus no se había extinguido. La consigna de ir «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10:6) evoca a su vez Ez 34, donde Dios promete reunir a las ovejas dispersas bajo «mi siervo David»; en Mateo esa casa es el pueblo judío entero de Galilea y Judea, no el antiguo reino del norte, pues a los Doce se les prohíbe entrar en Samaria. La prioridad de Israel no deja fuera a las naciones: la mujer cananea obtiene la curación de su hija (Mt 15:28), y el evangelio se cierra con el envío a «todas las naciones» (Mt 28:19).
El templo, la viña y el lamento
En el templo cita a Isaías, «mi casa, casa de oración será llamada» para todas las naciones (Is 56:7; Mc 11:17), y a Jeremías, «cueva de ladrones» (Jer 7:11), el sermón en que el profeta advirtió que Dios haría con el templo lo que hizo con Silo (Jer 7:12–14). Al citarlo, Jesús anuncia un juicio semejante al del 586 a. e. c. (Wright, 1996), mientras Is 56:7 recuerda para qué existía el templo. Sobre la canción de la viña de Is 5, donde «la viña de YHWH de los ejércitos es la casa de Israel», construye la parábola de los labradores, que cita Sal 118:22–23, «la piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo», y termina así:
Por tanto os digo que el reino de Dios será quitado de vosotros y será dado a un pueblo que produzca sus frutos.
(Mt 21:43)
El versículo se ha leído a menudo como traspaso del reino de Israel a la iglesia de los gentiles, pero el contexto lo resiste. Los destinatarios son los principales sacerdotes, que «entendieron que hablaba de ellos» (21:45); la viña no se destruye, sino que pasa «a otros labradores» (21:41), y Mateo escribe ἔθνει, «a un pueblo», en singular, no «a los gentiles». En Mateo, los primeros miembros de esa comunidad son los Doce, judíos, que juzgarán «a las doce tribus de Israel» (19:28), y Pedro repetirá la cita de la piedra ante el sanedrín (Hch 4:11) mientras se dirige a «todo el pueblo de Israel» (4:10) para anunciarle salvación. Lo que se transfiere es la administración de la viña, no la identidad del pueblo (Snodgrass, 2008): un relevo en la conducción del pueblo de Dios hacia una comunidad judía en su núcleo. Davies y Allison (1997) recuerdan que el debate exegético es amplio; esta lectura es la que mejor se ajusta al contexto inmediato.
El discurso de Mt 23 termina en llanto:
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas […]! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisisteis! He aquí, vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.
(Mt 23:37–39)
«Vuestra casa» es el templo, y la frase evoca Jer 22:5 («esta casa será desolada») y Jer 12:7 («he dejado mi casa»), pero el juicio tiene término: ἕως ἂν εἴπητε, «hasta que digáis», con la bienvenida de Sal 118:26, בָּרוּךְ הַבָּא בְּשֵׁם יְהוָה. Es el saludo de los peregrinos y de los sacerdotes del templo: «Bendito el que viene en el nombre de YHWH; desde la casa de YHWH os bendecimos». Allison (1983) mostró que la construcción expresa una condición: Jerusalén volverá a ver a Jesús cuando le dé la bienvenida, de modo que lo anunciado es una ausencia con término y no un rechazo definitivo. Lucas añade el anuncio del asedio:
Caerán a filo de espada y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.
(Lc 21:24)
El lenguaje es el de Dt 28:64 y de Jeremías sobre el 586; la frase final, ἄχρι οὗ πληρωθῶσιν καιροὶ ἐθνῶν, usa la misma construcción que Ro 11:25, donde el endurecimiento parcial dura ἄχρι οὗ τὸ πλήρωμα τῶν ἐθνῶν εἰσέλθῃ. Qué sean esos «tiempos» se discute: unos los entienden como el período de dominio gentil sobre Jerusalén, otros como el tiempo de la misión a las naciones (cf. Mc 13:10), otros como el del juicio sobre ellas, y hay quienes ven un cumplimiento parcial en acontecimientos modernos, algo que el texto no precisa. Lo que sí deja claro es que la desolación tiene un plazo.
El nuevo pacto
En la cena de Pascua, Jesús toma la copa:
הִנֵּה יָמִים בָּאִים נְאֻם־יְהוָה וְכָרַתִּי אֶת־בֵּית יִשְׂרָאֵל וְאֶת־בֵּית יְהוּדָה בְּרִית חֲדָשָׁה
He aquí que vienen días, dice YHWH, en que haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.
