La gloria de Dios

“Te ruego que me muestres tu gloria” (Éx 33:18)

Atributos de Dios
Este capítulo cierra la serie sobre los atributos de Dios con el tema que la reúne: la gloria.
Fecha de publicación

21 de octubre de 2026

Este capítulo cierra la serie sobre los atributos de Dios con el tema que la reúne: la gloria. Parte de una pregunta práctica, la del éxito humano que no sostiene la vida, y de Jeremías 9:23–24, el verso que une toda la obra. Su texto ancla es la petición de Moisés, “Te ruego que me muestres tu gloria” (Éx 33:18), y la respuesta de Dios, que hace pasar “todo mi bien” y proclama su Nombre con sus atributos (Éx 34:6–7). Desde allí se estudia la raíz hebrea k-b-d, “ser pesado”, y el sustantivo kavod (199 veces en 188 versículos); su paso al griego doxa, que significaba “opinión” y en la Septuaginta pasó a nombrar el resplandor de Dios; y el espectro completo de “gloria” en la Reina-Valera 1960. Sigue el Nombre que revela la gloria (“este nombre glorioso y temible”, Dt 28:58; el Rey de gloria; el Señor de gloria) y un recorrido por la Torá: la columna de nube que desciende, el Sinaí, el rostro de Moisés, la gloria que llena el tabernáculo y guía al pueblo, y los verbos con que se la describe. Después vienen la historia de Elí e Icabod y la gloria que baja al templo cuando Israel canta “porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre” (2 Cr 5:13–14), catorce salmos (entre ellos 8, 19, 24, 26, 29, 57, 63, 85, 96, 106, 115 y 145), los profetas y la lectura judía (Shejiná, Ónkelos, Talmud, Maimónides y Qumrán). El capítulo continúa con la gloria en los Evangelios (Belén, Juan 1:14, “el templo de su cuerpo”, la transfiguración y la “hora” de la cruz) y en Pablo: la creación y la cruz (Ro 1 y 3), “el que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Co 1:31, que cita Jer 9:24), “de gloria en gloria” (2 Co 3:18), “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co 4:6), el “eterno peso de gloria” (2 Co 4:17), “las riquezas de su gloria” (Ro 9:23) y la plenitud de la Deidad en Cristo (Col 1:19; 2:9–10), donde convergen todos los atributos y donde, en la cruz, se encuentran sin anularse. La tesis es la de toda la obra: la gloria de Dios es la comunión perfecta de todos sus atributos, y esa plenitud habita en Cristo.

Palabras clave: gloria, kavod, doxa, Shejiná, tabernáculo, Icabod, 2 Corintios 3:18, Colosenses 2:9, atributos de Dios.

Nota sobre el texto

Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1960. Donde esta escribe “Jehová”, aquí se escribe Señor, que traduce el tetragrama יהוה, leído en la tradición judía como Adonay. El hebreo sigue la BHS; el griego, NA28 y la Septuaginta de Rahlfs-Hanhart. Las fuentes judías se citan desde Sefaria y se marcan como precisión; donde no hay traducción española publicada, la traducción es propia. Cuando la numeración hebrea difiere de la española se da entre corchetes. Algunos versos del material de estudio venían en otra versión (Sal 19:1; Is 42:8; 43:7; Jn 12:27–28); aquí se citan en la RVR1960.

Solo a Dios la gloria

El lado oscuro del éxito

El material que da origen a este capítulo empieza con cuatro nombres. Elvis Presley, de quien la RIAA tenía certificados en Estados Unidos más de 146,5 millones de álbumes en 2018. Michael Jackson, cuyo Thriller es para Guinness el álbum más vendido de la historia, con más de 67 millones de copias. Whitney Houston, con más de 220 millones de unidades vendidas en su carrera, según Sony Music, y con la banda sonora de The Bodyguard entre los discos más vendidos de su tiempo. Robin Williams, cuyas películas recaudaron unos 5.200 millones de dólares en el mundo. Los cuatro alcanzaron lo que nuestra cultura llama gloria: fama, fortuna y reconocimiento. Los cuatro, también, terminaron sus vidas en medio de crisis profundas, adicciones o suicidio.

Precisión

Las cifras de ventas varían mucho según la fuente. Se dan aquí las verificables: RIAA para Elvis (Sony Music Entertainment, 2018), Guinness World Records para Thriller, Sony Music para Houston y Box Office Mojo para Williams (NBC News, 2014). Las cifras más altas que suelen circular (unos 600 millones para Elvis, más de 300 millones para Jackson, 50 millones para The Bodyguard) son estimaciones sin auditoría. El material cita como fuente general “El lado oscuro del éxito”, una compilación de varios autores.

No se trata de juzgar a nadie, sino de advertir algo que la Escritura dijo hace veintiséis siglos: la sabiduría, la fuerza y la riqueza no tienen peso suficiente para sostener una vida. El profeta Jeremías lo escribió en el verso que une toda esta obra:

אַל־יִתְהַלֵּל חָכָם בְּחָכְמָתוֹ […] כִּי אִם־בְּזֹאת יִתְהַלֵּל הַמִּתְהַלֵּל הַשְׂכֵּל וְיָדֹעַ אוֹתִי

Así dijo Señor: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Señor.

(Jer 9:23–24 [9:22–23])

Filología: Jer 9:23–24

יִתְהַלֵּל yithalel הלל “que se alabe, que se gloríe”: forma reflexiva (hitpael) de la raíz de haleluyá. Es alabarse a sí mismo, poner el propio peso en algo. La Septuaginta traduce καυχάσθω, “que se gloríe”.
הַשְׂכֵּל haskel שׂכל “entender”: comprender con inteligencia práctica.
וְיָדֹעַ אוֹתִי veyadoa’ otí ידע “y conocerme”: conocimiento de relación, no solo de información.
חֶסֶד מִשְׁפָּט וּצְדָקָה “misericordia, juicio y justicia”: tres atributos de Dios nombrados como lo que Él “hace” y “quiere”.

Jeremías nombra tres glorias humanas, la del sabio, la del valiente y la del rico, y las confronta con la única que vale: entender y conocer a Dios. Lo que hay que conocer de Dios, además, son sus atributos, misericordia, juicio y justicia. Pablo citará este verso dos veces: “El que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Co 1:31; 2 Co 10:17). La conclusión de toda la serie está contenida aquí: la gloria del ser humano consiste en conocer la gloria de Dios.

No a nosotros

El material de estudio abre con un lema, el Salmo 115:1, el verso del que procede la divisa latina Soli Deo gloria, “solo a Dios la gloria”:

לֹא לָנוּ יְהוָה לֹא לָנוּ כִּי־לְשִׁמְךָ תֵּן כָּבוֹד עַל־חַסְדְּךָ עַל־אֲמִתֶּךָ

No a nosotros, oh Señor, no a nosotros,
Sino a tu nombre da gloria,
Por tu misericordia, por tu verdad.

(Sal 115:1)

Filología: Sal 115:1

לֹא לָנוּ lo lanu “no a nosotros”, repetido: la repetición es el énfasis.
תֵּן כָּבוֹד ten kavod כבד “da gloria”: dar peso, reconocer lo que el otro vale.
עַל־חַסְדְּךָ עַל־אֲמִתֶּךָ חסד, אמן “por tu jésed, por tu emet”: la gloria se da por dos atributos, la misericordia y la verdad, el mismo par de Éx 34:6.

El salmo no pide gloria para Dios en abstracto: pide que se dé gloria a su nombre a causa de su misericordia y de su verdad. La gloria se reconoce, por tanto, mirando los atributos, y ese es el hilo que sigue este capítulo.

La gloria no es un atributo más

Los capítulos anteriores estudiaron atributos: la santidad, la sabiduría, la verdad, la misericordia, el celo, la ira santa. La gloria no se suma a esa lista como uno más; es lo que se ve cuando todos aparecen juntos. Por eso el plan de la obra la reservó para la conclusión, con esta tesis: la gloria de Dios es la comunión perfecta de todos sus atributos, y esa plenitud habita en Cristo (Col 1:19; 2:9).

El material de estudio lo formula así: la gloria de Dios es ensanchar el conocimiento de Dios y apreciarlo en la magnitud de sus atributos; en Él convergen todos, y eso lo hace glorioso. Este capítulo somete esa afirmación a examen en la Torá, en la historia de Israel, en los Salmos y los profetas, en la tradición judía, en los Evangelios y en Pablo.

Precisión

Clasificación propuesta: la gloria no pertenece a una de las tres categorías de la serie (Ser, Identidad, Relación), porque las abarca. Es incomunicable en su plenitud (“a otro no daré mi gloria”, Is 42:8) y, sin embargo, Dios la comunica por participación en el Hijo: “La gloria que me diste, yo les he dado” (Jn 17:22; Ro 8:30). La tensión se estudia en la sección sobre Pablo.

Paso Pregunta Textos centrales
Texto ancla ¿Qué vio Moisés cuando pidió ver la gloria? Éx 33:18–34:8
La palabra ¿Qué significan kavod y doxa? 1 S 4:18–21; Éx 34:29
El Nombre ¿Qué nombre revela la gloria? Dt 28:58; Sal 24; 1 Co 2:8
Torá ¿Dónde y cómo se mostró la gloria? Éx 16; 24; 33; 40; Lv 9; Nm 9; 14
Historia de Israel ¿Qué pasa cuando la gloria se va? 1 S 4; 2 S 6; Ez 10–11; 43
Salmos y profetas ¿Cómo canta Israel la gloria? Sal 19; 24; 29; 115; Is 6; Hab 2:14
Judaísmo ¿Cómo la entiende la tradición judía? Ónkelos; Yomá 21b; Maimónides
Evangelios ¿Dónde se vio la gloria en Jesús? Jn 1:14; Lc 9:28–36; Jn 12; 17
Pablo ¿Cómo lee Pablo la gloria en Cristo? Ro 1; 3; 1 Co 1; 2 Co 3–4; Col 1–2
Aplicación ¿Qué hacemos con la gloria? Sal 115:1; 1 Co 10:31

Texto ancla: “Muéstrame tu gloria”

La petición

El contexto es el peor momento de Israel en el desierto. El pueblo ha hecho el becerro de oro al pie del Sinaí (Éx 32), y Dios ha anunciado que enviará un ángel delante de ellos, pero que Él no subirá en medio del pueblo (Éx 33:3). Moisés intercede en la tienda de reunión, donde “hablaba Señor a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (Éx 33:11). Pide primero conocer los caminos de Dios, “te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca” (Éx 33:13), y obtiene la promesa de la presencia: “Mi presencia irá contigo, y te daré descanso” (Éx 33:14). Solo entonces se atreve a más:

וַיֹּאמַר הַרְאֵנִי נָא אֶת־כְּבֹדֶךָ

El entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria. Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Señor delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.

(Éx 33:18–20)

Filología: Éx 33:18–19

הַרְאֵנִי נָא har’eni na ראה “hazme ver, te ruego”: forma causativa (hifil) con la partícula de ruego na.
כְּבֹדֶךָ kevodeja כבד “tu gloria”: tu peso, lo que tú eres en plenitud. La Septuaginta: δεῖξόν μοι τὴν σεαυτοῦ δόξαν, “muéstrame tu propia gloria”.
כָּל־טוּבִי kol-tuví טוב “todo mi bien”: mi bondad, todo lo bueno que soy. La Septuaginta traduce ἐγὼ παρελεύσομαι πρότερός σου τῇ δόξῃ μου, “yo pasaré delante de ti con mi gloria”.
וְקָרָאתִי בְשֵׁם יְהוָה קרא “y proclamaré el nombre de Señor”: el Nombre será la explicación de lo que pase.

La respuesta: todo mi bien y el Nombre

Moisés pide ver la gloria y Dios responde con tres cosas: hará pasar “todo mi bien”, proclamará su Nombre y declarará su libertad soberana para tener misericordia. El rostro queda reservado, “No podrás ver mi rostro”. Lo que Moisés verá será el paso de la gloria, sus “espaldas” (אֲחֹרָי, ajoray, Éx 33:23); lo que oirá será el Nombre.

La Septuaginta hizo explícita la equivalencia: donde el hebreo dice “todo mi bien”, el griego dice “mi gloria”. Para los traductores judíos de Alejandría, la bondad de Dios desplegada es su gloria.

Precisión textual

Éx 33:19 en la Septuaginta (Rahlfs-Hanhart): ἐγὼ παρελεύσομαι πρότερός σου τῇ δόξῃ μου καὶ καλέσω ἐπὶ τῷ ὀνόματί μου Κύριος ἐναντίον σου. Traduce כָּל־טוּבִי con τῇ δόξῃ μου. Es una interpretación de los traductores, no una variante del texto hebreo: la RVR1960 sigue el hebreo (“todo mi bien”).

Lo que Moisés oyó

Al día siguiente, en la cumbre, ocurre lo prometido:

יְהוָה יְהוָה אֵל רַחוּם וְחַנּוּן אֶרֶךְ אַפַּיִם וְרַב־חֶסֶד וֶאֱמֶת

Y Señor descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Señor. Y pasando Señor por delante de él, proclamó: ¡Señor! ¡Señor! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró.

(Éx 34:5–8)

Aquí está el centro del capítulo. Moisés pidió ver la gloria, y Dios le respondió proclamando sus atributos. La gloria de Dios, en lo que un ser humano puede recibir de ella, es la revelación de lo que Él es. Por eso el capítulo 14 de esta serie estudió estos versos como el Nombre de misericordia: el Nombre es la gloria dicha en palabras.

Éx 34:6–7 Hebreo Atributo de la serie
“fuerte” אֵל El Omnipotente
“misericordioso” רַחוּם rajum Misericordioso (cap. 14)
“piadoso” חַנּוּן janún Gracia
“tardo para la ira” אֶרֶךְ אַפַּיִם érej apáyim Paciencia
“grande en misericordia” רַב־חֶסֶד rav-jésed Amor / Bondad
“y verdad” וֶאֱמֶת ve’emet Verdadero (cap. 13); Fiel
“perdona la iniquidad…” נֹשֵׂא עָוֺן nosé avón Gracia; Misericordia
“de ningún modo tendrá por inocente” וְנַקֵּה לֹא יְנַקֶּה Justo; Ira santa (cap. 17)
“visita la iniquidad” פֹּקֵד עֲוֺן poqed avón Justo; Celo (cap. 16; cf. Éx 20:5)

Precisión

la correspondencia entre las frases de Éx 34:6–7 y los capítulos de la serie es una lectura propia que ordena el material; el texto no los enumera como una lista de atributos.

A. W. Pink, en el último capítulo de su libro, acude a esta escena para hablar de la contemplación de Dios: “Cuando Moisés rogó a Jehová para ver su gloria, Él le respondió: ‘Proclamaré el nombre de Jehová delante de ti’ (Éx. 33:19) y como alguien ha dicho: ‘El nombre es la colección de sus Atributos’” (Pink, 2020, p. 100). Cita además a John Howe: “en la medida en que nuestra comprensión pueda corresponder con el descubrimiento que Él nos brinda de sus varias excelencias, tendremos una visión correcta de su gloria” (Pink, 2020, p. 100). Es la tesis de esta obra en boca de un autor del siglo xvii: ver la gloria es ver las excelencias, los atributos.

Precisión

Maimónides lee la escena de modo parecido, aunque desde su teología negativa. Distingue dos peticiones de Moisés: conocer los “caminos” de Dios (Éx 33:13) y ver su “gloria”, que entiende como su esencia (Éx 33:18). Dios niega la segunda y concede la primera: le muestra sus atributos de acción, los “trece atributos” (middot) de Éx 34:6–7. “Todo mi bien” son, para él, las obras de Dios en la creación (Maimónides, Guía de los perplejos I:54). La lectura cristiana de esta obra no comparte su negación de atributos esenciales, pero coincide en lo central: lo que Moisés recibió de la gloria fue la revelación de los atributos.

Las espaldas y la peña

“Y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro” (Éx 33:22–23). Dios protege a Moisés de la gloria con su propia mano, porque el ser humano no puede recibirla en estado puro: necesita una peña, una hendidura y una mano que lo cubra. Lo que alcanza a ver es lo que la gloria deja al pasar.

Juan escribirá más tarde: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn 1:18). Y Pablo dirá que Dios resplandeció en nuestros corazones “para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co 4:6). El rostro que a Moisés le fue negado se ha mostrado en el rostro de Cristo.

Precisión

El Targum Ónkelos evita decir que Dios tiene rostro o espaldas. Traduce “no podrás ver mi rostro” como “no podrás ver el rostro de mi Shejiná” (אַפֵּי שְׁכִינְתִּי, Éx 33:20) y “cuando pase mi gloria” como “cuando pase mi yeqar” (יְקָרִי, “mi honra, mi gloria”, Éx 33:22). Es una lectura reverente que protege la trascendencia de Dios.

La palabra: el peso de Dios

La raíz: ser pesado

Según el material de estudio, “gloria” en hebreo es kavod, de una raíz que significa “pesado”, algo que no es ligero ni sencillo. La raíz es כבד (k-b-d), y antes de significar “gloria” significa “peso”, como lo muestran sus usos concretos:

Texto Hebreo Sentido
Gn 13:2 כָּבֵד מְאֹד Abram “era riquísimo”: pesado en ganado, plata y oro.
Gn 31:1 אֵת כָּל־הַכָּבֹד הַזֶּה “toda esta riqueza” de Jacob: primer uso del sustantivo kavod.
Gn 45:13 אֶת־כָּל־כְּבוֹדִי “toda mi gloria en Egipto”: la posición de José.
Éx 4:10 כְבַד־פֶּה וּכְבַד לָשׁוֹן Moisés, “tardo en el habla y torpe de lengua”: pesado de boca.
Éx 7:14 כָּבֵד לֵב פַּרְעֹה “El corazón de Faraón está endurecido”: pesado, insensible.
Éx 20:12 כַּבֵּד אֶת־אָבִיךָ “Honra a tu padre”: darle peso.
1 S 4:18 זָקֵן הָאִישׁ וְכָבֵד Elí “era hombre viejo y pesado”.
Sal 16:9 וַיָּגֶל כְּבוֹדִי “se gozó mi alma”: kavod como el yo, lo más valioso del ser.

De ese sentido material nacen los figurados: lo pesado es lo valioso, lo importante, lo que impone respeto. Honrar es dar peso, y despreciar, tener a alguien por liviano (קלל, qalal, “ser ligero”). Ambos polos se enfrentan en una sola frase: “yo honraré (אֲכַבֵּד) a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco (יֵקָלּוּ, ‘serán livianos’)” (1 S 2:30). Vine lo resume así: kavod “no quiere decir simplemente ‘pesado’, sino también una cantidad de cosas (personas, objetos, conceptos) imponentes o ‘de peso’” (Vine, 1999, “Honrar”).