(Jer 31:31 [31:30])
Al decir «esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama» (Lc 22:20), Jesús retoma esa promesa. La LXX tradujo בְּרִית חֲדָשָׁה por καινὴ διαθήκη, y con el eco de «la sangre del pacto» de Éx 24:8 (Mt 26:28) Jesús sitúa su muerte entre el Sinaí y Jeremías. El doble nombre de Jer 31:31, la casa de Israel (el antiguo reino del norte) y la casa de Judá (el reino del sur), lleva implícita la reunificación de los dos reinos divididos desde 1 R 12 bajo un solo pacto, y por eso en 31:33 «la casa de Israel» designa ya al pueblo reunido. El contenido del pacto es interior: «Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón […] y no me acordaré más de su pecado» (31:33–34). La carta a los Hebreos cita el pasaje completo (Heb 8:8–12), la cita más larga del Antiguo Testamento en el Nuevo.
La cruz, la resurrección y la pregunta por el reino
Jesús muere en Pascua como «Rey de los judíos», título escrito «en hebreo, en griego y en latín» (Jn 19:19–20), y ante el costado traspasado Juan cita a Zacarías:
וְהִבִּיטוּ אֵלַי אֵת אֲשֶׁר־דָּקָרוּ וְסָפְדוּ עָלָיו כְּמִסְפֵּד עַל־הַיָּחִיד
Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén espíritu de gracia y de súplica, y mirarán a mí, a quien traspasaron, y harán duelo por él como duelo por el hijo único.
(Zac 12:10)
El TM lee דָּקָרוּ (daqáru, «traspasaron»); la LXX, κατωρχήσαντο («se burlaron danzando»), probablemente porque leyó רקדו con las dos primeras consonantes invertidas. Juan no sigue la LXX: su ὄψονται εἰς ὃν ἐξεκέντησαν se apoya en el hebreo, como la versión griega de Teodoción. Quienes hacen duelo son «la casa de David y los habitantes de Jerusalén», esto es, Judá, y ese duelo prepara una purificación: «En aquel día habrá un manantial abierto para la casa de David […] para la purificación del pecado» (Zac 13:1). Juan cita el texto en la cruz y Ap 1:7 lo proyecta a la venida final, de modo que el duelo de Judá por el traspasado queda como una promesa todavía abierta. Para los apóstoles, la resurrección vindica al Mesías de Israel: Pablo recoge la tradición de que Cristo resucitó «conforme a las Escrituras» y se apareció a Cefas, a los Doce, a más de quinientos hermanos y a Jacobo (1 Co 15:3–7), y Pedro la anuncia como cumplimiento de la promesa a David (Hch 2:29–36; Sal 16:10; 110:1). Resucitado, Jesús oye la pregunta de los discípulos:
Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad […].
(Hch 1:6–7)
Jesús deja en pie el contenido de la pregunta y corrige solo el calendario. El verbo ἀποκαθιστάνεις es el de Mal 3:23 [4:6] LXX, donde Elías «restaurará» el corazón de los padres hacia los hijos, y el de Mt 17:11, «Elías viene primero y restaurará todas las cosas». La misión que les encarga recorre el mapa de Is 49:6: Jerusalén, Judea, Samaria, la región del antiguo reino del norte (Hch 8), y «hasta el extremo de la tierra» (Hch 1:8), las mismas palabras de Is 49:6 en la LXX, que Pablo citará como mandato propio (Hch 13:47).
El remanente creyente y la tienda de David
El Espíritu es derramado en Shavuot sobre judíos «de todas las naciones bajo el cielo» (Hch 2:5), y entre ellos están los medos y los de Mesopotamia, adonde Asiria había deportado al reino del norte (2 R 17:6): Pedro cita entonces Joel 2:28–32 [3:1–5], «derramaré mi Espíritu sobre toda carne» y «todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo», y para Lucas Pentecostés inaugura la reunión del Israel disperso (Jervell, 1972). Lucas cuenta el crecimiento: unas tres mil personas ese día (Hch 2:41), cerca de cinco mil hombres poco después (4:4), «una gran multitud de sacerdotes» que «obedecía a la fe» (6:7) y, hacia el 57, las «decenas de miles» (μυριάδες) de judíos creyentes, «todos celosos por la ley», de los que Jacobo habla a Pablo (21:20). Aunque el término pueda ser hiperbólico, revela un movimiento numeroso que no abandona el templo: perseveran «unánimes cada día en el templo» (2:46), suben «a la hora de la oración, la novena» (3:1), y Pablo mismo ofrece allí la ofrenda de purificación (21:26).