Kavod: 199 veces

El sustantivo כָּבוֹד (kavod) aparece 199 veces en 188 versículos de la Biblia hebrea; el verbo, unas 114 (Vine, 1999), y toda la raíz suma unas 370 apariciones. Su distribución por libros señala dónde se concentra el tema:

Libro Veces Libro Veces Libro Veces
Salmos 51 Éxodo 11 1 Samuel 5
Isaías 37 2 Crónicas 11 Jeremías 5
Ezequiel 18 Números 7 Génesis, Oseas, Habacuc, Hageo 3 c/u
Proverbios 16 1 Crónicas 6 Otros 12 libros 1–2 c/u

Precisión

conteo propio en la BHS por la raíz consonántica (el etiquetado Strong del archivo es incompleto): 199 apariciones del sustantivo en 188 versículos; unas 370 de toda la raíz, incluidos los nombres propios Jocabed e Icabod. Vine da 200 para el sustantivo y 114 para el verbo. Verificar en e-Sword.

Conviene distinguir los varios sentidos de la palabra. Maimónides ya advertía que el término es homónimo y reconocía tres: la luz creada que Dios hace reposar en un lugar, como en el Sinaí (Éx 24:16); la esencia de Dios, como en la petición de Moisés (Éx 33:18); y la glorificación que le dan las criaturas (Maimónides, Guía I:64). Si se suman los léxicos (Brown et al., 1906; Koehler y Baumgartner, 2001), el abanico completo queda así:

  1. Peso y abundancia: riqueza (Gn 31:1), multitud (Os 9:11), abundancia (Sal 85:9, según Vine).

  2. Honra y reputación: posición de una persona (Gn 45:13; Sal 8:5).

  3. El yo: “mi gloria” como el alma o lo más íntimo (Gn 49:6; Sal 16:9; 57:8).

  4. El resplandor visible de Dios: la gloria que aparece en la nube y el fuego (Éx 16:10; 24:16–17; 40:34).

  5. Dios mismo en su plenitud: “muéstrame tu gloria” (Éx 33:18); “toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6:3).

  6. La gloria que se le da: “Dad a Señor la gloria” (Sal 29:1–2; 115:1).

El espectro completo

La Reina-Valera 1960 usa “gloria” y su familia (gloria, glorioso, glorificar, gloriarse) 568 veces en 516 versículos: 285 en el Antiguo Testamento (272 versículos) y 283 en el Nuevo (244 versículos). Esa sola palabra española recubre varias hebreas y griegas.

Término Raíz Sentido Ejemplo
כָּבוֹד kavod כבד peso, honra, gloria, resplandor Éx 40:34
כָּבֵד kaved, נִכְבַּד nijbad כבד honrar; ser glorificado Éx 14:4; Lv 10:3
תִּפְאֶרֶת tif’éret פאר hermosura, ornamento, gloria (unas 51 veces, Vine) Éx 28:2; 1 Cr 29:11
פֵּאֵר pe’er פאר glorificar, embellecer Is 60:9
הוֹד hod הוד majestad, esplendor Sal 145:5
הָדָר hadar הדר hermosura, honor Sal 29:4; 145:5
צְבִי tsevi צבה ornamento, gloria Is 28:5
גָּאוֹן ga’ón גאה majestad; también soberbia Am 8:7
הִתְהַלֵּל hithalel הלל gloriarse, alabarse Jer 9:23–24
arameo יְקָר yeqar יקר honra, gloria Dn 4:30; 7:14
δόξα doxa δοκέω gloria (166 veces en 149 versículos) Jn 1:14
δοξάζω doxazō glorificar (61 veces en 53 versículos) Jn 12:28
συνδοξάζω syndoxazō ser glorificado juntamente Ro 8:17
ἔνδοξος, ἐνδοξάζομαι glorioso; ser glorificado Ef 5:27; 2 Ts 1:10
καυχάομαι kaujaomai gloriarse (38 veces) 1 Co 1:31
καύχημα, καύχησις motivo de gloria; jactancia (11 y 11) Ro 4:2
κενοδοξία kenodoxia vanagloria, “gloria vacía” Flp 2:3
μεγαλοπρεπής magnífica (“la magnífica gloria”) 2 P 1:17

Precisión

conteo propio: RVR1960 sin títulos de sección (archivo con Strong); griego en NA27 con Strong. Para doxa y doxazō las cifras coinciden con las concordancias estándar (166 y 61). Verificar en e-Sword.

La tabla deja ver dos familias que el español reúne bajo un mismo término. Kavod y doxa nombran la gloria; hithalel y kaujaomai, en cambio, nombran el acto de gloriarse, de apoyarse con orgullo en algo. Jeremías 9:23–24 emplea la segunda familia: no dice “no tenga gloria el sabio”, sino “no se gloríe el sabio”. Lo que Dios prohíbe, por tanto, es poner el peso de la vida en uno mismo.

Doxa: de la opinión al resplandor

En griego, observa el material, la palabra es doxa, que en su origen significó “opinión”. La observación es exacta: δόξα viene de δοκέω, “parecer, opinar”, y en el griego clásico designa la opinión, la expectativa y, por extensión, la reputación, lo que otros piensan de alguien (Kittel, 1964; Vine, 1999, “Gloria”). Cuando los traductores judíos de la Septuaginta buscaron cómo verter kavod, eligieron doxa, y la palabra se transformó: pasó a nombrar el resplandor de Dios en la nube, el honor que se le debe y su ser manifestado. Con ese contenido llegó al Nuevo Testamento.

De aquí extrae el material su aplicación: si doxa es la opinión que se tiene de alguien, glorificar a Dios es actuar y hablar de tal manera que se ensanche la opinión que otros tienen de Él. Nada se le añade a Dios; se lo hace visible. Pink traza la distinción con precisión: la “gloria esencial” de Dios “no puede ser aumentada ni disminuida”; lo que crece o se oscurece es “su gloria manifiesta y su reconocimiento por parte de nosotros” (Pink, 2020, pp. 6–7).

El cambio de sentido de doxa tiene una prueba textual. Cuando Moisés baja del Sinaí, el hebreo dice que “la piel de su rostro resplandecía” (קָרַן עוֹר פָּנָיו, qarán or panav, Éx 34:29). La Septuaginta traduce: δεδόξασται ἡ ὄψις τοῦ χρώματος τοῦ προσώπου αὐτοῦ, “la apariencia de la piel de su rostro había sido glorificada”. Es precisamente ese verbo, en ese verso, el que Pablo comentará en 2 Corintios 3.

Precisión textual

El verbo hebreo קָרַן (qaran) viene de קֶרֶן, “cuerno, rayo”. La Vulgata tradujo cornuta, “con cuernos”, y de ahí el Moisés con cuernos de Miguel Ángel. La Septuaginta (δεδόξασται) y la RVR1960 (“resplandecía”) leen “emitir rayos”. Este capítulo sigue esa lectura.

El Nombre que revela la gloria

A la petición de ver la gloria, Dios respondió proclamando su Nombre (Éx 33:19; 34:5–7). En la Torá ambos van tan unidos que el Deuteronomio llama glorioso al Nombre mismo:

לְיִרְאָה אֶת־הַשֵּׁם הַנִּכְבָּד וְהַנּוֹרָא הַזֶּה אֵת יְהוָה אֱלֹהֶיךָ

Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible: Señor tu Dios…

(Dt 28:58)

Filología: Dt 28:58

הַשֵּׁם hashem שׁם “el Nombre”: con artículo, el Nombre por excelencia. De aquí la costumbre judía de llamar a Dios HaShem, “el Nombre”.
הַנִּכְבָּד hanijbad כבד “glorioso”: participio nifal, “el que tiene peso, el honrado”. El Nombre mismo es kavod.
וְהַנּוֹרָא vehanorá ירא “y temible”: digno de temor reverente. Gloria y temor van juntos: el peso de Dios se reconoce temiéndolo.

A diferencia de la omnipotencia, que tiene en El Shaddai un nombre propio de Dios, la gloria no lo tiene. Se revela, más bien, en títulos que unen el Nombre con la palabra kavod y que el Nuevo Testamento aplicará a Jesús:

Nombre o título Hebreo / griego Texto Qué revela
El nombre glorioso הַשֵּׁם הַנִּכְבָּד Dt 28:58 El Nombre mismo tiene peso; se teme y se obedece
El Rey de gloria מֶלֶךְ הַכָּבוֹד Sal 24:7–10 Dios entra en su ciudad como rey victorioso
El Dios de gloria אֵל־הַכָּבוֹד Sal 29:3 El Dios cuya voz sacude la creación
Mi gloria כְּבוֹדִי Sal 3:3; cf. 106:20 Dios es la gloria de su pueblo y del creyente
El Dios de la gloria ὁ θεὸς τῆς δόξης Hch 7:2 El que se apareció a Abraham
El Señor de gloria τὸν κύριον τῆς δόξης 1 Co 2:8; Stg 2:1 El título del Sal 24 dado al crucificado
El Padre de gloria ὁ πατὴρ τῆς δόξης Ef 1:17 La gloria tiene rostro de Padre; da sabiduría y revelación
El resplandor de su gloria ἀπαύγασμα τῆς δόξης He 1:3 El Hijo es la gloria del Padre irradiada

Precisión

Que el Nombre revele los atributos según las obras de Dios es un principio de la tradición judía: “según mis obras soy llamado” (R. Abbá bar Memel, Shemot Rabá 3:6), estudiado en la Introducción de esta obra. En el caso de la gloria, el texto que lo hace explícito es Éx 33:18–19: a la petición “muéstrame tu gloria” Dios responde “proclamaré el nombre de Señor”. Sal 3:3 y 106:20 usan “gloria” como designación de Dios para su pueblo, no como un nombre propio.

Definición

¿Qué es la gloria de Dios?

El material de estudio reúne los sentidos de este modo: en algunos pasajes “gloria” significa honor, excelencia, reputación; en otros, la luz o brillantez que rodea a Dios, como en la Septuaginta. “Cuando Dios deja ver lo que Él es, lo que se manifiesta es su gloria. La gloria de Dios engloba todo lo que Él es”.

Vine alcanza el mismo punto partiendo del griego: doxa, aplicada a Dios, designa “lo que él esencialmente es y hace, tal y como queda exhibido en cualquier forma en que se revele a sí mismo”. Al comentar Efesios 1:6, “para alabanza de la gloria de su gracia”, la entiende como “el debido reconocimiento de la manifestación de sus atributos y caminos” (Vine, 1999, “Gloria”). La gloria es, entonces, la manifestación de los atributos, y la alabanza, su reconocimiento.

La gloria de Dios (כְּבוֹד יְהוָה, kevod Adonay; δόξα τοῦ θεοῦ) es el peso infinito de todo lo que Dios es: la plenitud de sus atributos en perfecta comunión. Es eterna e intrínseca: Dios la tiene en sí mismo antes de la creación (Jn 17:5). Se manifiesta cuando Dios deja ver lo que es: en la creación (Sal 19:1), en la nube y el fuego de Israel (Éx 40:34), en su Nombre proclamado (Éx 34:6–7) y, en plenitud, en el rostro de Jesucristo (2 Co 4:6; Col 2:9). Y se reconoce cuando sus criaturas le dan el peso que le corresponde (Sal 29:2; 115:1; 1 Co 10:31).

Tres dimensiones

La definición distingue tres dimensiones que la Biblia designa con una misma palabra:

La primera no depende de nosotros y la segunda es iniciativa de Dios; la tercera es nuestra respuesta, la única de la que somos responsables. Por eso, cuando el Salmo 29 dice “Dad a Señor la gloria”, no pide añadirle algo a Dios, sino reconocer el peso que ya tiene.

Convergencia: por qué todos los atributos

El material de estudio afirma que en Dios convergen todos los atributos y que esa convergencia lo hace glorioso. La idea descansa en tres observaciones bíblicas.

La primera es que la Biblia no asocia la gloria a un atributo aislado, sino a varios a la vez. En Éx 34:6–7 la gloria es el Nombre con sus atributos; en el Salmo 115:1 se da “por tu misericordia, por tu verdad”; y en el Salmo 85:9–10 se lee: “para que habite la gloria en nuestra tierra. La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron”. Del mismo modo, en Romanos 11:33–36 la doxología “a él sea la gloria” cierra una enumeración de “las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios”, de sus “juicios” y “caminos”.

La segunda es que los atributos no se estorban entre sí. En el ser humano la justicia suele endurecer y la misericordia ablandar; en Dios, en cambio, “la misericordia y la verdad se encontraron” (Sal 85:10). Pink cita a Stephen Charnock: la santidad “es la gloria de todos los demás atributos”, su belleza, y el nombre de Dios “significa todos sus atributos en conjunto” (Pink, 2020, p. 42). El esquema de la serie representa esta armonía con la sabiduría como sincronizadora de todos los atributos (véase la Síntesis).

La tercera es que la convergencia tiene un lugar. “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” (Col 1:19); “en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col 2:9). Lo que en el Sinaí se proclamó en palabras habitó en Cristo en un cuerpo, y a ello se dedica la segunda mitad del capítulo.

Precisión

Que la gloria sea “la comunión de todos los atributos” es la tesis de esta obra, construida sobre textos como Éx 33:18–34:7, Sal 85:9–10, Ro 11:33–36 y Col 2:9. La teología clásica la formula de modo cercano: la gloria es la manifestación de las perfecciones de Dios (Berkhof, 1938; Charnock, 1682/1996). La palabra “comunión” es propia de esta serie.

La gloria en la Torá

La Torá no define la gloria: la narra. En sus páginas la gloria aparece, se posa, llena, habla y se aleja, y cada aparición tiene un lugar, una ocasión y un efecto en el pueblo.

Texto Lugar Cómo aparece Ocasión y efecto
Éx 14:4, 17–18 Mar Rojo “seré glorificado en Faraón” Juicio sobre Egipto; “sabrán que yo soy Señor”
Éx 16:7, 10 Desierto de Sin “apareció en la nube” Murmuración; Dios da maná y codornices
Éx 24:15–18 Sinaí “reposó”; “como fuego abrasador” Pacto; Moisés sube 40 días
Éx 29:43 Tabernáculo (promesa) “santificado con mi gloria” Dios habitará en medio del pueblo
Éx 33:9–11 Tienda fuera del campamento la columna de nube “descendía” Dios habla con Moisés; el pueblo adora
Éx 33:18–34:8 Peña del Sinaí “todo mi bien”; el Nombre Intercesión tras el becerro
Éx 34:29–35 Bajada del Sinaí el rostro de Moisés resplandece Temor del pueblo; el velo
Éx 40:34–38 Tabernáculo “la gloria de Señor llenó el tabernáculo” Moisés no puede entrar; la nube guía
Lv 9:23–24 Altar “se apareció a todo el pueblo”; fuego Primer sacrificio; el pueblo se postra
Nm 9:15–23 Campamento nube de día, fuego de noche “Al mandato de Señor” parten y acampan
Lv 10:1–3 Altar “seré glorificado” Nadab y Abiú; “Aarón calló”
Nm 14:10, 21–22 Cades “se mostró en el tabernáculo” Rebelión tras los espías; juramento
Nm 16:19, 42; 20:6 Tabernáculo “la gloria de Señor apareció” Coré; Meriba
Dt 5:24 Horeb (recuerdo) “nos ha mostrado su gloria y su grandeza” “hoy hemos visto que Señor habla al hombre, y éste aún vive”
Dt 28:58 Moab “este nombre glorioso y temible” La gloria se vuelve Nombre que se teme y se obedece

Antes del Sinaí: el Dios de la gloria

Esteban abre su resumen de la historia de Israel con estas palabras: “El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia” (Hch 7:2). Génesis no emplea la frase, aunque la historia de los patriarcas ya juega con la raíz: Abram es “pesado” en riquezas (Gn 13:2) y José manda decir a su padre “toda mi gloria en Egipto” (Gn 45:13). Se trata, sin embargo, de gloria humana. La gloria de Dios entra en escena en Egipto, frente a un corazón “pesado”.

Glorificado en Faraón

וְחִזַּקְתִּי אֶת־לֵב־פַּרְעֹה וְרָדַף אַחֲרֵיהֶם וְאִכָּבְדָה בְּפַרְעֹה

Y yo endureceré el corazón de Faraón para que los siga; y seré glorificado en Faraón y en todo su ejército, y sabrán los egipcios que yo soy Señor.

(Éx 14:4)

El relato de las plagas repite que el corazón de Faraón estaba כָּבֵד (kaved), “pesado”, endurecido (Éx 7:14; 8:15, 32; 9:7, 34). Junto al mar, Dios anuncia con la misma raíz וְאִכָּבְדָה (ve’ikkavdá), “me haré pesado”, “seré glorificado”. El hombre que hizo pesado su corazón contra Dios termina convertido en el escenario donde Dios muestra su peso. La gloria tiene aquí dos caras, salvación para Israel y juicio para Egipto, y ambas desembocan en conocimiento: “sabrán los egipcios que yo soy Señor”.

Al otro lado del mar, Israel canta por primera vez, y el cántico de Moisés describe a Dios con la familia de palabras de la majestad: “Tu diestra, oh Señor, ha sido magnificada en poder” (נֶאְדָּרִי בַּכֹּחַ, Éx 15:6) y “¿Quién como tú, oh Señor, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (נֶאְדָּר בַּקֹּדֶשׁ, Éx 15:11). La raíz אדר (adar, “ser grande, majestuoso”) no es la de kavod, pero el himno reúne en un verso tres atributos, poder, santidad y obras maravillosas, y los presenta como aquello que hace incomparable a Dios. La primera vez que Israel alaba la gloria, alaba sus atributos.

Precisión

El juego de palabras entre el corazón “pesado” de Faraón y el Dios que “se hace pesado” (glorificado) es observación de la exégesis moderna sobre el hebreo; el texto no lo comenta. En Éx 14:4 el verbo para “endurecer” es otro (חזק, “fortalecer”); כבד aparece para el corazón de Faraón en Éx 7:14; 8:15, 32; 9:7, 34; 10:1.

La gloria en la nube

Un mes después de salir de Egipto, el pueblo murmura por comida, y Moisés anuncia: “a la mañana veréis la gloria de Señor”. Entonces “miraron hacia el desierto, y he aquí la gloria de Señor apareció en la nube” (Éx 16:7, 10). Israel no ve la gloria por primera vez en un acto de culto, sino en medio de una queja, y la gloria viene a darle pan. Se anticipa así el Nombre: misericordioso y paciente antes de que el pueblo lo merezca.

En casi todos los textos de la Torá la gloria va acompañada por la nube (עָנָן, anán), que a la vez la revela y la oculta: el pueblo sabe que Dios está ahí, pero no lo ve. De día es nube; de noche, fuego (Éx 13:21–22; 40:38).

Sinaí: la gloria que reposa

וַיִּשְׁכֹּן כְּבוֹד־יְהוָה עַל־הַר סִינַי וַיְכַסֵּהוּ הֶעָנָן שֵׁשֶׁת יָמִים

Entonces Moisés subió al monte, y una nube cubrió el monte. Y la gloria de Señor reposó sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió por seis días; y al séptimo día llamó a Moisés de en medio de la nube. Y la apariencia de la gloria de Señor era como un fuego abrasador en la cumbre del monte, a los ojos de los hijos de Israel.

(Éx 24:15–17)

Filología: Éx 24:16–17

וַיִּשְׁכֹּן vayishkón שׁכן “y reposó, habitó”: el verbo de la morada. De esta raíz vienen מִשְׁכָּן (mishkán, “tabernáculo”) y, en el hebreo posbíblico, שְׁכִינָה (Shejiná), la presencia que habita.
שֵׁשֶׁת יָמִים “seis días” y el llamado “al séptimo día”: la gloria reposa con el ritmo de la creación.
כְּאֵשׁ אֹכֶלֶת ke’esh ojélet אכל “como fuego que devora”. Cf. Dt 4:24: “Señor tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso”.

La gloria del Sinaí es la de la santidad, hecha de fuego, nube y temblor (Éx 19:16–18). El pueblo la contempla desde abajo y solo Moisés entra en la nube. Años después, Moisés lo recordará así: “Señor nuestro Dios nos ha mostrado su gloria y su grandeza, y hemos oído su voz de en medio del fuego; hoy hemos visto que Señor habla al hombre, y éste aún vive” (Dt 5:24). La gloria, pues, no solo se ve: también habla.

“Habitaré en medio de ellos”

La gloria que reposó en el monte quiere habitar en el campamento, y esa es la razón de ser del tabernáculo:

וְעָשׂוּ לִי מִקְדָּשׁ וְשָׁכַנְתִּי בְּתוֹכָם

Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos.

(Éx 25:8)

Allí me reuniré con los hijos de Israel; y el lugar será santificado con mi gloria… Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios. Y conocerán que yo soy Señor su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos. Yo Señor su Dios.

(Éx 29:43, 45–46)

Vuelve el verbo שָׁכַן (shakhán), y de él recibe su nombre el tabernáculo, מִשְׁכָּן (mishkán), “morada”. Dios no pide una casa para encerrarse en ella, sino para estar “en medio de ellos”. En el centro del santuario están el arca con el propiciatorio y los querubines: “de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines” (Éx 25:22); “yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio” (Lv 16:2). Hebreos los llama “los querubines de gloria” (He 9:5).

Hasta las vestiduras del sumo sacerdote se confeccionan “para honra y hermosura” (לְכָבוֹד וּלְתִפְאָרֶת, lejavod ultif’éret, Éx 28:2). El sacerdote lleva así sobre sí una gloria prestada, reflejo de la del lugar donde sirve.

Precisión

El Targum Ónkelos traduce Éx 25:8 “y haré reposar mi Shejiná entre ellos” (וְאַשְׁרֵי שְׁכִינְתִּי בֵּינֵיהוֹן). La Septuaginta, en cambio, traduce “y seré visto entre vosotros” (καὶ ὀφθήσομαι ἐν ὑμῖν). Ambas versiones evitan decir que Dios “habita” en un lugar como si cupiera en él.

La columna que desciende

Antes de que el tabernáculo estuviera terminado, Moisés plantó una tienda fuera del campamento, “el Tabernáculo de Reunión”, y allí la gloria recorrió por primera vez, por así decir, el camino de la morada:

וְהָיָה כְּבֹא מֹשֶׁה הָאֹהֱלָה יֵרֵד עַמּוּד הֶעָנָן וְעָמַד פֶּתַח הָאֹהֶל

Cuando Moisés entraba en el tabernáculo, la columna de nube descendía y se ponía a la puerta del tabernáculo, y Señor hablaba con Moisés. Y viendo todo el pueblo la columna de nube que estaba a la puerta del tabernáculo, se levantaba cada uno a la puerta de su tienda y adoraba. Y hablaba Señor a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero.

(Éx 33:9–11)

Filología: Éx 33:9

יֵרֵד yered ירד “descendía”: imperfecto de acción repetida; ocurría cada vez que Moisés entraba. Es el verbo del Sinaí: “descendió Señor sobre el monte” (Éx 19:20) y “descendió en la nube” (Éx 34:5).
עַמּוּד הֶעָנָן amud he’anán עמד “la columna de nube”: la misma que guió a Israel desde el mar (Éx 13:21–22). La raíz significa “estar de pie”; la nube “se ponía” (וְעָמַד) a la puerta.
פָּנִים אֶל־פָּנִים panim el-panim פנה v. 11, “cara a cara”: trato directo y amistoso, no visión del rostro de Dios, que el v. 20 niega.

La escena se desarrolla en tres tiempos que se repetirán en toda la Torá: Dios desciende, se detiene a la puerta y habla. El pueblo no entra, pero ve la columna y adora desde la puerta de su propia tienda. La gloria no permanece en la cumbre, sino que baja al nivel del campamento, como Números lo describe en más de una ocasión: “Señor descendió en la nube, y le habló” (Nm 11:25); “Señor descendió en la columna de la nube, y se puso a la puerta del tabernáculo” (Nm 12:5). Y, una vez construido el tabernáculo, cuando Moisés entraba en él “oía la voz que le hablaba de encima del propiciatorio que estaba sobre el arca del testimonio, de entre los dos querubines” (Nm 7:89).

La gloria llena el tabernáculo

Terminada la obra, “conforme a todo lo que Señor mandó a Moisés”, sucede lo que todo el libro de Éxodo esperaba:

וַיְכַס הֶעָנָן אֶת־אֹהֶל מוֹעֵד וּכְבוֹד יְהוָה מָלֵא אֶת־הַמִּשְׁכָּן

Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Señor llenó el tabernáculo. Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Señor lo llenaba. Y cuando la nube se alzaba del tabernáculo, los hijos de Israel se movían en todas sus jornadas; pero si la nube no se alzaba, no se movían hasta el día en que ella se alzaba. Porque la nube de Señor estaba de día sobre el tabernáculo, y el fuego estaba de noche sobre él, a vista de toda la casa de Israel, en todas sus jornadas.

(Éx 40:34–38)

Filología: Éx 40:34–35

וַיְכַס vayjás כסה “cubrió”: la nube envuelve la tienda como envolvió el monte (Éx 24:15).
מָלֵא malé מלא “llenó”: la gloria ocupa todo el espacio. Es el verbo de Is 6:3 (“llena está toda la tierra”) y de Nm 14:21.
שָׁכַן עָלָיו הֶעָנָן שׁכן v. 35, “porque la nube habitaba sobre él” (RVR1960: “estaba”). La Septuaginta usa ἐπεσκίαζεν, “cubría con su sombra”, el verbo de Lc 1:35 (“el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”) y de Lc 9:34 (la nube de la transfiguración).

El libro de Éxodo empieza con Israel esclavo, construyendo ciudades para Faraón, y termina con un Israel libre en cuyo centro habita la gloria de Dios: del ladrillo para un rey humano al tabernáculo para el Rey de gloria. Tres rasgos de esta escena reaparecerán en el Nuevo Testamento:

  1. La gloria llena y excluye. Moisés, que habló con Dios “cara a cara”, no puede entrar, porque la gloria es cercanía, pero no familiaridad. Lo mismo ocurrirá en el templo de Salomón (1 R 8:10–11).

  2. La gloria guía. La nube marca cuándo se avanza y cuándo se espera; la gloria no es un adorno del culto, sino lo que dirige la vida del pueblo.

  3. La gloria habita en una tienda. Juan escogerá exactamente esa imagen: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó (ἐσκήνωσεν, ‘puso su tienda’) entre nosotros, y vimos su gloria” (Jn 1:14).

Nota. Elaboración propia: esquema simplificado del tabernáculo (Éx 25–27; 40), sin escala.

La nube, sin embargo, no se quedó quieta sobre la tienda, y Números describe cómo marcaba la vida diaria de Israel:

וּבְיוֹם הָקִים אֶת־הַמִּשְׁכָּן כִּסָּה הֶעָנָן אֶת־הַמִּשְׁכָּן

El día que el tabernáculo fue erigido, la nube cubrió el tabernáculo sobre la tienda del testimonio; y a la tarde había sobre el tabernáculo como una apariencia de fuego, hasta la mañana. Así era continuamente: la nube lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego. Cuando se alzaba la nube del tabernáculo, los hijos de Israel partían; y en el lugar donde la nube paraba, allí acampaban los hijos de Israel. Al mandato de Señor los hijos de Israel partían, y al mandato de Señor acampaban; todos los días que la nube estaba sobre el tabernáculo, permanecían acampados.

(Nm 9:15–18)

La gloria que llenó la morada se volvió el reloj y la brújula del pueblo. “Al mandato de Señor” (literalmente “por boca de Señor”, עַל־פִּי יְהוָה) aparece siete veces en Nm 9:18–23 (conteo propio en la BHS; la RVR1960 la traduce cuatro veces “al mandato de Señor” y las demás con otras fórmulas). Seguir la nube equivalía a obedecer la palabra, porque la gloria y la voz van juntas.

Los verbos de la gloria.

La Torá no describe la gloria con adjetivos, sino con verbos, y al reunirlos se advierte su movimiento completo, desde el cielo hasta el campamento y de vuelta:

Verbo Textos Qué hace la gloria
יָרַד yarad, descender Éx 19:20; 33:9; 34:5; Nm 11:25; 12:5; 2 Cr 7:1 Baja del cielo al monte, a la puerta de la tienda, al altar.
שָׁכַן shakhán, reposar, habitar Éx 24:16; 25:8; 40:35; Nm 9:17 Se queda; de aquí mishkán y Shejiná.
כָּסָה kasá, cubrir Éx 24:15; 40:34; Nm 9:15 La nube envuelve y oculta: revela que Dios está, sin mostrarlo.
מָלֵא malé, llenar Éx 40:34–35; 1 R 8:11; 2 Cr 5:14; 7:1; Is 6:3 Ocupa todo el espacio; nadie puede entrar.
נִרְאָה nir’á, aparecer Éx 16:10; Lv 9:23; Nm 14:10; 16:19 Se hace visible en momentos de crisis o de culto.
דִּבֶּר dibbér, hablar Éx 25:22; 33:9; Nm 7:89 De la nube y de entre los querubines sale la voz.
עָלָה alá, alzarse Éx 40:36–37; Nm 9:17; Ez 11:23 Se levanta para guiar o, en Ezequiel, para irse.

Precisión

la selección de verbos es propia; cada uno está tomado del texto hebreo de los pasajes citados.

Fuego en el altar: “seré glorificado”

El día en que comienza el culto, “la gloria de Señor se apareció a todo el pueblo. Y salió fuego de delante de Señor, y consumió el holocausto con las grosuras sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y se postraron sobre sus rostros” (Lv 9:23–24). En el capítulo siguiente, Nadab y Abiú ofrecen “fuego extraño” y el fuego de Dios los consume (Lv 10:1–2). Moisés da la explicación:

בִּקְרֹבַי אֶקָּדֵשׁ וְעַל־פְּנֵי כָל־הָעָם אֶכָּבֵד

Esto es lo que habló Señor, diciendo: En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado. Y Aarón calló.

(Lv 10:3)

El paralelismo une dos atributos, “me santificaré” (אֶקָּדֵשׁ) y “seré glorificado” (אֶכָּבֵד): la gloria de Dios es la de un Dios santo, y el mismo fuego que acepta el sacrificio consume la irreverencia. Ante ese peso, el silencio de Aarón es la reacción correcta.

“Mi gloria llena toda la tierra”

Cuando el pueblo se niega a entrar en Canaán tras el informe de los espías, “la gloria de Señor se mostró en el tabernáculo de reunión” (Nm 14:10). Moisés intercede citando el Nombre de Éx 34:6–7 (Nm 14:18), y Dios perdona, aunque añade un juramento:

וְאוּלָם חַי־אָנִי וְיִמָּלֵא כְבוֹד־יְהוָה אֶת־כָּל־הָאָרֶץ

Entonces Señor dijo: Yo lo he perdonado conforme a tu dicho. Mas tan ciertamente como vivo yo, y mi gloria llena toda la tierra, todos los que vieron mi gloria y mis señales que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya diez veces, y no han oído mi voz, no verán la tierra de la cual juré a sus padres.

(Nm 14:20–23)

Como Éx 34:7, el pasaje junta perdón y juicio, y abre además un horizonte universal: la gloria que hoy está en una tienda llenará “toda la tierra”, frase que volverá en Is 6:3, en el Sal 72:19 y en Hab 2:14. El problema de esa generación no fue que no viera la gloria, sino que, habiéndola visto, no oyó su voz.

Un encuentro en la historia de Israel: Elí, Icabod y el arca

La batalla de Afec

El material de estudio toma como ejemplo la casa de Elí, sacerdote en Silo, donde estaba el tabernáculo con el arca. Sus hijos, Ofni y Finees, despreciaban las ofrendas, y Dios le había enviado un mensaje:

וַתְּכַבֵּד אֶת־בָּנֶיךָ מִמֶּנִּי […] כִּי־מְכַבְּדַי אֲכַבֵּד וּבֹזַי יֵקָלּוּ

¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé ofrecer en el tabernáculo; y has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel? Por tanto, Señor el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Señor: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco.

(1 S 2:29–30)

Israel pierde una primera batalla contra los filisteos y decide llevar el arca al campo, “para que viniendo entre nosotros nos salve” (1 S 4:3). Tratan el arca como un amuleto, porque quieren la presencia de Dios sin la obediencia a Dios, y el desenlace es este:

Pelearon, pues, los filisteos, e Israel fue vencido, y huyeron cada cual a sus tiendas; y fue hecha muy grande mortandad, pues cayeron de Israel treinta mil hombres de a pie. Y el arca de Dios fue tomada, y muertos los dos hijos de Elí, Ofni y Finees.

(1 S 4:10–11)

“Viejo y pesado”

כִּי־זָקֵן הָאִישׁ וְכָבֵד

Y aconteció que cuando él hizo mención del arca de Dios, Elí cayó hacia atrás de la silla al lado de la puerta, y se desnucó y murió; porque era hombre viejo y pesado. Y había juzgado a Israel cuarenta años.

(1 S 4:18)

El narrador elige con cuidado la palabra: Elí era כָבֵד (kaved), “pesado”, de la misma raíz que kavod. Había “honrado” (וַתְּכַבֵּד, “diste peso”) a sus hijos más que a Dios (1 S 2:29) y había engordado con lo principal de las ofrendas; ahora muere aplastado por su propio peso el día en que la gloria de Dios se va de Israel. El hombre se volvió pesado mientras la gloria de Dios se volvía liviana para él.

Precisión

El juego entre kaved (“pesado”, 1 S 4:18), kibbed (“honrar”, 2:29–30) y kavod (“gloria”, 4:21–22) lo señalan varios comentaristas del texto hebreo (p. ej., Alter, 1999). La lectura moral (“pesado de sí, liviano para Dios”) es aplicación propia.

Icabod: “¿dónde está la gloria?”

וַתִּקְרָא לַנַּעַר אִי־כָבוֹד לֵאמֹר גָּלָה כָבוֹד מִיִּשְׂרָאֵל

Y su nuera la mujer de Finees, que estaba encinta, cercana al alumbramiento, oyendo el rumor que el arca de Dios había sido tomada, y muertos su suegro y su marido, se inclinó y dio a luz; porque le sobrevinieron sus dolores de repente. Y al tiempo que moría, le decían las que estaban junto a ella: No tengas temor, porque has dado a luz un hijo. Mas ella no respondió, ni se dio por entendida. Y llamó al niño Icabod, diciendo: ¡Traspasada es la gloria de Israel! por haber sido tomada el arca de Dios, y por la muerte de su suegro y de su marido. Dijo, pues: Traspasada es la gloria de Israel; porque ha sido tomada el arca de Dios.

(1 S 4:19–22)

Filología: 1 S 4:21

אִי־כָבוֹד I-javod כבד “Icabod”. La partícula אִי puede ser interrogativa, “¿dónde está la gloria?”, o negativa, “sin gloria” (Brown et al., 1906; Koehler y Baumgartner, 2001). Ambas lecturas dicen lo mismo: la gloria no está.
גָּלָה galá גלה “traspasada es”: el verbo significa “descubrirse, partir” y es el verbo técnico del exilio. Literalmente: “la gloria se ha ido al destierro de Israel”.
כָבוֹד מִיִּשְׂרָאֵל “la gloria de Israel”: para la madre, la gloria de Israel no era el ejército ni la casa sacerdotal, sino el arca, la presencia de Dios.

La madre muere sin consuelo, aunque le anuncian un hijo. No le arrebata la esperanza solo la muerte de su marido, sino la partida de la gloria, y en medio de una casa sacerdotal corrompida es ella quien entiende lo que se ha perdido.

En manos filisteas, sin embargo, el arca no queda humillada. En Asdod la estatua de Dagón amanece caída ante el arca (1 S 5:1–5), y los sacerdotes filisteos aconsejan devolverla y “daréis gloria (כָּבוֹד) al Dios de Israel” (1 S 6:5). Los paganos terminan dando a Dios el kavod que Israel le negó. Luego el arca permanece veinte años en Quiriat-jearim, “y toda la casa de Israel lamentaba en pos de Señor” (1 S 7:2).

Del arca perdida al reino de David

El material vincula este episodio con la época de David, según la siguiente cronología aproximada:

Evento Año aproximado Referencias
Captura del arca por los filisteos \(\sim\)1100 a. C. 1 Samuel 4
Saúl reina sobre Israel \(\sim\)1050–1010 a. C. 1 Samuel 9–31
David es ungido y comienza a reinar en Hebrón \(\sim\)1010 a. C. 2 Samuel 2
David reina sobre todo Israel \(\sim\)1003 a. C. 2 Samuel 5
David trae el arca a Jerusalén \(\sim\)1000 a. C. 2 Samuel 6; 1 Crónicas 13 y 15

Precisión

las fechas son aproximadas y siguen la cronología tradicional; otros autores sitúan la batalla de Afec hacia 1050 a. C. El texto bíblico da intervalos (“veinte años” en Quiriat-jearim, 1 S 7:2), no fechas absolutas.

Nota. Elaboración propia a partir de la tabla del material de estudio; fechas aproximadas.

David aprende la lección de Afec en dos tiempos. Cuando lleva el arca en un carro y muere Uza (2 S 6:6–7), descubre que la gloria no se maneja, sino que se recibe en los términos de Dios. Más tarde la traslada como manda la Torá, con sacrificios cada seis pasos, y “David danzaba con toda su fuerza delante de Señor” (2 S 6:13–14). Donde Elí murió pesado, David se hace liviano ante Dios, y cuando Mical lo desprecia, le responde: “Y aún me haré más vil que esta vez, y seré bajo a tus ojos; pero seré honrado (אִכָּבֵדָה) delante de las criadas” (2 S 6:22). Se cumple el principio de 1 S 2:30: Dios honra a los que lo honran.

La gloria baja cuando se cantan los atributos

David trajo el arca a Jerusalén y su hijo Salomón le construyó casa. Al narrar la dedicación del templo, el cronista añade un detalle ausente en Reyes: el momento exacto en que la nube llenó la casa.