La iglesia de Jerusalén, presidida por Jacobo, hermano del Señor y una de sus «columnas» (Gá 2:9), fue una comunidad judía que confesaba a Jesús como Mesías y guardaba la ley (Bauckham, 1995), el remanente en que la restauración ya había comenzado. Cuando llegan los gentiles, Jacobo responde con Amós, profeta en el reino del norte:
בַּיּוֹם הַהוּא אָקִים אֶת־סֻכַּת דָּוִיד הַנֹּפֶלֶת
Después de esto volveré y reedificaré la tienda de David, que está caída; […] para que el resto de los hombres busque al Señor, y todas las naciones sobre las cuales es invocado mi nombre.
(Hch 15:16–17; Am 9:11–12 LXX)
La sukkat David es la casa davídica caída tras la división del reino y el exilio, y un texto de Qumrán (4Q174, el Florilegio) ya aplicaba Am 9:11 al «Renuevo de David» (Vermes, 2004). Jacobo ve su reedificación en el Hijo de David resucitado y su fruto en la entrada de las naciones, que ingresan como gentiles, sin hacerse judíos, con cuatro abstenciones (Hch 15:20, 29) que muchos relacionan con las normas para el extranjero que vivía en Israel (Lv 17–18). Jacobo cita según la LXX: el TM dice «para que posean el resto de Edom» (אֱדוֹם), y la LXX leyó אָדָם («humanidad») y «buscarán» (יִדְרְשׁוּ) en vez de «poseerán» (יִירְשׁוּ). Las dos formas coinciden en que la restauración de la casa de David alcanza a «todas las naciones sobre las cuales es invocado mi nombre».
Pablo eleva esa prioridad de Israel a principio del evangelio, «al judío primeramente, y también al griego» (Ro 1:16), y Hechos la muestra en la práctica. En Antioquía de Pisidia, ante la oposición, Pablo y Bernabé anuncian que se vuelven a los gentiles y citan Is 49:6 (Hch 13:46–47), pero en la ciudad siguiente entran otra vez «en la sinagoga de los judíos» (14:1): el giro vale para aquel lugar y no es definitivo. En Roma, al final del libro, Pablo dice a los dirigentes judíos: «por la esperanza de Israel estoy sujeto con esta cadena» (ἕνεκεν τῆς ἐλπίδος τοῦ Ἰσραήλ, Hch 28:20). Unos creen y otros no (28:24). Tannehill (1985) leyó la obra de Lucas como «una historia trágica» de Israel; Jervell (1972) subrayó que Lucas presenta un Israel dividido, con un remanente creyente numeroso que es el verdadero núcleo del pueblo. El libro se despide con Pablo recibiendo «a todos los que venían a él» (28:30), con la puerta todavía abierta.
Pablo habla también de un velo sobre la lectura de Moisés «hasta el día de hoy», que se quita «cuando se vuelva al Señor» (2 Co 3:14–16): el verbo ἐπωρώθη comparte raíz con la πώρωσις ἀπὸ μέρους de Ro 11:25, y ἐπιστρέφω traduce en la LXX el hebreo שׁוּב, el verbo del regreso. La frase «cuando se vuelva al Señor» procede de Éx 34:34 LXX, donde Moisés se quitaba el velo al entrar ante el Señor, y «la lectura del antiguo pacto» (2 Co 3:14) es la lectura de Moisés en la sinagoga (3:15), no la colección cristiana que aún no existía. Antes de describir ese velo, Pablo reconoce a Israel «celo de Dios, pero no conforme a conocimiento» (Ro 10:2): retrata a un pueblo celoso de Dios por un camino que no reconoce al Mesías, no a un pueblo que lo desprecia. E Is 25:7 anuncia que Dios quitará en el monte de Sion «el velo que cubre a todos los pueblos»; Israel no es el único velado.
Israel como nación santa y reino de sacerdotes
La vocación se vivió en el remanente, en judíos que llevaban el Mesías a las naciones, y Pablo describe su misión como un oficio sacerdotal (ἱερουργοῦντα) «para que la ofrenda de las naciones sea aceptable» (Ro 15:16), eco de Is 66:20. Se quebró en la dirigencia del templo y en una ciudad cuyas facciones mataban a otros judíos en los atrios (Guerra 5.1–20), hasta que el templo llamado a ser «casa de oración para todos los pueblos» terminó convertido en fortaleza. Se preservó en el remanente creyente y en el judaísmo rabínico, que custodió la Torá cuando cayó el templo, pues a Israel «le han sido confiadas las palabras de Dios» (Ro 3:2), custodia que no cesó después del 70.