כִּי טוֹב כִּי לְעוֹלָם חַסְדּוֹ וְהַבַּיִת מָלֵא עָנָן בֵּית יְהוָה

Cuando sonaban, pues, las trompetas, y cantaban todos a una, para alabar y dar gracias a Señor, y a medida que alzaban la voz con trompetas y címbalos y otros instrumentos de música, y alababan a Señor, diciendo: Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre; entonces la casa se llenó de una nube, la casa de Señor. Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Señor había llenado la casa de Dios.

(2 Cr 5:13–14)

Filología: 2 Cr 5:13

כִּי טוֹב ki tov טוב “porque él es bueno”: la bondad, el “todo mi bien” (כָּל־טוּבִי) de Éx 33:19.
כִּי לְעוֹלָם חַסְדּוֹ ki le’olam jasdó חסד “porque su misericordia es para siempre”: el estribillo del Salmo 136, repetido 26 veces allí. Une dos atributos, jésed y eternidad.
כְּאֶחָד ke’ejad “a una”: “como uno”, un solo sonido de trompetas y cantores.

La nube no bajó al terminar la construcción ni al entrar el arca, sino cuando el pueblo cantó dos atributos de Dios, su bondad y su misericordia eterna. Dos capítulos después la escena se repite: Salomón termina su oración, “descendió fuego de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas; y la gloria de Señor llenó la casa”; y todo Israel, al ver “descender el fuego y la gloria”, se postra y canta lo mismo: “Porque él es bueno, y su misericordia es para siempre” (2 Cr 7:1–3). El cronista relaciona así el descenso de la gloria con la confesión de los atributos: la tesis de este capítulo hecha liturgia.

Precisión

La secuencia “alabanza de los atributos \(\rightarrow\) la nube llena la casa” es propia de 2 Crónicas; 1 R 8:10–11 narra la nube sin mencionar el canto. Que el cronista quiera enseñar algo con esa secuencia es una lectura del texto, aunque la conjunción (“entonces”, v. 13) une los dos hechos.

El viaje de la gloria

El episodio de Icabod se inscribe en un recorrido más largo. La gloria que llenó el tabernáculo llena también el templo de Salomón: “los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Señor había llenado la casa de Señor” (1 R 8:11). Siglos después, en el exilio, Ezequiel ve la escena inversa: la gloria se eleva del querubín al umbral (Ez 10:4), del umbral a la puerta oriental (10:18–19) y de la ciudad al monte del oriente (11:23). Es Icabod a escala nacional. El mismo profeta, sin embargo, contempla el regreso: “la gloria del Dios de Israel, que venía del oriente… y la tierra resplandecía a causa de su gloria… y he aquí que la gloria de Señor llenó la casa” (Ez 43:2–5).

Tras el exilio se levanta un segundo templo modesto, sobre el cual Hageo anuncia: “La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera” (Hag 2:9). La tradición judía advirtió que ese templo no tuvo la Shejiná (Yomá 21b; véase más abajo), y los Evangelios responden que la promesa se cumplió cuando la gloria entró en ese templo en la persona de Jesús.

Nota. Elaboración propia. En gris, los momentos en que la gloria se aleja.

La gloria en los Salmos

Los Salmos emplean kavod 51 veces, más que ningún otro libro. En ellos la gloria se canta, se pide, se da y también se pierde, y catorce salmos bastan para mostrar ese abanico.

Los cielos cuentan (Salmo 19)

הַשָּׁמַיִם מְסַפְּרִים כְּבוֹד־אֵל וּמַעֲשֵׂה יָדָיו מַגִּיד הָרָקִיעַ

Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.
Un día emite palabra a otro día,
Y una noche a otra noche declara sabiduría.

(Sal 19:1–2 [19:2–3])

Filología: Sal 19:1 (19:2)

מְסַפְּרִים mesaprim ספר “cuentan”: narran, relatan, como quien cuenta una historia. Participio: lo hacen sin pausa.
כְּבוֹד־אֵל kevod-El כבד “la gloria de El”: en la primera mitad del salmo (vv. 1–6) Dios se llama El, el Dios creador.
הָרָקִיעַ haraquía רקע “el firmamento”, la bóveda extendida (Gn 1:6–8).

El salmo se divide en dos mitades. En la primera (vv. 1–6) habla la creación, sin palabras, y Dios se llama El; en la segunda (vv. 7–14) habla la Torá, y Dios se llama Señor (יְהוָה) siete veces: “La ley de Señor es perfecta, que convierte el alma” (v. 7). La forma misma del salmo enseña que la creación cuenta la gloria del Creador, pero no convierte el alma: para eso hace falta la Palabra del Dios del pacto.

El material de estudio desarrolla la misma idea: “La grandeza del universo y la sabiduría requerida para que funcione armónicamente reflejan en su poder y majestad lo que Dios es. Ahora bien, el universo no refleja aquellos atributos como el amor, la gracia, la misericordia y la justicia de Dios, por tanto se queda corto en la demostración de lo que Dios es”. Pablo sostendrá lo mismo en Romanos 1:20 (véase la sección sobre Pablo).

Precisión

Conteo del nombre Señor en Sal 19:7–14 [19:8–15]: dos veces en cada uno de los vv. 7, 8 y 9, y una en el v. 14; total, siete. Que el número sea intencional es una lectura frecuente pero no segura.

Coronado de gloria (Salmo 8)

יְהוָה אֲדֹנֵינוּ מָה־אַדִּיר שִׁמְךָ בְּכָל־הָאָרֶץ
וַתְּחַסְּרֵהוּ מְעַט מֵאֱלֹהִים וְכָבוֹד וְהָדָר תְּעַטְּרֵהוּ

¡Oh Señor, Señor nuestro,
Cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!
Has puesto tu gloria sobre los cielos…
Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,
Y el hijo del hombre, para que lo visites?
Le has hecho poco menor que los ángeles,
Y lo coronaste de gloria y de honra.

(Sal 8:1, 3–5 [8:2, 4–6])

Filología: Sal 8:1, 5 (8:2, 6)

אַדִּיר adir אדר “glorioso”: majestuoso, magnífico. La misma raíz que “magnífico en santidad” (Éx 15:11).
הוֹדְךָ hodeja הוד “tu gloria” (v. 1): tu esplendor, tu majestad.
מֵאֱלֹהִים me’elohim “que los ángeles”: el hebreo dice Elohim. La Septuaginta traduce παρ᾿ ἀγγέλους, y así lo cita He 2:7; la RVR1960 sigue esa lectura.
וְכָבוֹד וְהָדָר vejavod vehadar כבד, הדר “de gloria y de honra”: kavod y hadar, dos palabras de gloria.
תְּעַטְּרֵהוּ te’atréhu עטר “lo coronaste”: como a un rey.

Una misma exclamación enmarca el salmo al comienzo y al final (vv. 1 y 9), de modo que la gloria del Nombre envuelve todo lo que se dice entre ambas. En ese centro está el ser humano, pequeño frente a los cielos, pero coronado de kavod. Su gloria no compite con la de Dios: es una corona recibida, un reflejo, y el problema comienza cuando el coronado olvida quién lo coronó (Ro 3:23). Hebreos 2:6–9 lee el salmo en Jesús: “vemos… a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte”. Lo que la humanidad perdió lo recibe el Hijo del Hombre, y lo recibe pasando por la cruz.

El Rey de gloria (Salmo 24)

מִי הוּא זֶה מֶלֶךְ הַכָּבוֹד יְהוָה צְבָאוֹת הוּא מֶלֶךְ הַכָּבוֹד סֶלָה

Alzad, oh puertas, vuestras cabezas,
Y alzaos vosotras, puertas eternas,
Y entrará el Rey de gloria.
¿Quién es este Rey de gloria?
Señor el fuerte y valiente,
Señor el poderoso en batalla…
¿Quién es este Rey de gloria?
Señor de los ejércitos,
El es el Rey de la gloria. Selah

(Sal 24:7–10)

El salmo tiene forma de liturgia de pregunta y respuesta, y en cuatro versos el título “Rey de gloria” (מֶלֶךְ הַכָּבוֹד, mélej hakkavod) aparece cinco veces. Las puertas, personificadas, reciben la orden de “alzar la cabeza”, de agrandarse para que quepa el Rey, y cada respuesta lo identifica por sus atributos: “fuerte y valiente”, “poderoso en batalla”, “de los ejércitos”.

Precisión

La tradición judía y muchos comentaristas relacionan el salmo con la entrada del arca en Jerusalén (2 S 6) o con su ingreso al templo (Shabat 30a lo vincula con Salomón al introducir el arca). Es una lectura del contexto litúrgico, no un dato del título del salmo. Pablo llamará a Jesús “el Señor de gloria” (1 Co 2:8), eco del “Rey de gloria” que la Septuaginta traduce ὁ βασιλεὺς τῆς δόξης (Sal 23:10 LXX).

La gloria en el santuario (Salmos 26 y 63)

Para el salmista, la gloria tiene una dirección precisa: el tabernáculo y el templo.

יְהוָה אָהַבְתִּי מְעוֹן בֵּיתֶךָ וּמְקוֹם מִשְׁכַּן כְּבוֹדֶךָ

Señor, la habitación de tu casa he amado,
Y el lugar de la morada de tu gloria.

(Sal 26:8)

“El lugar de la morada de tu gloria” es, palabra por palabra, “el lugar del mishkán de tu kavod”. El salmista reúne así las dos palabras de Éxodo 40:34, la morada y la gloria, y lo que ama no es un edificio, sino el lugar donde Dios se dejó encontrar.

כֵּן בַּקֹּדֶשׁ חֲזִיתִיךָ לִרְאוֹת עֻזְּךָ וּכְבוֹדֶךָ

Dios, Dios mío eres tú;
De madrugada te buscaré;
Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela,
En tierra seca y árida donde no hay aguas,
Para ver tu poder y tu gloria,
Así como te he mirado en el santuario.
Porque mejor es tu misericordia que la vida;
Mis labios te alabarán.

(Sal 63:1–3 [63:2–4])

El Salmo 63 fue escrito “en el desierto de Judá” (título), lejos del santuario, y quien una vez contempló allí la gloria ahora la desea con sed física. De nuevo la gloria viene acompañada de atributos: “tu poder y tu gloria” y, en el verso siguiente, “mejor es tu misericordia que la vida”. Quien ha visto la gloria no se conforma con menos.

“Dad a Señor la gloria” (Salmo 29)

הָבוּ לַיהוָה כָּבוֹד וָעֹז הָבוּ לַיהוָה כְּבוֹד שְׁמוֹ

Tributad a Señor, oh hijos de los poderosos,
Dad a Señor la gloria y el poder.
Dad a Señor la gloria debida a su nombre;
Adorad a Señor en la hermosura de la santidad.
Voz de Señor sobre las aguas;
Truena el Dios de gloria,
Señor sobre las muchas aguas…
En su templo todo proclama su gloria.

(Sal 29:1–3, 9)

El salmo sigue el paso de una tormenta que avanza desde el mar, pasa por el Líbano y llega al desierto de Cades. La expresión “voz de Señor” (קוֹל יְהוָה, qol Adonay) se repite siete veces (vv. 3, 4 [dos veces], 5, 7, 8, 9), como siete truenos. Kavod aparece cuatro veces: “dad… la gloria” (v. 1), “la gloria debida a su nombre” (v. 2), “el Dios de gloria” (v. 3) y el grito final del templo, כֻּלּוֹ אֹמֵר כָּבוֹד, literalmente “todo él dice: ¡Gloria!” (v. 9). Afuera tiembla la creación; adentro, el pueblo responde con una sola palabra.

Cambiaron su gloria (Salmo 106)

וַיָּמִירוּ אֶת־כְּבוֹדָם בְּתַבְנִית שׁוֹר אֹכֵל עֵשֶׂב

Hicieron becerro en Horeb,
Se postraron ante una imagen de fundición.
Así cambiaron su gloria
Por la imagen de un buey que come hierba.

(Sal 106:19–20)

“Su gloria” es Dios mismo: el Dios que era la gloria de Israel fue cambiado por la estatua de un animal que come pasto. Jeremías formula la misma acusación: “mi pueblo ha trocado su gloria por lo que no aprovecha” (Jer 2:11). Pablo la extenderá a toda la humanidad: “cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Ro 1:23). La idolatría resulta un mal negocio, porque entrega lo más pesado a cambio de lo más liviano.

Gloria y atributos (Salmos 85 y 145)

לִשְׁכֹּן כָּבוֹד בְּאַרְצֵנוּ […] חֶסֶד־וֶאֱמֶת נִפְגָּשׁוּ צֶדֶק וְשָׁלוֹם נָשָׁקוּ

Ciertamente cercana está su salvación a los que le temen,
Para que habite la gloria en nuestra tierra.
La misericordia y la verdad se encontraron;
La justicia y la paz se besaron.

(Sal 85:9–10 [85:10–11])

El salmo une la gloria que “habita” (לִשְׁכֹּן, lishkón, la raíz del tabernáculo) con el encuentro de cuatro atributos. Para que la gloria habite en la tierra tienen que encontrarse misericordia y verdad, justicia y paz: pocas descripciones expresan con tanta exactitud la tesis de esta obra.

El Salmo 145, un acróstico alfabético, sigue el mismo camino. Habla de “la hermosura de la gloria de tu magnificencia” (הֲדַר כְּבוֹד הוֹדֶךָ, v. 5, tres palabras de gloria seguidas), de “la gloria de tu reino” (vv. 11–12), y en el centro cita el Nombre de Éx 34:6: “Clemente y misericordioso es Señor, lento para la ira, y grande en misericordia. Bueno es Señor para con todos” (vv. 8–9). Cantar la gloria, en suma, es repetir los atributos.

No a nosotros (Salmo 115)

El lema del material ya se estudió más arriba, pero el contexto del salmo lo completa. Las naciones preguntan: “¿Dónde está ahora su Dios?” (v. 2). Israel responde: “Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (v. 3), y contrasta con los ídolos: “tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven” (vv. 4–7). La conclusión es una advertencia: “Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos” (v. 8). Quien da la gloria a un ídolo termina pareciéndose a él. Pablo afirmará lo inverso: el que contempla la gloria del Señor es transformado en su imagen (2 Co 3:18).

“Mi gloria”

Los Salmos emplean también kavod para designar el yo del creyente. “Mas tú, Señor, eres escudo alrededor de mí; mi gloria, y el que levanta mi cabeza” (Sal 3:3): Dios es la gloria del que ha perdido la suya. “Despierta, alma mía” (Sal 57:8) es literalmente “despierta, gloria mía” (עוּרָה כְבוֹדִי); también en Sal 16:9 y Gn 49:6 la RVR1960 traduce “alma” o “espíritu”. Para el hebreo, lo más pesado del ser humano, su gloria, es su vida interior, y esa gloria despierta para alabar a Dios.

Sobre toda la tierra (Salmos 57 y 96)

El Salmo 57, compuesto según su título “cuando huyó de delante de Saúl a la cueva”, tiene un estribillo que aparece dos veces, en el centro y al final:

רוּמָה עַל־הַשָּׁמַיִם אֱלֹהִים עַל כָּל־הָאָרֶץ כְּבוֹדֶךָ

Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios;
Sobre toda la tierra sea tu gloria.

(Sal 57:5, 11 [57:6, 12])

El estribillo divide el salmo en dos mitades, una de súplica (“en medio de leones”, v. 4) y otra de canto (“Despierta, alma mía”, v. 8), y también aquí la forma enseña: un mismo deseo, que la gloria de Dios cubra la tierra, cierra la oración del perseguido y la alabanza del liberado. La gloria de Dios es lo que David pide cuando está en la cueva, no solo lo que celebra cuando sale.

El Salmo 96 da el paso misionero: “Proclamad entre las naciones su gloria, en todos los pueblos sus maravillas… Tributad a Señor, oh familias de los pueblos, dad a Señor la gloria y el poder. Dad a Señor la honra debida a su nombre” (Sal 96:3, 7–8). Retoma el Salmo 29 con otro destinatario: lo que allí se pedía a “los hijos de los poderosos” se pide aquí a “las familias de los pueblos”. La promesa a Abraham (Gn 12:3) se vuelve canto, y glorificar a Dios pasa a incluir el anuncio de su gloria a quienes no la conocen.

Toda la tierra llena

El Salmo 72 cierra el segundo libro del Salterio con una doxología: “Bendito su nombre glorioso para siempre, y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén” (Sal 72:19). La oración convierte en petición el juramento de Nm 14:21, e Isaías la oirá cantada por los serafines: “Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6:3). Habacuc le añadirá una palabra decisiva:

כִּי תִּמָּלֵא הָאָרֶץ לָדַעַת אֶת־כְּבוֹד יְהוָה כַּמַּיִם יְכַסּוּ עַל־יָם

Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Señor, como las aguas cubren el mar.

(Hab 2:14)

El profeta no dice solo que la tierra se llenará de gloria, sino del conocimiento de la gloria. Coincide con la definición del material de estudio, según la cual la gloria de Dios consiste también en extender, ensanchar el conocimiento de Dios; y es la frase que Pablo retoma en 2 Co 4:6: “para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”.

Salmo Frase clave Recurso literario Eco en el NT
8 “lo coronaste de gloria y de honra” Marco: misma exclamación al inicio y al final He 2:7–9
19 “Los cielos cuentan la gloria” Dos mitades: creación (El) y Torá (Señor ×7) Ro 1:20; 10:18
24 “¿Quién es este Rey de gloria?” Pregunta y respuesta; ×5 1 Co 2:8
26; 63 “la morada de tu gloria” mishkán + kavod; sed en el desierto Jn 1:14; 2:21
29 “Dad a Señor la gloria” “Voz de Señor” ×7; kavod ×4 Ap 4:11
57 “Sobre toda la tierra sea tu gloria” Estribillo que divide súplica y canto Flp 2:11
85 “para que habite la gloria” Cuatro atributos se encuentran Jn 1:14
106 “cambiaron su gloria” Narración de la historia Ro 1:23
96 “Proclamad entre las naciones su gloria” Sal 29 dirigido a los pueblos Ro 15:9–11
115 “No a nosotros” Repetición; contraste con los ídolos 2 Co 3:18
145 “la gloria de tu magnificencia” Acróstico; cita de Éx 34:6 —

La gloria en los profetas

A lo que enseñan la Torá y los Salmos, los profetas añaden tres notas.

La gloria es santa. Isaías ve al Señor “sentado sobre un trono alto y sublime” y oye a los serafines: “Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6:1–3; véase el capítulo 04 de esta serie). Juan comentará siglos después: “Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él” (Jn 12:41), es decir, de Jesús.

La gloria es exclusiva.

אֲנִי יְהוָה הוּא שְׁמִי וּכְבוֹדִי לְאַחֵר לֹא־אֶתֵּן וּתְהִלָּתִי לַפְּסִילִים

Yo Señor; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.