Los gentiles, antes «alejados de la ciudadanía de Israel» (Ef 2:12), se incorporan a ese pueblo sin desplazarlo. En Romanos, Cristo «se hizo servidor de la circuncisión […] para confirmar las promesas hechas a los padres, y para que las naciones glorifiquen a Dios por su misericordia» (Ro 15:8–9), y entre las cuatro citas que siguen está Dt 32:43 según la LXX: «Alegraos, naciones, con su pueblo» (μετὰ τοῦ λαοῦ αὐτοῦ, Ro 15:10). Las naciones se alegran junto a Israel, no en su lugar. 1 P 2:9–10, dirigida a los «expatriados de la dispersión» (1:1), comparte con los creyentes los títulos de Éx 19:6 e Is 43:20–21 y cita Os 1:9–10 [2:1] y 2:23 [2:25]: «vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios». En Oseas esa promesa se dirige al reino del norte (Israel, Efraín), declarado «no mi pueblo» y prometido a la restauración; Pablo la aplica también a los gentiles (Ro 9:24–26). Se discute si los destinatarios de 1 Pedro eran judíos, gentiles o ambos, pero en cualquier caso los títulos de Israel se comparten con quienes se incorporan a su Mesías sin que Israel los pierda.
Aporte de la tradición judía
La tradición rabínica, escrita entre los siglos ii y vi, guarda el recuerdo del desastre y la respuesta que se le dio, pero no es un relato histórico verificado. Según el Talmud, Yohanán ben Zakai se hizo sacar de Jerusalén sitiada en un ataúd por sus discípulos Eliezer y Josué, anunció a Vespasiano que sería emperador y le pidió «Yavne y sus sabios, la dinastía de Rabán Gamaliel» (Guitín 56a–b). Avot de-Rabí Natán conserva otra forma del relato (Goldin, 1955), y Neusner (1970) mostró cómo la historia fue creciendo con el tiempo; su núcleo es que en Yavne, en la llanura costera, un grupo de sabios reorganizó la vida judía sin templo. Cuando Rabí Josué lloró ante las ruinas la pérdida del lugar donde se expiaban las iniquidades de Israel, Yohanán respondió que quedaba otra expiación, los actos de bondad, gemilut jasadim, «como está dicho: Porque misericordia quiero y no sacrificio» (Os 6:6; Avot de-Rabí Natán 4), el versículo que Jesús había citado dos veces (Mt 9:13; 12:7). La Mishná ya enseñaba que el mundo se sostiene sobre «la Torá, el culto y los actos de bondad» (Avot 1:2); caído el culto, la Torá y la bondad quedaron en pie.
El Talmud compara las dos destrucciones:
¿Por qué fue destruido el Primer Templo? Por tres cosas que había en él: idolatría, inmoralidad sexual y derramamiento de sangre. Pero el Segundo Templo, en el que se ocupaban de la Torá, de los mandamientos y de los actos de bondad, ¿por qué fue destruido? Porque había en él odio gratuito, para enseñarte que el odio gratuito equivale a las tres transgresiones.
(Talmud de Babilonia, Yoma 9b)
El שִׂנְאַת חִנָּם, el odio sin causa entre hermanos, se ilustra con la historia de Kamtsa y Bar Kamtsa, una humillación en un banquete que acaba en denuncia ante Roma (Guitín 55b–56a). La explicación concuerda con las facciones de Josefo y encierra una autocrítica notable, pues la tradición no carga toda la culpa sobre Roma. La Mishná fija la memoria el 9 de Av, cuando «se decretó que nuestros padres no entrarían en la tierra, fue destruida la casa la primera y la segunda vez, fue tomada Betar y la ciudad fue arada» (Taanit 4:6), y el Talmud precisa que el fuego se encendió al anochecer del 9 y ardió todo el 10 (Taanit 29a), lo que armoniza la fecha rabínica con la de Josefo. Ese día se ayuna, se lee Lamentaciones sentado en el suelo y se recitan elegías, pero la liturgia no se detiene en el duelo: el sábado siguiente se llama Shabat Najamú por Is 40:1, «Consolad, consolad a mi pueblo», el consuelo que esperaba Simeón.
Sin altar, la oración vino a ocupar el lugar del sacrificio. Según el Talmud, las oraciones diarias se instituyeron en correspondencia con las ofrendas cotidianas del templo (Berajot 26b), y la Amidá incorporó la petición diaria por la reconstrucción de Jerusalén y el regreso de la Shejiná a Sion (Sacks, 2009). En las décadas posteriores al 70 el judaísmo rabínico y los seguidores de Jesús se fueron separando, y los judíos creyentes en Jesús quedaron en una posición difícil frente a ambos (Skarsaune y Hvalvik, 2007).
La promesa de restauración
Isaías y Jeremías dan a esta etapa sus textos de restauración, y de Isaías proceden sus dos polos, el siervo que sufre y el Redentor que viene. El cuarto canto del siervo dice:
וְהוּא מְחֹלָל מִפְּשָׁעֵנוּ מְדֻכָּא מֵעֲוֹנֹתֵינוּ מוּסַר שְׁלוֹמֵנוּ עָלָיו וּבַחֲבֻרָתוֹ נִרְפָּא־לָנוּ
Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos sanados.
(Is 53:5)
Felipe explica este capítulo al etíope que lo leía (Hch 8:32–35), y Pedro lo aplica a la cruz (1 P 2:22–25). El canto termina con el siervo vindicado, «verá descendencia, prolongará sus días» (Is 53:10), y el Nuevo Testamento ve en la cruz y la resurrección el corazón de la restauración que Isaías anuncia para Israel. En el otro extremo, el Redentor viene precisamente a la ciudad que el año 70 deja en ruinas:
וּבָא לְצִיּוֹן גּוֹאֵל וּלְשָׁבֵי פֶשַׁע בְּיַעֲקֹב נְאֻם יְהוָה
Y vendrá el Redentor a Sion, y a los que se vuelvan de la rebelión en Jacob, dice YHWH.
(Is 59:20)
La liturgia judía abre con él la oración diaria U-va le-Tsiyón, y Pablo lo citará en Ro 11:26 en una forma cercana a la LXX, con una diferencia que se analizará en el Estudio 8; para Isaías no hay restauración de Israel sin Sion. Jeremías, cuyo sermón del templo, cuyo lamento por la casa desierta y cuyo nuevo pacto resuenan en Jesús, ató la permanencia de Israel al orden del cosmos cuando Jerusalén estaba por caer ante Babilonia: si faltaran las leyes del sol y la luna, «también la descendencia de Israel faltará para no ser nación delante de mí para siempre» (Jer 31:36 [31:35]). La caída del Primer Templo fue el escenario mismo en que pronunció esa promesa, y la Torá ya había previsto el juicio dentro del pacto: «aun estando ellos en tierra de sus enemigos, yo no los desecharé ni los abominaré para consumirlos, invalidando mi pacto con ellos» (Lv 26:44).
Perla filológica · los «hasta» del Nuevo Testamento
El juicio sobre Jerusalén se anuncia en esta etapa siempre con un límite, y la gramática lo marca: las conjunciones temporales ἕως y ἄχρι fijan un término a lo que termina, no a Israel.
| Texto | Expresión griega | Lo que termina |
|---|---|---|
| Mt 23:39 | ἕως ἂν εἴπητε | La ausencia del Mesías para Jerusalén, cuando diga: «Bendito el que viene» |
| Lc 21:24 | ἄχρι οὗ πληρωθῶσιν | La Jerusalén hollada, cuando se cumplan los tiempos de los gentiles |
| Hch 1:6–7 | ἐν τῷ χρόνῳ τούτῳ | La pregunta por el reino: no se niega; se remite al tiempo del Padre |
| Hch 3:21 | ἄχρι χρόνων ἀποκαταστάσεως | El Mesías en el cielo, hasta la restauración de todas las cosas |
| 2 Co 3:14–16 | ἄχρι τῆς σήμερον ... ἡνίκα ἐάν | El velo, cuando Israel se vuelva al Señor |
| Ro 11:25 | ἄχρι οὗ ... εἰσέλθῃ | El endurecimiento parcial, cuando entre la plenitud de los gentiles (Estudio 8) |
Ro 11:25 usa la misma construcción que Lc 21:24, ἄχρι οὗ, y una palabra de la misma raíz, «plenitud»: el endurecimiento de Israel y la desolación de Jerusalén tienen, en la lectura de Lucas y de Pablo, un mismo horizonte, la plenitud de las naciones, y después de él la restauración.
El más explícito es el discurso de Pedro a los «varones israelitas» en el pórtico de Salomón:
Así que, arrepentíos y volveos, para que sean borrados vuestros pecados, para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe al Mesías que os fue anunciado, Jesús, a quien es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas.