(Is 42:8)

La Septuaginta vierte “mi alabanza” (תְּהִלָּתִי) como τὰς ἀρετάς μου, “mis virtudes, mis excelencias”, la misma palabra de 1 P 2:9: “para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó”. Dios no comparte su gloria con los ídolos porque no comparte sus excelencias con lo que carece de ellas. Y, sin embargo, “crea para su gloria” a su pueblo: “todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice” (Is 43:7).

La gloria será vista por todos. “Y se manifestará la gloria de Señor, y toda carne juntamente la verá” (Is 40:5). “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Señor ha nacido sobre ti… Y andarán las naciones a tu luz” (Is 60:1–3). Ezequiel ve la gloria salir del templo y volver por el oriente (Ez 10–11; 43); Hageo promete una gloria mayor para la segunda casa (Hag 2:7–9); y Habacuc anuncia una tierra llena del conocimiento de la gloria (Hab 2:14).

La gloria en el judaísmo

La tradición judía recibió el lenguaje de la gloria y lo desarrolló con cuidado, siempre atenta a no hacer de Dios algo visible o localizable. Lo que sigue es lectura judía posbíblica y se presenta como tal.

La Shejiná

La palabra שְׁכִינָה (Shejiná) no aparece en la Biblia. Deriva de שָׁכַן, “habitar”, el verbo de Éx 24:16, 25:8 y 40:35, y nombra la presencia de Dios que habita en medio de su pueblo. Los targumes recurren a ella para hablar de Dios sin atribuirle cuerpo: Ónkelos traduce “habitaré en medio de ellos” como “haré reposar mi Shejiná entre ellos” (Éx 25:8) y “no podrás ver mi rostro” como “no podrás ver el rostro de mi Shejiná” (Éx 33:20). Para “gloria”, Ónkelos emplea יְקָרָא (yeqará, “honra, lo precioso”): “la yeqará del Señor llenó el tabernáculo” (Ónkelos, Éx 40:34).

El Talmud enseña que la Shejiná acompaña a Israel incluso en el castigo. Rabí Shimón bar Yojái dice: “Ven y ve cuán amados son los judíos ante el Santo, bendito sea”: a todo lugar adonde fueron exiliados, la Shejiná fue con ellos, a Egipto y a Babilonia, y volverá con ellos cuando sean redimidos (Meguilá 29a). Es, en cierto modo, una respuesta a Icabod: la gloria se fue al exilio, pero se fue con su pueblo.

Lo que faltaba en el segundo templo

El Talmud observa que en Hag 1:8 el verbo “me glorificaré” (וְאֶכָּבְדָה) se escribe sin la he final (ואכבד), y explica: la he vale cinco, y cinco cosas había en el primer templo que faltaron en el segundo: el arca con el propiciatorio y los querubines, el fuego, la Shejiná, el Espíritu Santo y los Urim y Tumim (Yomá 21b). Para la tradición judía, el segundo templo fue una casa sin la gloria que llenó la de Salomón, y ese es el trasfondo de la promesa de Hageo (2:9) y de la afirmación de Juan: “vimos su gloria” (Jn 1:14).

Precisión

La lectura de la letra ausente es un recurso exegético rabínico (derash), no una conclusión de crítica textual. El texto masorético de Hag 1:8 tiene efectivamente la forma וְאֶכָּבֵד con qeré וְאֶכָּבְדָה.

Creados para su gloria

Una baraita añadida al tratado de Avot (capítulo 6, Qinyán Torá) recoge la enseñanza del material de estudio casi con sus palabras: “Todo lo que el Santo, bendito sea, creó en su mundo, no lo creó sino para su gloria, como está dicho: ‘Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice’ (Is 43:7)” (Pirqé Avot 6:11). La Misná, por su parte, advierte a quien especula sin reverencia: “todo el que no se preocupa por la honra de su Creador, mejor le hubiera sido no venir al mundo” (Misná Jaguigá 2:1).

La Qedushá

En la oración diaria de la sinagoga, la Qedushá une dos textos de gloria: el canto de los serafines, “Santo, santo, santo… toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6:3), y la respuesta de los querubines que oyó Ezequiel, “Bendita sea la gloria de Señor desde su lugar” (בָּרוּךְ כְּבוֹד־יְהוָה מִמְּקוֹמוֹ, Ez 3:12). De este modo la comunidad repite en la tierra lo que se canta en el cielo (Elbogen, 1993).

Moisés y el espejo

Ante la contradicción entre “vi yo al Señor” (Is 6:1) y “no me verá hombre, y vivirá” (Éx 33:20), el Talmud distingue: todos los profetas vieron a través de un vidrio oscuro (aspaqlaria); Moisés, a través de un vidrio claro (Yevamot 49b). La imagen del espejo reaparece en Pablo: “Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara” (1 Co 13:12), y “mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor” (2 Co 3:18).

Maimónides y Rashi

Maimónides, como se vio, distingue tres sentidos de kavod (Guía I:64) y lee Éx 33–34 como la revelación de los atributos de acción (Guía I:54). Y añade: “la verdadera glorificación del Señor consiste en la comprensión de su grandeza” (Guía I:64, trad. Friedländer). Rashi, al comentar “haré pasar todo mi bien”, escribe: “ha llegado la hora en que verás de mi gloria cuanto yo te permita ver”, y explica que Dios enseñó a Moisés a invocar los trece atributos de misericordia (Rashi a Éx 33:19, con Rosh Hashaná 17b).

La gloria de Adán

Una tradición midrásica enseña que seis cosas le fueron quitadas a Adán al pecar, la primera de ellas su resplandor (זִיווֹ, zivó) (Bereshit Rabá 12:6). En los manuscritos de Qumrán aparece la esperanza inversa: a los fieles del pacto les pertenecerá “toda la gloria de Adán” (כול כבוד אדם; 1QS IV 23; CD III 20). Ese trasfondo ilumina la frase de Pablo: “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23).

Precisión

Las citas de Qumrán siguen las traducciones de García Martínez (1992) y Vermes (2004); conviene cotejarlas en las imágenes de la Leon Levy Dead Sea Scrolls Digital Library. La relación entre estos textos y Ro 3:23 es una propuesta de la exégesis (Dunn, 1998), no una dependencia demostrada. En Qumrán también se conservan los Cantos del sacrificio sabático (4Q400–407), liturgias angélicas saturadas del lenguaje de la gloria (Newsom, 1985).

La gloria en los Evangelios

Los Evangelios usan doxa 42 veces (Juan 19, Lucas 13, Mateo 7, Marcos 3) y doxazō 37 (Juan 23). Junto con 2 Corintios, Juan es el libro del Nuevo Testamento que más habla de la gloria, y su tesis es clara: la gloria que Israel vio en la nube se vio en Jesús.

Belén: la gloria vuelve a Israel

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor” (Lc 2:9). La gloria que había abandonado el templo en tiempos de Ezequiel reaparece, aunque no en el santuario, sino en un campo y ante pastores. Los ángeles cantan: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc 2:14; Δόξα ἐν ὑψίστοις θεῷ). Poco después, Simeón toma al niño en el templo y lo llama “luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2:32). La gloria de Israel, la que la madre de Icabod creyó perdida, es ahora un niño en brazos de un anciano.

“Habitó entre nosotros, y vimos su gloria”

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad… Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

(Jn 1:14, 16–18)

Filología: Jn 1:14

ἐσκήνωσεν eskēnōsen σκηνή “habitó”: literalmente “puso su tienda”. σκηνή es la palabra de la Septuaginta para el tabernáculo (Éx 40:34: δόξης κυρίου ἐπλήσθη ἡ σκηνή). Sus consonantes (s-k-n) recuerdan las del hebreo שׁכן (sh-k-n).
ἐθεασάμεθα etheasametha θεάομαι “vimos”: contemplamos con atención; testimonio ocular (1 Jn 1:1).
δόξαν ὡς μονογενοῦς “gloria como del unigénito”: la gloria propia del Hijo único.
πλήρης χάριτος καὶ ἀληθείας “lleno de gracia y de verdad”: el par de Éx 34:6, רַב־חֶסֶד וֶאֱמֶת (rav-jésed ve’emet).

Juan escribe este prólogo con Éxodo 33–34 a la vista, y la correspondencia es casi palabra por palabra:

Éxodo 33–34; 40 Juan 1:14–18
La gloria llena la tienda (Éx 40:34) El Verbo “puso su tienda” entre nosotros (v. 14)
“Te ruego que me muestres tu gloria” (Éx 33:18) “y vimos su gloria” (v. 14)
“grande en misericordia y verdad” (Éx 34:6) “lleno de gracia y de verdad” (v. 14)
La ley dada por medio de Moisés (Éx 34:27–28) “la ley por medio de Moisés fue dada” (v. 17)
“No podrás ver mi rostro” (Éx 33:20) “A Dios nadie le vio jamás” (v. 18)
Dios proclama su Nombre (Éx 34:5–7) “él le ha dado a conocer” (ἐξηγήσατο, “lo ha explicado”, v. 18)

Precisión

la correspondencia con Éxodo 33–34 es reconocida por los comentaristas de Juan (Carson, 1991); la sugerencia de que σκηνόω evoca a la Shejiná por sus consonantes es una observación frecuente, pero el vínculo es de sonido, no de etimología.

Lo que Moisés pidió y no pudo ver, los discípulos lo vieron, y no vieron un resplandor sin contenido, sino a alguien “lleno de gracia y de verdad”: los atributos de Éx 34:6 en una persona. El Hijo es la exégesis (ἐξηγήσατο) del Padre.

El templo de su cuerpo

En el capítulo siguiente, Juan da un paso más. En el templo de Jerusalén, el mismo que según el Talmud no tuvo Shejiná, Jesús dice: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré… Mas él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 2:19, 21). El recorrido de la gloria que ha seguido este capítulo, del monte a la tienda y de la tienda al templo, alcanza aquí su destino: la morada de Dios es ahora un cuerpo humano. Lo que Pablo dirá con “habita corporalmente” (σωματικῶς, Col 2:9), Juan lo dice con “el templo de su cuerpo” (τοῦ ναοῦ τοῦ σώματος αὐτοῦ).

Morada Texto Cómo habita la gloria
Monte Sinaí “reposó sobre el monte” (Éx 24:16) Fuego y nube; solo Moisés sube
Tabernáculo “la gloria de Señor llenó el tabernáculo” (Éx 40:34) En medio del campamento; viaja con el pueblo
Templo “la gloria de Señor llenó la casa” (2 Cr 7:1) Fija en Jerusalén; se va con el exilio (Ez 10–11)
Cuerpo de Jesús “habitó entre nosotros… el templo de su cuerpo” (Jn 1:14; 2:21) En una persona: “toda la plenitud… corporalmente” (Col 2:9)
La iglesia “sois templo de Dios” (1 Co 3:16; 2 Co 6:16) En el pueblo unido a Cristo, por el Espíritu
Nueva Jerusalén “la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera” (Ap 21:23) Sin templo: Dios y el Cordero son el templo (Ap 21:22)

Señales que manifiestan la gloria

Tras el primer milagro en Caná, Juan comenta: “Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2:11). Ante la tumba de Lázaro, Jesús dice: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios” (Jn 11:4), y a Marta: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (Jn 11:40). Cada señal deja ver un atributo, la bondad generosa en Caná y, ante Lázaro, el poder sobre la muerte junto con la compasión que llora (Jn 11:35). La gloria se ve en lo que Jesús hace.

La transfiguración: el Sinaí en otro monte

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él… Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.

(Mt 17:1–3, 5)

Lucas añade dos detalles: Moisés y Elías “aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida (τὴν ἔξοδον αὐτοῦ, ‘su éxodo’), que iba Jesús a cumplir en Jerusalén”, y los discípulos “vieron la gloria de Jesús” (Lc 9:31–32). Años después, Pedro lo recordará: Jesús “recibió de Dios Padre honra y gloria” cuando “le fue enviada desde la magnífica gloria una voz” (2 P 1:17).

Sinaí (Éx 24; 33–34) Monte de la transfiguración
“seis días” la nube cubre el monte (Éx 24:16) “Seis días después” (Mt 17:1)
Moisés sube con tres acompañantes nombrados (Éx 24:1, 9) Jesús sube con Pedro, Jacobo y Juan
La nube y la voz desde la nube (Éx 24:16) “una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz”
El rostro de Moisés resplandece (Éx 34:29) “resplandeció su rostro como el sol”
Moisés en la peña; Elías en la cueva de Horeb (1 R 19:9–13) Moisés y Elías hablan con Jesús
El éxodo de Egipto “su éxodo” en Jerusalén (Lc 9:31)
“a él oiréis”, el profeta como Moisés (Dt 18:15) “a él oíd” (Mt 17:5)

Los dos hombres que en el Antiguo Testamento estuvieron más cerca de ver la gloria de Dios, Moisés en la peña y Elías en la cueva, ambos en el Horeb, aparecen ahora en la gloria, hablando con Jesús. La diferencia es decisiva: el rostro de Moisés reflejaba una gloria recibida, mientras que el de Jesús resplandece con gloria propia. Mateo emplea el verbo μετεμορφώθη (“se transfiguró”), el mismo que Pablo aplicará a los creyentes en 2 Co 3:18: “somos transformados” (μεταμορφούμεθα).

La hora de la gloria: la cruz

En Juan, la “hora” de la gloria es la de la cruz. Cuando unos griegos piden ver a Jesús, Él responde: “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Jn 12:23–24). Inmediatamente después viene el texto que cita el material de estudio:

Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.

(Jn 12:27–28)

Filología: Jn 12:28

δόξασόν σου τὸ ὄνομα δοξάζω “glorifica tu nombre”: la petición une gloria y Nombre, como Éx 33:18–19. Jesús pide que el Nombre del Padre se haga visible en lo que va a sufrir.
καὶ ἐδόξασα καὶ πάλιν δοξάσω “lo he glorificado y lo glorificaré otra vez”: aoristo y futuro. Ya en las señales y en la vida del Hijo; otra vez en la cruz y la resurrección.

El material de estudio lo resume así: “Cristo dijo una y otra vez que su propósito en la tierra era glorificar a su Padre”. Cuando Judas sale a entregarlo, Jesús dice: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él” (Jn 13:31). Y en su oración sacerdotal pide: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn 17:4–5).

Este último verso tiene dos consecuencias. La primera es que la gloria del Hijo es eterna, pues la tuvo “antes que el mundo fuese”. Si Dios dice “a otro no daré mi gloria” (Is 42:8) y el Hijo comparte la gloria del Padre desde la eternidad, el Hijo no es “otro”. Por eso Juan puede decir que Isaías “vio su gloria” (la de Jesús) en el templo (Jn 12:41; Is 6:1–3). La segunda es que la cruz es el lugar donde esa gloria se ve con mayor claridad, y Lucas lo confirma con la pregunta del Resucitado: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?” (Lc 24:26).

Marcos deja ver el malentendido de los discípulos cuando Jacobo y Juan piden: “Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda”. Jesús responde: “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?” (Mc 10:37–38). Pedían los lugares de honor junto al trono, pero quienes de hecho estuvieron a su derecha y a su izquierda fueron “dos ladrones” crucificados con Él (Mc 15:27). El camino a la gloria del Hijo pasa por el vaso y el bautismo de la cruz, y la grandeza en su reino es servir: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10:45).

“La gloria que me diste, yo les he dado”

“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno… Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn 17:22, 24). La gloria se comunica, pero no como un objeto que pasa de mano en mano, sino como participación en la relación del Padre y el Hijo; su fruto es la unidad, y su meta, ver la gloria del Hijo.

Gloria de los hombres, gloria de Dios

Juan registra también la otra gloria, la que el comienzo de este capítulo llamó el lado oscuro del éxito. “¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?” (Jn 5:44). “El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero” (Jn 7:18). El diagnóstico más grave llega más adelante: muchos gobernantes creían, pero no lo confesaban, “porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Jn 12:43). La gloria humana (doxa como opinión ajena) compite con la gloria de Dios, y no es posible buscar ambas.

La gloria por venir

Los sinópticos dirigen la mirada al final: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria” (Mt 25:31; cf. Mc 8:38). Entonces la gloria que se mostró velada en la carne y en la cruz se mostrará sin velo.

La gloria en Cristo, leída con Pablo

Pablo emplea doxa 77 veces, casi la mitad de todo el Nuevo Testamento: 19 de ellas en 2 Corintios, 16 en Romanos y 12 en 1 Corintios. Escribe como judío formado en la Torá, para quien “la gloria” es uno de los privilegios de Israel (“de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto…”, Ro 9:4). Lee la gloria como un fariseo que vio en el camino de Damasco “una luz del cielo, que sobrepasaba el resplandor del sol” (Hch 26:13) y reconoció en ella a Jesús.

Lo que la creación muestra y lo que no

Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias… y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.

(Ro 1:20–21, 23)

Filología: Ro 1:20, 23

ἥ τε ἀΐδιος αὐτοῦ δύναμις “su eterno poder”: lo que la creación muestra.
θειότης theiotēs θεῖος “deidad”: la cualidad divina, el carácter divino de su Autor. No es la misma palabra que Col 2:9 (θεότης, la Deidad misma).
ἤλλαξαν τὴν δόξαν ἀλλάσσω “cambiaron la gloria”: cita casi literal del Sal 105:20 LXX (ἠλλάξαντο τὴν δόξαν αὐτῶν ἐν ὁμοιώματι μόσχου), el becerro de oro.

Pablo coincide aquí con el Salmo 19 y con el material de estudio. La creación muestra “su eterno poder y deidad”, lo suficiente para dejar sin excusa al ser humano, pero no lo muestra todo. El material lo formula así: “el universo no refleja aquellos atributos como el amor, la gracia, la misericordia y la justicia de Dios, por tanto se queda corto en la demostración de lo que Dios es. Pero su Hijo en la cruz termina revelando, a través de su sacrificio, el amor, la gracia, la misericordia y la justicia, completando así la revelación de la gloria del Dios creador del cielo y de la tierra”.

La filología respalda esta lectura con una distinción que ya señalaba Trench (1880): la creación muestra la θειότης de Dios, su carácter divino; en Cristo habita la θεότης, la Deidad misma en su plenitud (Col 2:9).

Destituidos de la gloria; la gloria en la cruz

Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

(Ro 3:23–26)

“Destituidos” traduce ὑστεροῦνται, “quedarse corto, carecer”, en presente: siguen careciendo. El ser humano fue hecho para reflejar la gloria de Dios (Sal 8:5; 1 Co 11:7) y se quedó sin ella. En el mismo párrafo, sin embargo, Pablo indica dónde reaparece, que es la cruz, y en cuatro versos nombra la gracia (“gratuitamente por su gracia”), la justicia (dos veces), la paciencia (ἀνοχή), la ira satisfecha (ἱλαστήριον, el propiciatorio, el lugar donde la gloria se posaba sobre el arca, Lv 16:2) y, poco después, el amor: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8).

Nota. Elaboración propia a partir del material de estudio de la serie.

El material extrae de ahí su conclusión: “El Hijo sacrificado de un madero mostró los atributos de Dios que el universo no podía mostrar. La cruz puso de manifiesto un aspecto de la gloria de Dios que el universo en toda su grandeza no había sido capaz de manifestar. Es sobre ese Cristo clavado y traspasado que su iglesia ha sido construida”. Por esa razón Pablo no se gloría en ninguna otra cosa: “lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gá 6:14).

Precisión

La afirmación de que la creación no muestra el amor o la misericordia de Dios debe matizarse: el Salmo 145:9 dice que “sus misericordias [están] sobre todas sus obras”, y Jesús ve la bondad de Dios en la lluvia que cae sobre justos e injustos (Mt 5:45; cf. Hch 14:17). La creación muestra una bondad general; lo que no puede mostrar es el amor que perdona al culpable y la justicia que lo justifica. En ese sentido preciso se sostiene la tesis del material.

Las riquezas de su gloria

En Romanos 9, Pablo enfrenta la pregunta más difícil sobre Israel y las naciones y la responde apelando a la gloria:

¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?

(Ro 9:22–24)

En una sola frase Pablo nombra cinco atributos, la ira, el poder, la paciencia, la misericordia y la soberanía que prepara y llama, y los pone al servicio de un fin: “hacer notorias las riquezas de su gloria” (τὸν πλοῦτον τῆς δόξης αὐτοῦ). La gloria no figura como un atributo más en la lista: es lo que se da a conocer cuando todos actúan juntos en la historia. El argumento de Romanos 9, además, procede de Éxodo: “tendré misericordia del que yo tenga misericordia” (Ro 9:15 = Éx 33:19) y “para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra” (Ro 9:17 = Éx 9:16). Procede, es decir, de la respuesta a Moisés cuando pidió ver la gloria y del Dios que se glorificó en Faraón.

Precisión

Romanos 9:22–23 es una de las frases más debatidas de Pablo: la sintaxis queda abierta (“¿y qué, si…?”) y el alcance de “preparados para destrucción” se discute (Moo, 1996). Aquí se usa solo para mostrar lo que el texto dice con claridad: que la gloria se da a conocer en la acción conjunta de varios atributos.

“El que se gloría, gloríese en el Señor”

El verso que une toda esta obra, Jeremías 9:23–24, reaparece en Pablo cuando escribe a una iglesia orgullosa de sus sabios y de sus dones:

Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles… a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.

(1 Co 1:26, 29–31)

Jeremías 9:23–24 1 Corintios 1:26–31 Comentario
“el sabio en su sabiduría” “no… muchos sabios” la gloria intelectual
“el valiente” “ni muchos poderosos” la gloria de la fuerza
“el rico” “ni muchos nobles” la gloria social
“en entenderme y conocerme” “Cristo… hecho por Dios sabiduría” conocer a Dios es conocer a Cristo
“misericordia, juicio y justicia” “justificación, santificación y redención” los atributos, ahora dados en Cristo
ἐν τούτῳ καυχάσθω ὁ καυχώμενος (LXX) ὁ καυχώμενος ἐν κυρίῳ καυχάσθω cita abreviada (1 Co 1:31; 2 Co 10:17)

Pablo no se limita a citar el verso: lo aplica a Cristo. “Gloriarse en el Señor” es gloriarse en Cristo, porque en Él Dios nos ha dado lo que Jeremías nombró como lo que Dios “hace” y “quiere”. El “Señor” (κύριος) del verso, que en Jeremías traduce el tetragrama, es ahora Jesús.

Precisión

La cita de 1 Co 1:31 abrevia Jer 9:24 según la Septuaginta (que en 1 Re 2:10 LXX tiene una ampliación con las mismas palabras). Que Pablo tenga en mente todo el contexto de Jeremías, incluida la tríada sabio-valiente-rico, es la lectura de la mayoría de los comentaristas (Fee, 1987; Hays, 1989).

El Señor de gloria, crucificado

“Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Co 2:7–8). “Señor de gloria” (τὸν κύριον τῆς δόξης) es el título del Salmo 24, “el Rey de gloria”, aplicado al crucificado. La paradoja es buscada: los poderes de este mundo clavaron en un madero al Rey ante quien las puertas eternas debían alzar la cabeza, de modo que la gloria más alta y la vergüenza más baja coinciden en un mismo punto.

De gloria en gloria (2 Corintios 3:7–18)

El texto que el material pide estudiar con más detalle es una exposición de Pablo sobre Éxodo 34:29–35, en la que compara dos ministerios: el de Moisés, “grabado con letras en piedras”, y el del Espíritu.

Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, la cual había de perecer, ¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del espíritu?… Porque si lo que perece tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece.

(2 Co 3:7–8, 11)

Dos ministerios, dos glorias.

Los versos 6–11 forman una serie de contrastes. Pablo no niega la gloria del primero, sino que atribuye al segundo una gloria mayor:

Verso Ministerio de Moisés (“fue con gloria”) Ministerio del Espíritu (“mucho más”)
3:6 “la letra mata” “el espíritu vivifica”
3:7–8 “ministerio de muerte grabado con letras en piedras” “ministerio del espíritu”
3:9 “ministerio de condenación” “ministerio de justificación” (δικαιοσύνης)
3:10 “lo que fue glorioso” “la gloria más eminente” (τῆς ὑπερβαλλούσης δόξης)
3:11 “lo que perece” (τὸ καταργούμενον) “lo que permanece” (τὸ μένον)
3:13, 18 Moisés “ponía un velo sobre su rostro” “nosotros todos, mirando a cara descubierta”
Un argumento rabínico.

Pablo razona con el qal vajómer (“de lo menor a lo mayor”), la primera de las reglas de interpretación atribuidas a Hilel: si el ministerio de la letra tuvo gloria, cuánto más el del Espíritu. No desprecia la Torá, puesto que afirma que tuvo gloria; solo sostiene que esa gloria era la de un rostro que reflejaba y se apagaba. En 2 Co 3:7–11 la familia de doxa aparece diez veces en cinco versos; en todo el capítulo, trece.

El velo.

Moisés “ponía un velo sobre su rostro” (2 Co 3:13; Éx 34:33). Pablo lee ese velo en dos planos: ocultaba el fin de una gloria pasajera, y hoy el mismo velo está “sobre el corazón” de quienes leen a Moisés sin Cristo (vv. 14–15). Hay, con todo, un momento en que el velo se quita:

Éx 34:34 (LXX) 2 Co 3:16
ἡνίκα δ᾿ ἂν εἰσεπορεύετο Μωυσῆς ἔναντι κυρίου… περιῃρεῖτο τὸ κάλυμμα ἡνίκα δὲ ἐὰν ἐπιστρέψῃ πρὸς κύριον, περιαιρεῖται τὸ κάλυμμα
“Cuando Moisés entraba delante del Señor… se quitaba el velo” “Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará”

Pablo toma la frase de Éxodo y la generaliza: lo que hacía Moisés al entrar en la presencia de Dios lo hace todo el que se vuelve al Señor. Enseguida aclara quién es ese Señor: “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (v. 17).

El verso central.

Todo el argumento desemboca en una sola frase:

Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.

(2 Co 3:18)

ἡμεῖς δὲ πάντες ἀνακεκαλυμμένῳ προσώπῳ τὴν δόξαν κυρίου κατοπτριζόμενοι τὴν αὐτὴν εἰκόνα μεταμορφούμεθα ἀπὸ δόξης εἰς δόξαν

Filología: 2 Co 3:18

ἡμεῖς δὲ πάντες “nosotros todos”: ya no un mediador, Moisés, sino todo el pueblo.
ἀνακεκαλυμμένῳ προσώπῳ ἀνακαλύπτω “con rostro descubierto”: participio perfecto; el velo fue quitado y sigue quitado.
κατοπτριζόμενοι katoptrizomenoi κάτοπτρον (espejo) “mirando como en un espejo”. El verbo puede significar “contemplar en un espejo” o “reflejar como un espejo”. La RVR1960 sigue el primero; ambos tienen defensores (Harris, 2005; Thrall, 1994). En los dos casos, el creyente está ante la gloria del Señor.
τὴν αὐτὴν εἰκόνα εἰκών “la misma imagen”: la de Cristo, “el cual es la imagen de Dios” (2 Co 4:4; Col 1:15). Evoca Gn 1:26–27 (LXX κατ᾿ εἰκόνα): se restaura la imagen para la que fuimos creados.
μεταμορφούμεθα metamorphoumetha μεταμορφόω “somos transformados”: presente (proceso continuo) y pasivo (lo hace otro). Es el verbo de la transfiguración (Mt 17:2) y de Ro 12:2 (“transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento”).
ἀπὸ δόξης εἰς δόξαν “de gloria en gloria”: progresión de un grado de gloria a otro. Comparable al hebreo מֵחַיִל אֶל־חָיִל (mejáyil el-jáyil), “de poder en poder” (Sal 84:7 [84:8]).
καθάπερ ἀπὸ κυρίου πνεύματος “como por el Señor, el Espíritu”: el agente de la transformación.
Lo que enseña.

Moisés subía, veía la gloria y bajaba con el rostro encendido; la gloria se le iba apagando, y él se cubría con un velo. El creyente, en cambio, vive con el rostro descubierto ante la gloria de Cristo, y en él la gloria no se apaga, sino que crece “de gloria en gloria”. No se trata de un brillo exterior, sino de una transformación interior en la imagen del Hijo, que tampoco es obra propia: “somos transformados”, por el Espíritu.

Opera aquí, invertido, el principio del Salmo 115:8: quien mira ídolos se hace como ellos, y quien mira la gloria del Señor se hace como Él, porque cada uno llega a parecerse a lo que contempla. Por eso la vida cristiana consiste, en buena medida, en mirar: “no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven” (2 Co 4:18).

Nota. Elaboración propia: la progresión de 2 Co 3:7–4:18 hasta la glorificación final.

Precisión

Que 2 Co 3:7–18 sea un comentario (midrash) de Éx 34:29–35 es la lectura común de los especialistas (Hafemann, 1995; Hays, 1989). Si el “Señor” del v. 17 es Cristo, el Espíritu o el Señor de Éxodo leído a la luz del Espíritu se discute; la RVR1960 deja la ambigüedad del griego.

La gloria de Dios en la faz de Jesucristo

Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

(2 Co 4:5–6)

Este verso condensa casi todo el capítulo. “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz” alude a Gn 1:3 y a Is 9:2 (“luz resplandeció sobre ellos”). “El conocimiento de la gloria” (τῆς γνώσεως τῆς δόξης) retoma Hab 2:14 (LXX τοῦ γνῶναι τὴν δόξαν κυρίου). Y “en la faz” (ἐν προσώπῳ) contesta a Éx 33:20: “No podrás ver mi rostro”. Lo que a Moisés le fue negado ahora resplandece en el rostro de Cristo, y Dios lo enciende “en nuestros corazones”.

El paralelo con la experiencia del propio Pablo salta a la vista: la luz de Damasco fue para él la gloria de Dios en el rostro de Jesús (Hch 9:3; 22:6, 11: “no veía a causa de la gloria de la luz”). Lo que el Creador hizo el primer día lo repite en cada conversión.

Un eterno peso de gloria

Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

(2 Co 4:17–18)

Pablo escribe αἰώνιον βάρος δόξης, “eterno peso de gloria”. En griego, doxa nada tiene que ver con el peso; en hebreo, kavod sí. Un judío que pensaba en hebreo y escribía en griego une así las dos lenguas en una frase: la tribulación es “leve” (ἐλαφρόν, “ligera”), la gloria es “peso”. Reaparece la oposición de 1 S 2:30, entre lo “pesado” (honrado) y lo “liviano” (despreciado). El sufrimiento del creyente es liviano y breve; la gloria que produce, pesada y eterna.

Precisión

Que βάρος δόξης sea un juego consciente con el hebreo kavod es una propuesta frecuente en los comentarios (Harris, 2005), no algo que Pablo diga. El contraste “leve / peso” sí está en el texto griego.

Para alabanza de la gloria de su gracia

La bendición inicial de Efesios (Ef 1:3–14), que en griego es una sola frase larga, se articula en torno a un estribillo que aparece tres veces:

Texto Estribillo Persona y obra
Ef 1:6 “para alabanza de la gloria de su gracia” El Padre nos escogió y predestinó
Ef 1:12 “para alabanza de su gloria” En Cristo tuvimos herencia
Ef 1:14 “para alabanza de su gloria” Sellados con el Espíritu Santo

La salvación entera, desde la elección en Cristo hasta el sello de la promesa (Ef 1:4, 13), existe “para alabanza” (εἰς ἔπαινον) de la gloria de Dios. En el primer estribillo la gloria lleva un atributo como apellido: “la gloria de su gracia”. Vine, como ya se vio, la entiende como “el debido reconocimiento de la manifestación de sus atributos y caminos”.

El material de estudio destaca Ef 3:10: Dios ha querido “que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales”. “Multiforme” (πολυποίκιλος) es “de muchos colores”, como un bordado. La iglesia, formada por judíos y gentiles en un solo cuerpo, es el lienzo en que los ángeles ven combinados los atributos de Dios. “La iglesia es un instrumento de enseñanza y de glorificación en las manos de Dios”, dice el material. De ahí que la oración de Pablo concluya: “a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades” (Ef 3:21).

Precisión

La autoría paulina de Efesios se discute. Las ideas centrales tienen respaldo en cartas indiscutidas: la salvación “para gloria de Dios” (Ro 15:7; 2 Co 1:20) y la iglesia como lugar de la gloria (2 Co 3:18; 4:6).

Doxologías: la gloria después de los atributos

Pablo interrumpe sus cartas con doxologías, breves fórmulas de alabanza que terminan en “amén”. La más conocida cierra Romanos 9–11, el argumento sobre Israel y las naciones:

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

(Ro 11:33–36)

Su estructura es la de toda esta obra: primero los atributos (riquezas, sabiduría, ciencia, juicios, caminos; soberanía libre de toda deuda) y después la gloria, porque la doxología es la respuesta natural de quien ha contemplado los atributos. Lo mismo ocurre en Ro 16:27 (“al único y sabio Dios, sea gloria”), 1 Ti 1:17 (“al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria”) y Ef 3:20–21 (“a Aquel que es poderoso… a él sea gloria”). Cada doxología nombra uno o más atributos y luego da gloria.

“Para gloria de Dios Padre”

El himno de Filipenses 2:6–11 cierra con una cita de Isaías: “para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2:10–11). El texto de base es Is 45:23: “a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua”, dicho por el Señor, el mismo que en Is 42:8 declaró: “a otro no daré mi gloria”. Pablo aplica a Jesús lo que Isaías reservaba a Dios, y lo hace “para gloria de Dios Padre”. Si el Señor no da su gloria a otro, y la confesión de Jesús como Señor da gloria al Padre, Jesús no es otro: comparte la identidad del único Dios (Bauckham, 2008). El camino hacia esa gloria pasó por el despojo y la cruz (vv. 6–8).

Colosenses: toda la plenitud

En Colosenses la tesis de esta obra encuentra su formulación más precisa. La iglesia de Colosas estaba expuesta a una enseñanza que buscaba plenitud en “filosofías”, ángeles y rituales (Col 2:8, 16–18), y Pablo responde que toda la plenitud ya está en Cristo.

El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

(Col 1:15–20)

Filología: Col 1:15, 19; 2:9

εἰκὼν τοῦ θεοῦ τοῦ ἀοράτου εἰκών “imagen del Dios invisible”: lo que no se ve de Dios se hace visible en el Hijo. Cf. Éx 33:20 y Jn 1:18.
ἐν αὐτῷ εὐδόκησεν πᾶν τὸ πλήρωμα κατοικῆσαι κατοικέω “agradó que en él habitase toda plenitud” (1:19). Eco probable del Sal 67:17 LXX [68:16]: τὸ ὄρος ὃ εὐδόκησεν ὁ θεὸς κατοικεῖν ἐν αὐτῷ, “el monte que quiso Dios para su morada”. Lo que Dios quiso para Sion, lo quiso en plenitud para el Hijo.
πλήρωμα plērōma πληρόω “plenitud”: la totalidad de lo que Dios es. Recuerda el “llenar” de la gloria (מָלֵא, Éx 40:34; Is 6:3).
πᾶν τὸ πλήρωμα τῆς θεότητος θεός “toda la plenitud de la Deidad” (2:9): θεότης es el ser mismo de Dios, no solo su cualidad divina (θειότης, Ro 1:20).
κατοικεῖ… σωματικῶς σῶμα “habita corporalmente”: presente; habita ahora, en el Cristo resucitado, en forma corporal.

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad.

(Col 2:9–10)

Filología: Col 2:10

ἐστὲ ἐν αὐτῷ πεπληρωμένοι πληρόω “estáis completos en él”: literalmente “habéis sido llenados en él”. Participio perfecto pasivo del verbo de πλήρωμα. Pablo juega con las dos palabras: en Él habita la plenitud; en Él vosotros habéis sido llenados. Lo que la gloria hizo con la tienda, “llenarla”, Cristo lo hace con los suyos.

La carta usa “gloria” cuatro veces, y cada aparición añade una pieza:

Texto Frase Qué enseña
Col 1:11 “conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad” La gloria es poder que fortalece para soportar
Col 1:27 “las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” La gloria habita en los creyentes, también en los gentiles
Col 3:4 “seréis manifestados con él en gloria” La gloria escondida hoy se mostrará

Precisión

δόξα aparece en Col 1:11; 1:27 (dos veces) y 3:4: cuatro apariciones en NA27 (conteo propio).

Queda un último eco de 2 Corintios 3:18, cuando Pablo describe al creyente como el que se ha “revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Col 3:10). Las piezas son las mismas: una imagen (εἰκών, Gn 1:26–27), un proceso en presente (“se va renovando”) y un conocimiento (ἐπίγνωσις) que crece. Mirar la gloria, ser transformado en la imagen y conocer a Dios son, para Pablo, una sola cosa vista desde tres lados.

Colosenses reúne, en suma, cuatro afirmaciones que cierran el recorrido de este capítulo:

  1. La gloria tiene un rostro: Cristo es “la imagen del Dios invisible” (1:15). Lo que Moisés no pudo ver, se ve en el Hijo.

  2. La gloria tiene una morada: “en él habita… toda la plenitud” (1:19; 2:9). La gloria que habitó en la tienda y en el templo habita ahora en un cuerpo. “En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (2:3).

  3. La gloria tiene un lugar en nosotros: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (1:27); “vosotros estáis completos en él” (2:10). No hace falta buscar plenitud en otra parte.

  4. La gloria tiene un futuro: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (3:4).

Precisión

La autoría paulina de Colosenses se discute, aunque menos que la de Efesios (Moo, 2008). La idea de la plenitud de Dios en Cristo tiene respaldo en cartas indiscutidas: “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co 4:6), “el cual, siendo en forma de Dios” (Flp 2:6) y “Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios” (1 Co 1:24). El eco del Sal 68:16 [67:17 LXX] en Col 1:19 es señalado por varios comentaristas; es una propuesta, no una cita explícita.