(Hch 3:19–21)
La ἀποκατάστασις retoma el verbo de Hch 1:6 y apunta a lo que anunciaron los profetas, y Pedro recuerda a sus oyentes que son «hijos […] del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra» (3:25; Gn 12:3), y que Dios envió a su siervo «a vosotros primeramente» (3:26). La promesa a Abraham con que se abrió esta serie resuena así ante Israel, en el templo, pocos años antes de su destrucción.
Pablo escribe Romanos hacia el 57, trece años antes de la caída del templo, conociendo la oposición de muchos de sus compatriotas. Confiesa «gran tristeza y continuo dolor» por sus «parientes según la carne, que son israelitas», cuyos privilegios siguen en presente: «de ellos son la adopción, la gloria, los pactos» (Ro 9:2–4), y ora por su salvación (10:1). Luego pregunta: «¿Ha desechado Dios a su pueblo? ¡De ninguna manera! Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín» (11:1), con palabras de Sal 94:14 y 1 S 12:22, y se ofrece como prueba del remanente (11:5). El tropiezo, añade, no es para caer: «por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarlos a celos» (11:11). Funda su respuesta no en la suerte política de Jerusalén sino en el carácter de Dios: «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (ἀμεταμέλητα, 11:29). ONE FOR ISRAEL (2025) llega a la misma conclusión: en el siglo i hubo un remanente numeroso, aunque la mayoría no creyó, y la palabra clave de Romanos 11 y de Lc 21:24 es «hasta»; los gentiles creyentes amplían a Israel, no lo reemplazan.
Conclusión y puente al Estudio 8
En esta etapa Jesús aparece como el Mesías de Israel: asume el llamado de su pueblo como Hijo y como siervo, elige a doce para anunciar la reunión de todas las tribus y establece el nuevo pacto prometido a la casa de Israel y a la casa de Judá. Un remanente judío creyente forma el núcleo del pueblo restaurado, y las naciones entran por la tienda reedificada de David sin desplazarlo. El templo cayó en un juicio anunciado con palabras de Jeremías, y la tradición judía respondió con la Torá, la oración y los actos de bondad. Pero ese juicio lleva inscrito su límite en los «hasta» de Mt 23:39, Lc 21:24 y Hch 3:21, y la palabra de Pablo en Ro 11:1 y 29 impide leer el año 70 como rechazo definitivo: como el 586 para Jeremías, fue el escenario en que la promesa de restauración se renovó.
Queda la pregunta que Pablo plantea en Romanos 9–11: si Israel en su mayoría no reconoció al Mesías, ¿qué será de él? Pablo responde con un remanente escogido por gracia, un olivo cuyas ramas naturales pueden ser injertadas de nuevo y un misterio: «y así todo Israel será salvo» (Ro 11:26). Ese es el tema del Estudio 8, Romanos 11: la restauración de Israel, que reunirá los hilos de toda la serie.
Preguntas para la reflexión
Simeón une «luz para las naciones» y «gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2:32). ¿Qué se pierde cuando la iglesia se queda solo con la primera mitad del versículo?
Yohanán ben Zakai consoló a su discípulo con Os 6:6, el mismo texto que citó Jesús. ¿En qué coinciden y en qué difieren la respuesta rabínica y la apostólica a la pérdida del templo?
¿Qué «hasta» de esta etapa le parece más significativo para la esperanza de Israel, y por qué?
Glosario
(ἀποκατάστασις). Restauración. «Hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas» (Hch 3:21); verbo en Hch 1:6.
(בְּרִית חֲדָשָׁה). Nuevo pacto (Jer 31:31 [31:30]); en griego καινὴ διαθήκη (Lc 22:20).
(דְּרוֹר). Libertad del jubileo (Lv 25:10; Is 61:1), proclamada por Jesús en Nazaret.
(πλήρωμα). Plenitud. «La plenitud del tiempo» (Gá 4:4); «la plenitud» de Israel y de los gentiles (Ro 11:12, 25).
(שִׂנְאַת חִנָּם). Odio gratuito. Causa de la destrucción del Segundo Templo según Yoma 9b.
(סֻכַּת דָּוִיד). «Tienda de David», la casa davídica caída que Dios levantará (Am 9:11; Hch 15:16).
(תִּשְׁעָה בְּאָב). Nueve de Av, ayuno por la destrucción del Primer y del Segundo Templo (Mishná, Taanit 4:6).
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