Todos los atributos convergen en Cristo

El material de estudio pide mostrar que en Cristo convergen todos los atributos de Dios. Si “en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col 2:9), cada atributo estudiado en esta serie ha de encontrarse en Él, y la tabla siguiente los recorre en el orden de la obra, con textos de Pablo siempre que es posible.

lll Atributo & En Cristo & Texto

Preexistente & “como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo”; “todas las cosas en él subsisten” & Jn 5:26; Col 1:17
Uno & “un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas” & 1 Co 8:6 (cf. Dt 6:4)
Amor & “el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” & Gá 2:20; Ro 8:39
Espíritu & “el postrer Adán, espíritu vivificante” & 1 Co 15:45; 2 Co 3:17

Santo & “al Santo y al Justo”; “al que no conoció pecado” & Hch 3:14; 2 Co 5:21
Eterno & “él es antes de todas las cosas” & Col 1:17; Jn 8:58
Soberano & “todo fue creado por medio de él y para él” & Col 1:16; Flp 2:10–11
Justo & “nos ha sido hecho por Dios… justificación” & 1 Co 1:30; Ro 3:26
Inmutable & “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” & He 13:8
Omnipotente & “el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” & Flp 3:21
Omnipresente & “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” & Ef 1:23
Omnisciente & “todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” & Col 2:3

Sabiduría & “Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios” & 1 Co 1:24, 30
Verdadero & “la verdad que está en Jesús” & Ef 4:21; Jn 14:6
Misericordioso & “Dios, que es rico en misericordia… nos dio vida juntamente con Cristo” & Ef 2:4–5
Fiel & “Si fuéremos infieles, él permanece fiel”; “todas las promesas de Dios son en él Sí” & 2 Ti 2:13; 2 Co 1:20
Celo & “El celo de tu casa me consume”; “os celo con celo de Dios” & Jn 2:17; 2 Co 11:2
Ira santa & “cuando se manifieste el Señor Jesús… en llama de fuego” & 2 Ts 1:7–8
Bondad & “se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador” & Tit 3:4
Paciencia & “para que Jesucristo mostrase en mí… toda su clemencia” & 1 Ti 1:16
Gracia & “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que… se hizo pobre” & 2 Co 8:9

Precisión

Hebreos 13:8 no es de Pablo; se usa porque no hay un texto paulino tan directo para la inmutabilidad. Hechos, Hebreos y Juan se usan donde Pablo no tiene un texto tan directo; 2 Tesalonicenses, Efesios, Colosenses y las Pastorales son de autoría discutida. Los capítulos de los atributos que aún no se han escrito desarrollarán cada texto.

Nota. Elaboración propia: los veintiún atributos de la serie convergen en Cristo (Col 1:19; 2:9).

En la cruz se encontraron.

La convergencia tiene un lugar y un momento. El Salmo 85 había anunciado que para que “habite la gloria en nuestra tierra”, la misericordia y la verdad debían encontrarse, y la justicia y la paz besarse (Sal 85:9–10). Pablo presenta la cruz como ese encuentro: Dios es “el justo, y el que justifica” (Ro 3:26); “justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Ro 5:1); Cristo, “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col 1:20). Los atributos que Moisés oyó proclamar en Éx 34:6–7 aparecen todos en la cruz, y ninguno anula a otro:

Éx 34:6–7 En la cruz Texto de Pablo
“misericordioso” “Dios, que es rico en misericordia… nos dio vida” Ef 2:4–5
“piadoso” (clemente) “justificados gratuitamente por su gracia” Ro 3:24
“tardo para la ira” “en su paciencia” había pasado por alto los pecados Ro 3:25
“grande en misericordia y verdad” “Cristo Jesús vino a ser siervo… para mostrar la verdad de Dios” Ro 15:8
“perdona la iniquidad” “en quien tenemos redención… el perdón de pecados” Col 1:14
“de ningún modo tendrá por inocente” “para manifestar su justicia”: el pecado no se ignora, se juzga en Cristo Ro 3:25–26; 8:3

Precisión

la correspondencia es lectura propia: Pablo no cita Éx 34:6–7 en estos textos; sí cita Éx 33:19 en Ro 9:15.

Glorificados con Él

Pablo cierra el argumento de Romanos 5–8 con la gloria del creyente. “Si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados (συνδοξασθῶμεν). Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Ro 8:17–18). La creación misma espera “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (8:21). La cadena de la salvación, por su parte, termina en un aoristo: “a los que justificó, a éstos también glorificó” (ἐδόξασεν, 8:30). Pablo habla de la glorificación futura como de un hecho cumplido, tan segura como la justificación.

Esa gloria futura tendrá un cuerpo. “Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder” (1 Co 15:43). Cristo “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Flp 3:21). Y tiene también una fecha: “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tit 2:13). Por eso ya en la vida presente es posible gloriarse: “nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Ro 5:2). La gloria de la que el ser humano estaba “destituido” (Ro 3:23) es ahora objeto de esperanza segura (Ro 5:2). Entre ambos versos se alza la cruz.

Así se resuelve la tensión entre Is 42:8 (“a otro no daré mi gloria”) y Jn 17:22 (“la gloria que me diste, yo les he dado”). Dios no reparte su gloria entre rivales, sino que la comunica a quienes están unidos a su Hijo, que no es otro que Él. Los creyentes no se vuelven dioses, pero son “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro 8:29). Pink lo advierte: “Hay una gran diferencia entre que los santos sean glorificados y que sean hechos divinos” (Pink, 2020, p. 101).

Aplicación: solo a Dios la gloria

El material de estudio concluye llevando la gloria a la vida diaria: “Dios hace todo para su propia gloria y la iglesia como institución no sería la excepción”. Del recorrido se desprenden seis consecuencias.

  1. Renunciar a la gloria propia. “No a nosotros, oh Señor, no a nosotros” (Sal 115:1). La fama, el dinero y el talento son reales, pero carecen de peso para sostener una vida. Jesús señaló esa búsqueda como un obstáculo para la fe: “¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros?” (Jn 5:44). Y Pablo la rechazó en su propio ministerio: “ni buscamos gloria de los hombres” (1 Ts 2:6).

  2. Gloriarse en conocer a Dios. “Alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme” (Jer 9:24; 1 Co 1:31). El estudio de los atributos no responde a la curiosidad, sino que es la forma más alta de gloriarse, y cada capítulo de esta serie ha sido un ejercicio de Jer 9:24.

  3. Ensanchar la opinión que otros tienen de Dios. Si doxa es opinión, glorificar a Dios es hacer que otros lo estimen como es. “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5:16). La meta coincide con la de Habacuc: una tierra llena “del conocimiento de la gloria de Señor” (Hab 2:14).

  4. Hacerlo todo para su gloria. “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co 10:31). Pablo lo escribe en medio de una discusión sobre la comida ofrecida a ídolos, porque la gloria de Dios se juega en lo cotidiano. “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” (Col 3:17).

  5. Ser iglesia que muestra la sabiduría multiforme. “Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia” (Ef 3:10). Una iglesia reconciliada, donde conviven judíos y gentiles, ricos y pobres, es la exposición pública de los atributos de Dios.

  6. Contemplar para ser transformados, y esperar. “Mirando… la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria” (2 Co 3:18). La transformación nace de mirar a Cristo en la Escritura, por el Espíritu, y la aflicción no la detiene: “esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co 4:17).

La historia de Elí deja, frente a estas consecuencias, una advertencia. Israel quiso el arca sin obediencia, la presencia sin la gloria; llevó el símbolo al campo de batalla y lo perdió. La gloria de Dios no se usa: se honra. “Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco” (1 S 2:30).

La sincronía perfecta de los atributos

Si la gloria de Dios es la comunión de todos sus atributos, queda una última pregunta, y es la que decide si esa comunión es real: ¿cómo se relacionan los atributos entre sí? En el ser humano las virtudes compiten entre sí. La justicia, cuando crece, tiende a endurecer; la misericordia, cuando crece, tiende a ablandar hasta disculparlo todo; el poder corrompe a quien lo tiene, y la verdad, dicha sin amor, hiere. Un juez humano que quiere ser justo y compasivo a la vez vive dividido entre dos lealtades, y casi siempre sacrifica una para salvar la otra. Si Dios fuera así, su gloria no sería comunión sino equilibrio inestable, un pacto de no agresión entre perfecciones rivales.

La Escritura enseña lo contrario. En Dios los atributos no se turnan, no se negocian ni se limitan unos a otros: cada uno asegura a los demás. La santidad garantiza que el amor sea puro; la verdad, que la misericordia sea auténtica; la inmutabilidad, que la fidelidad no se agote. Esta sección recorre esa sincronía en cinco pasos: parte del diagnóstico, el canje con que el ser humano intentó dividir a Dios (Romanos 1); recuerda luego la arquitectura de los atributos tal como la ha ordenado esta obra; expone nueve sincronías concretas, cada una probada desde la Torá, los Profetas, los Escritos y el Nuevo Testamento; se detiene en la Cruz, donde todas convergen; y concluye con el canje revertido: lo que Dios hizo en Cristo con las mismas palabras con que Pablo describió la caída.

El canje de la gloria (Romanos 1)

Pablo abre su exposición del evangelio con un diagnóstico, no con una promesa. “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Ro 1:18). No los acusa de ignorancia, pues lo que de Dios se conoce “les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó”: “su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo” (Ro 1:19–20). El problema es otro, y Pablo lo nombra con el vocabulario de la gloria:

Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.

(Ro 1:21)

“No le glorificaron” (οὐχ ὡς θεὸν ἐδόξασαν): no le dieron a Dios el peso que tiene. Lo que viene después no es un vacío, sino un intercambio: el ser humano no deja de adorar, sino que cambia el objeto de su adoración.

καὶ ἤλλαξαν τὴν δόξαν τοῦ ἀφθάρτου θεοῦ ἐν ὁμοιώματι εἰκόνος φθαρτοῦ ἀνθρώπου

y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.

(Ro 1:23)

Filología: Ro 1:23

ἤλλαξαν éllaxan ἀλλάσσω “Cambiaron”: transformar la naturaleza de una cosa en otra, hacerla diferente, sustituir el valor original por algo distinto. Aquí implica entregar la majestad divina a cambio de una representación finita.
δόξαν dóxan δόξα “La gloria”: en la Septuaginta, traducción de כָּבוֹד (kavod), el peso de Dios.
ἀφθάρτου afthártou φθείρω “Incorruptible”, frente a φθαρτοῦ, “corruptible”: el contraste es el centro del canje.
ὁμοιώματι homoiómati ὅμοιος “Semejanza”, copia, figura: la misma palabra de la Septuaginta en Dt 4:16–18 y Sal 106:20 [105:20].
εἰκόνος eikónos εἰκών “Imagen”: la palabra de Gn 1:26–27 LXX (κατ᾽ εἰκόνα). El hombre, hecho a imagen de Dios, termina haciendo a Dios a imagen del hombre.

Pablo no inventa el verso: lo teje con dos textos de la Torá y de los Escritos que todo judío conocía. El primero es la advertencia de Moisés en el Horeb: “ninguna figura visteis el día que Señor habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que se arrastre sobre la tierra” (Dt 4:15–18). En la Septuaginta, la lista de Moisés y la de Pablo coinciden casi palabra por palabra: ὁμοίωμα, εἰκών, hombre, ave, animal de la tierra, reptil. Pablo retrata, pues, a la humanidad haciendo exactamente lo que el Sinaí prohibió.

El segundo texto es la memoria del becerro de oro, tal como la canta el salmista y la denuncia el profeta:

Hicieron becerro en Horeb,
Se postraron ante una imagen de fundición.
Así cambiaron su gloria
Por la imagen de un buey que come hierba.

(Sal 106:19–20)

¿Acaso alguna nación ha cambiado sus dioses, aunque ellos no son dioses? Sin embargo, mi pueblo ha trocado su gloria por lo que no aprovecha.

(Jer 2:11)

Filología: Sal 106:20; Jer 2:11

וַיָּמִירוּ אֶת־כְּבוֹדָם vayamíru et-kevodam מור “Así cambiaron su gloria” (Sal 106:20; literalmente “y cambiaron”). En hifil, הֵמִיר significa permutar, dar una cosa a cambio de otra. Es el verbo técnico de Lv 27:10 para el que intenta sustituir un animal consagrado por otro: “no será cambiado ni trocado, bueno por malo, ni malo por bueno”.
הֵמִיר כְּבוֹדוֹ hemir kevodó מור “Ha trocado su gloria” (Jer 2:11). La Septuaginta traduce en ambos textos con ἀλλάσσω, el verbo de Ro 1:23: ἠλλάξαντο τὴν δόξαν αὐτῶν ἐν ὁμοιώματι (Sal 105:20 LXX).
בְּלוֹא יוֹעִיל belo yo’il יעל “Por lo que no aprovecha”: lo que no rinde, lo que no da ganancia. El canje es, además de idolatría, un mal negocio.

Leído sobre ese fondo, Romanos 1:23 afirma algo preciso: lo que Israel hizo una vez al pie del Sinaí es lo que la humanidad entera hace siempre. La Torá ya había dado al pecado su forma comercial: הֵמִיר, permutar lo santo por lo común. Jeremías, por su parte, añade el asombro de Dios: ninguna nación pagana cambia a sus dioses falsos, pero Israel cambió al verdadero. “Espantaos, cielos, sobre esto” (Jer 2:12). Dos versos después, Pablo recurre a un verbo todavía más fuerte:

ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.

(Ro 1:25)

Filología: Ro 1:25

μετήλλαξαν metéllaxan μεταλλάσσω “Cambiaron, intercambiaron, permutaron”: dar una cosa por otra; la preposición μετά subraya el traspaso. El mismo verbo vuelve en 1:26. Indica el acto consciente de entregar lo verdadero para adquirir lo falso.
ἐν τῷ ψεύδει en to pséudei ψεῦδος “Por la mentira”: con artículo, la mentira por excelencia, la idolatría.
ἐσεβάσθησαν esebásthesan σεβάζομαι “Honraron”, dieron veneración; junto a ἐλάτρευσαν, “dieron culto”.

Los dos verbos describen dos caras de un mismo acto. Ἀλλάσσω (v. 23) mira el resultado: una degradación, de la gloria incorruptible a una imagen que se pudre. Μεταλλάσσω (v. 25) mira la transacción: un intercambio, entregar la verdad para comprar la mentira. El ser humano no fue engañado contra su voluntad: hizo el trato.

El trato tuvo consecuencias, y Pablo las enuncia tres veces, como un estribillo, al decir lo que Dios hizo en respuesta: “Dios los entregó a la inmundicia” (1:24), “Dios los entregó a pasiones vergonzosas” (1:26), “Dios los entregó a una mente reprobada” (1:28). El verbo es en los tres casos παρέδωκεν, “entregó”. La ira de Dios que “se revela desde el cielo” (1:18) no es aquí un rayo, sino algo más terrible: Dios da al ser humano lo que eligió. El que cambió la gloria por la imagen recibe la imagen, y con ella la corrupción de la imagen. Esta palabra, παρέδωκεν, volverá al final de la sección, y en ella estará el evangelio.

Precisión

la Reina-Valera 1960 traduce ambos verbos con “cambiaron” (y הֵמִיר de Jer 2:11 con “ha trocado”); aquí se habla de “canje” para nombrar el intercambio. Los léxicos dan para μεταλλάσσω el sentido de “intercambiar”; los matices de trueque o tráfico comercial son lectura del autor, apoyada en el uso de מור en Lv 27:10. La alusión de Ro 1:23 a Sal 106:20 y Jer 2:11 es reconocida por los comentaristas (Moo, 1996); la coincidencia léxica con Dt 4:16–18 LXX es un dato del texto griego.

Lo que el ser humano dividió

El canje de Romanos 1 no consiste en negar a Dios, sino en fragmentarlo. La idolatría rara vez rechaza todo lo divino: selecciona, se queda con lo que le conviene de Dios y cambia el resto por una imagen a su medida.

El primer ejemplo se da en el mismo Sinaí. Cuando Aarón fundió el becerro, el pueblo no dijo que abandonaba al Dios del éxodo: “Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto”. Y “pregonó Aarón, y dijo: Mañana será fiesta para Señor” (Éx 32:4–5). Conservaron el Nombre, conservaron la fiesta y el relato de la liberación; cambiaron la gloria. Querían un dios que los sacara de Egipto, pero no al Dios santo que había hablado desde el fuego sin mostrar figura (Dt 4:15). Ese es el canje en su forma más pura, el poder de Dios sin su santidad.

Oseas describe la segunda forma, la de los dones sin el Dador. Israel, como esposa infiel, atribuía a Baal lo que recibía de Dios: “Y ella no reconoció que yo le daba el trigo, el vino y el aceite, y que le multipliqué la plata y el oro que ofrecían a Baal” (Os 2:8). Los dones eran reales y venían de Dios; lo falso era la gratitud, dirigida a otro, que es lo que Pablo denuncia en Ro 1:21: “ni le dieron gracias”.

Malaquías muestra la tercera forma: la misericordia separada de la justicia. Los contemporáneos del profeta decían: “Cualquiera que hace mal agrada a Señor, y en los tales se complace; o si no, ¿dónde está el Dios de justicia?” (Mal 2:17). Habían convertido la paciencia de Dios en indiferencia moral, y cuando la indiferencia no les servía, la convertían en acusación. Isaías ya había nombrado el resultado de esa división: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz!” (Is 5:20).

La historia de Afec, estudiada en este capítulo, completa la serie de ejemplos. Israel llevó el arca al campo de batalla porque quería la presencia de Dios sin la gloria del Dios del arca (1 S 4:3). El resultado fue Icabod. Visto así, cada ídolo es un Dios dividido: un dios de poder sin santidad, de amor sin verdad, de misericordia sin justicia, de presencia sin obediencia. El ser humano intenta quedarse con los dones y rechazar al Dador, buscar su poder y negar su santidad, recibir su misericordia y escapar de su justicia. Por eso la respuesta de Dios no podía consistir en devolverle solo una parte de lo perdido: tenía que mostrarle a Dios entero.

La arquitectura de los atributos

Antes de ver cómo se aseguran unos a otros, conviene recordar el orden en que esta obra los ha estudiado. La serie agrupó los atributos en tres preguntas: qué es Dios (Ser), quién es Dios (Identidad) y cómo se revela (Relación). Dentro de ese orden, algunos atributos cumplen, además de la suya propia, una función respecto de los demás. La Tabla 1 lo resume.

La arquitectura de los atributos: clasificación, término y función {#tab:arquitectura}
Clasificación Atributo Término Función en la sincronía Texto
I. Ser Uno אֶחָד ejad Base ontológica: unidad indivisible y absoluta de su ser. Dt 6:4
(¿qué es?) Espíritu רוּחַ rúaj Su esencia no material; fuente de toda vida. Jn 4:24
Amor חֶסֶד jésed Eje central: motor de su lealtad y amor de pacto. 1 Jn 4:8
II. Identidad Santo קָדוֹשׁ qadosh Anillo: rodea y permea cada atributo. Is 6:3
(¿quién es?) Eterno עוֹלָם olam Existencia sin principio ni fin. Sal 90:2
Soberano אֲדֹנָי Adonay Gobierno supremo y derecho sobre todo. Sal 115:3
Justo צֶדֶק tsedeq Norma impecable de rectitud y equidad. Sal 97:2
Inmutable לֹא שָׁנִיתִי lo shaniti Su carácter y sus promesas no varían. Mal 3:6
Omnipotente אֵל שַׁדַּי El Shadday Poder ilimitado y autosuficiencia total. Ap 19:6
Omnipresente מְלֹא כָל־הָאָרֶץ meló kol-haárets Presencia total en toda su creación. Sal 139:7–10
Omnisciente יָדַע yadá Conocimiento exhaustivo de lo real y lo posible. Sal 139:1–4
III. Relación Sabiduría חָכְמָה jojmá Sincronizador: ajusta los atributos en armonía. Pr 3:19
(¿cómo se revela?) Verdadero אֱמֶת emet Realidad última; firmeza y veracidad total. Jn 14:6
Misericordioso רַחֲמִים rajamim Compasión que nace de las entrañas (רֶחֶם, “útero”). Sal 103:13
Fiel אֱמוּנָה emuná Constancia absoluta en sus promesas y pactos. 2 Ti 2:13
Celo קִנְאָה qin’á Derivado: protección de su gloria y de su pueblo. Éx 34:14
Ira santa אַף af Derivado: reacción de su santidad contra el mal. Ro 1:18

Nota. Cuadro del autor. Gracia, Bondad y Paciencia, también de la dimensión de Relación, no figuran en el cuadro original; su lugar se ve en la Figura 2.

Cinco funciones sostienen esta arquitectura. La primera es la base: Dios es uno. “Oye, Israel: Señor nuestro Dios, Señor uno es” (Dt 6:4). La unidad no es un atributo más en la lista, sino la condición de todos: si Dios es uno, sus atributos no son partes de Dios ni fuerzas que habitan en Él, sino Dios mismo considerado desde distintos ángulos. Por eso no pueden estar en guerra. Jesús lo afirmó de los reinos: “toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá” (Mt 12:25). Un Dios dividido no sería Dios.

La segunda es el eje: Dios es amor. Juan lo dice dos veces en el mismo capítulo, “Dios es amor” (1 Jn 4:8, 16), y en ambas lo une a un acto: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo” (1 Jn 4:9). El amor de pacto (חֶסֶד) es el motor que mueve los demás atributos hacia la criatura; sin él, la omnipotencia sería mera fuerza, y la omnisciencia, mera vigilancia.

La tercera es el anillo: Dios es santo. Los serafines no dicen “amor, amor, amor” ni “poder, poder, poder”, sino “Santo, santo, santo” (Is 6:3); y en el Apocalipsis los seres vivientes unen la santidad al poder y a la eternidad: “Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir” (Ap 4:8). La santidad no se sitúa junto a los otros atributos, sino que los rodea y los califica a todos. El amor de Dios es amor santo; su poder es poder santo; su ira es ira santa.

La cuarta es el sincronizador: Dios es sabio. “Señor con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con inteligencia” (Pr 3:19). La sabiduría ordena y ajusta cada perfección al momento y a la medida justos. En Proverbios 8 la sabiduría habla de sí misma como de quien estaba junto a Dios “ordenándolo todo” (Pr 8:30).

La quinta función es la de los atributos derivados: el celo y la ira. No son perfecciones independientes que Dios podría tener o no tener, sino la forma que toman el amor y la santidad cuando se encuentran con el canje. El celo es el amor que no se deja compartir: “Señor, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es” (Éx 34:14), dicho precisamente después del becerro de oro. La ira es la santidad que se opone al mal: “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad” (Ro 1:18). Sin pecado no habría ira; pero mientras exista el canje, un Dios santo y amante no puede permanecer indiferente.

Precisión

la clasificación en tres dimensiones y la asignación de funciones (base, eje, anillo, sincronizador, derivados) son interpretación propia de esta obra sobre los textos citados. Los términos hebreos son los usados en cada capítulo de la serie; para “Omnipresente” se toma la frase de Is 6:3 y Jer 23:24 (מָלֵא, “lleno”), porque el hebreo bíblico no tiene un sustantivo para ese atributo.

Nueve sincronías

Con esa arquitectura a la vista es posible describir la sincronía con precisión. Cada atributo de Dios asegura a otro: no lo limita ni lo corrige, sino que garantiza que sea lo que es. La Tabla 2 reúne las nueve sincronías que esta obra propone, más la unidad que las contiene a todas y la Cruz donde convergen. A continuación se expone cada una desde la Escritura.

Cuadro de sincronías: lo que cada atributo asegura {#tab:sincronia}
N.º Atributo Asegura que… Texto
1 Santidad (qadosh) su amor sea puro, su omnipotencia sea siempre limpia (sin pecado) y su ira sea santa. Is 6:3
2 Sabiduría (jojmá) su justicia sea aplicada con misericordia y respaldada por la verdad. Sal 85:10 [85:11]
3 Eternidad (olam) su soberanía sea un reino sin principio ni fin. Sal 145:13
4 Omnisciencia (yadá) su justicia sea siempre informada, perfecta y sin error. He 4:13
5 Inmutabilidad (lo shaniti) su fidelidad y sus promesas sean irrevocables, y su pacto no cambie a pesar del error humano. Ro 11:29
6 Espíritu (rúaj) su omnipresencia sea una realidad constante que trasciende toda barrera física. Jn 4:24
7 Verdad (emet) su misericordia sea auténtica y nunca comprometa su carácter santo. Sal 89:14 [89:15]
8 Celo (qin’á) la restauración de su reino soberano sea una garantía absoluta. Is 9:7 [9:6]
9 Omnipotencia (El Shadday) su gracia sea eficaz y suficiente para sostener a toda la creación. 2 Co 12:9
– Unidad (ejad) todos sus atributos operen en una armonía indivisible, como un solo acto eterno. Dt 6:4
– La Cruz la plenitud de todos sus atributos converja en un solo acto de reconciliación. Col 1:19–20

Nota. Cuadro del autor. Entre corchetes, la numeración del texto hebreo (TM) cuando difiere de la española.

Precisión

la asignación de cada par (qué atributo asegura a cuál) es interpretación propia de esta obra, construida sobre los textos citados; no es una categoría de la teología clásica. Lo que sí es dato bíblico es que los textos unen esos atributos en un mismo verso o en un mismo acto, como se muestra a continuación.

1. La santidad asegura que el amor, el poder y la ira sean puros

Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.

(Is 6:3)

El texto ancla de la santidad es también un texto de gloria, porque los serafines no proclaman dos cosas distintas, sino una sola vista desde dos lados: lo que Dios es en sí (קָדוֹשׁ, apartado, otro) y lo que llena la tierra cuando se manifiesta (כְּבוֹדוֹ, su peso). La gloria es la santidad hecha visible; la santidad es la gloria considerada en su raíz. Por eso Isaías, al oírlo, no experimenta admiración, sino ruina: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey” (Is 6:5).

La santidad asegura, en primer lugar, que el poder de Dios sea limpio. Habacuc lo expresa con una paradoja: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio” (Hab 1:13). Dios todo lo ve, pero hay algo que no puede mirar con complacencia, y por eso su omnipotencia nunca se pondrá al servicio del mal. El cántico del mar ya había unido ambas perfecciones: “¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Éx 15:11). El Salmo 99 las asocia, además, con la justicia: “El es santo. Y la gloria del rey ama el juicio” (Sal 99:3–4).

Asegura, en segundo lugar, que la ira sea santa y no humana. El texto decisivo se encuentra en Oseas, en uno de los pasajes más conmovedores de los Profetas:

¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel?… Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín; porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti; y no entraré en la ciudad.

(Os 11:8–9)

Filología: Os 11:9

חֲרוֹן אַפִּי jarón apí חרה “El ardor de mi ira”: la ira encendida (אַף, “nariz”, la ira que resopla).
אֵל אָנֹכִי וְלֹא־אִישׁ El anojí veló-ish אֵל “Dios soy, y no hombre”: el fundamento de la contención. Un hombre ofendido destruiría; Dios no.
בְּקִרְבְּךָ קָדוֹשׁ beqirbejá qadosh קדשׁ “El Santo en medio de ti”: la santidad aparece aquí como razón de la misericordia, no del castigo.

Cabría esperar el argumento inverso, “soy santo, por eso te destruiré”; Oseas, en cambio, dice: “soy santo, por eso no te destruiré”. La santidad de Dios no es solo su separación del pecado, sino también su distancia respecto de la manera humana de reaccionar ante el pecado. La ira humana es desproporcionada, rencorosa, impulsiva; la ira de Dios es exacta, porque es santa. La misma santidad que la gobierna asegura, en tercer lugar, que el amor sea puro: “como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos” (1 P 1:15, citando Lv 11:44). El amor de Dios nunca es complicidad: ama al pecador con un amor que quiere hacerlo santo.

2. La sabiduría asegura que la justicia vaya con misericordia y verdad

Señor con sabiduría fundó la tierra;
Afirmó los cielos con inteligencia.

(Pr 3:19)

Filología: Pr 3:19; 8:30

בְּחָכְמָה יָסַד־אָרֶץ bejojmá yásad-árets יסד “Con sabiduría fundó la tierra”: יָסַד es poner cimientos; la sabiduría está en la base de todo lo creado.
אָמוֹן amón אמן Pr 8:30, “ordenándolo todo” en la RVR1960: artífice, maestro de obras; otros leen “niño criado”. La sabiduría está junto a Dios como quien ajusta cada pieza.

La sabiduría no consiste solo en saber mucho, sino en saber ajustar. Quien construye con sabiduría pone cada pieza donde debe ir, ni antes ni después, ni más ni menos. Aplicada a los atributos, la sabiduría impide que la justicia de Dios sea ciega o que su misericordia sea arbitraria. El salmo de la sincronía, que se verá enseguida, lo condensa en una imagen: “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Sal 85:10). Que se encuentren no es casualidad, sino obra de sabiduría.

Pablo llega a la misma conclusión al final de su argumento más largo. Después de tres capítulos sobre la elección, el endurecimiento y la restauración de Israel (Ro 9–11), resume: “Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (Ro 11:32). Y entonces, en lugar de seguir explicando, adora:

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!

(Ro 11:33)

La doxología es precisa: lo que provoca el asombro de Pablo es que Dios haya unido el juicio (“sujetó a todos en desobediencia”) y la misericordia (“para tener misericordia de todos”) en un solo plan, y eso es sabiduría. De ahí que la sabiduría de Dios tenga, en el Nuevo Testamento, un rostro: “Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios” (1 Co 1:24), “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Co 1:30). En Cristo la sabiduría trae consigo, en el mismo verso, la justicia y la santidad.

El judaísmo dio forma a la misma intuición con una parábola. Al comentar que Génesis 2:4 une los dos nombres, “Señor Dios” (יְהוָה אֱלֹהִים), el midrás compara a Dios con un rey que tenía copas vacías y delicadas: si echaba en ellas agua caliente, se rompían; si echaba agua fría, se agrietaban; así que mezcló la caliente con la fría y las llenó. Dios razona del mismo modo: si crea el mundo solo con la medida de la misericordia, abundará el pecado; si lo crea solo con la medida del juicio, el mundo no podrá subsistir; por eso lo crea con ambas (Bereshit Rabá 12:15). Rashi recoge la tradición al comentar Gn 1:1: al principio Dios pensó crear el mundo con la medida del juicio, vio que no subsistiría, y antepuso la medida de la misericordia, uniéndola a la del juicio (Rashi a Gn 1:1).

Precisión

interpretación rabínica. La asociación de Elohim con el juicio y del Nombre con la misericordia es un principio de lectura, no una regla gramatical (véase el capítulo de la justicia). Lo que el midrás llama “mezcla” de medidas, Pablo lo atribuye a la sabiduría de Dios y lo ve cumplido en Cristo.

3. La eternidad asegura que la soberanía no tenga fin

מַלְכוּתְךָ מַלְכוּת כָּל־עֹלָמִים וּמֶמְשַׁלְתְּךָ בְּכָל־דּוֹר וָדֹר

Tu reino es reino de todos los siglos,
Y tu señorío en todas las generaciones.

(Sal 145:13)

Filología: Sal 145:13

מַלְכוּת כָּל־עֹלָמִים maljut kol-olamim עלם “Reino de todos los siglos”: olamim, plural de עוֹלָם; no un reino que dura mucho, sino uno que abarca todas las edades.
מֶמְשַׁלְתְּךָ memshaltejá משׁל “Tu señorío”, tu dominio efectivo.
בְּכָל־דּוֹר וָדֹר bejol-dor vador דור “En todas las generaciones”, literalmente “en toda generación y generación”: el reino no salta ninguna.

Una soberanía que pudiera terminar sería apenas un gobierno de turno. La historia está llena de ellos, y Daniel los vio desfilar como metales de una estatua que una piedra hace polvo; frente a todos, “el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido” (Dn 2:44). Es la eternidad de Dios la que distingue su soberanía del poder humano. El primer canto de Israel después del mar termina con esa confesión: “Señor reinará eternamente y para siempre” (Éx 15:18). Es la primera vez que la Torá afirma que Dios reina, y lo afirma en tiempo eterno.

El testimonio más llamativo procede de un rey pagano. Nabucodonosor, después de haber perdido la razón por su orgullo, la recupera para confesar lo mismo que el salmo: “bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades” (Dn 4:34). El hombre más poderoso de su tiempo aprendió que su reino tenía fecha de término y el de Dios no. El ángel anunciará lo mismo de Jesús, con las mismas palabras: “reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1:33). Pablo lo resume en una doxología que une eternidad, soberanía y gloria: “al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos” (1 Ti 1:17).

4. La omnisciencia asegura que la justicia no yerre

Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.

(He 4:13)

Filología: He 4:13

ἀφανής afanés φαίνω “Oculta, no manifiesta”: con la ἀ- privativa, nada escapa a la vista.
γυμνά gymná γυμνός “Desnudas”: sin cubierta.
τετραχηλισμένα tetrajelisména τράχηλος “Abiertas”: de τράχηλος, “cuello”; expuestas como el cuello que se descubre.
πρὸς ὃν ἡμῖν ὁ λόγος pros hon hemín ho lógos λόγος “A quien tenemos que dar cuenta”: el que todo lo ve es el mismo ante quien se rinde cuentas.

El verso une en una sola frase el conocimiento y el juicio: los ojos que lo ven todo son los del juez, y esa unión hace posible una justicia perfecta. La justicia humana falla casi siempre por falta de información, porque el juez no sabe lo que pasó, no ve el corazón y se deja llevar por las apariencias. Con Dios no ocurre así. Cuando Samuel iba a ungir al hijo mayor de Isaí por su estatura, oyó: “Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Señor mira el corazón” (1 S 16:7). Jeremías reúne ambas cosas en una sola frase: “Yo Señor, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino” (Jer 17:10). Dios escudriña para dar.

La Torá lo ilustra con un relato. Antes de juzgar a Sodoma, Dios dice: “descenderé ahora, y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí; y si no, lo sabré” (Gn 18:21). No es que Dios necesite informarse: el texto quiere que el lector sepa que el juicio de Dios nunca se pronuncia de oídas. Por eso Abraham puede apelar con confianza: “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn 18:25). Isaías lo afirma del Mesías: “No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos; sino que juzgará con justicia a los pobres” (Is 11:3–4). Y Pablo lo aplica al juicio final: el Señor “aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones” (1 Co 4:5).

Precisión

el lenguaje de Gn 18:21 (“descenderé… y veré”) es antropomórfico; la lectura que se da aquí, que el texto subraya el carácter informado del juicio, es interpretación del autor.

5. La inmutabilidad asegura que la fidelidad sea irrevocable

Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.

(Ro 11:29)

Filología: Ro 11:29

ἀμεταμέλητα ametaméleta μεταμέλομαι “Irrevocables”: literalmente “sin arrepentimiento”, que no se retracta. La ἀ- privativa niega el cambio de parecer.
χαρίσματα jarísmata χάρις “Dones”: regalos de gracia.
κλῆσις klésis καλέω “Llamamiento”: la elección y vocación de Israel (Ro 11:28).

El contexto confiere al verso todo su peso. Pablo acaba de decir que Israel, en cuanto al evangelio, es “enemigo”, pero “en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres” (Ro 11:28). Si el llamamiento de Dios dependiera de la respuesta humana, el canje lo habría anulado; no lo anuló porque Dios no cambia de parecer. La fidelidad de Dios no es una virtud que Él ejerce con esfuerzo, como un hombre que cumple su palabra a pesar de las ganas; es la expresión de que Dios no puede ser otro del que es. Malaquías se lo había dicho a un pueblo cansado:

כִּי אֲנִי יְהוָה לֹא שָׁנִיתִי וְאַתֶּם בְּנֵי־יַעֲקֹב לֹא כְלִיתֶם

Porque yo Señor no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.

(Mal 3:6)

Filología: Mal 3:6; Lm 3:22

לֹא שָׁנִיתִי lo shaniti שׁנה “No cambio”, “no he cambiado”: la raíz de “repetir, alterar”.
לֹא כְלִיתֶם lo jelitem כלה “No habéis sido consumidos”: de כָּלָה, acabarse, llegar a su fin.
לֹא־כָלוּ רַחֲמָיו lo-jalu rajamav כלה Lm 3:22, “nunca decayeron sus misericordias”: la misma raíz. Israel no se acabó porque las misericordias de Dios no se acabaron.

Malaquías razona como Pablo: la supervivencia de Israel no se explica por Israel, sino por la inmutabilidad de Dios. Jeremías, sobre las ruinas de Jerusalén, llega al mismo lugar desde el dolor: “Por la misericordia de Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lm 3:22–23). Balaam, contratado para maldecir, tuvo que admitirlo: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará?” (Nm 23:19). Y Hebreos explica por qué Dios añadió un juramento a su promesa: para mostrar “la inmutabilidad de su consejo”, de modo que “por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo” (He 6:17–18). Pablo lo lleva al extremo: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; El no puede negarse a sí mismo” (2 Ti 2:13).

6. El Espíritu asegura que la presencia no tenga fronteras

Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

(Jn 4:21, 24)

Filología: Jn 4:24

πνεῦμα ὁ θεός pneuma ho theós πνέω “Dios es Espíritu”: πνεῦμα va sin artículo y en primer lugar; describe la naturaleza de Dios, no una de sus personas.
ἐν πνεύματι καὶ ἀληθείᾳ en pneúmati kai aletheía ἀλήθεια “En espíritu y en verdad”: la adoración corresponde a lo que Dios es.

La samaritana planteaba una cuestión de geografía: ¿Gerizim o Jerusalén? (Jn 4:20). Jesús responde con una afirmación sobre la naturaleza de Dios: porque Dios es Espíritu, no está atado a un monte. Su ser espiritual asegura que la omnipresencia sea real: un dios material ocuparía un lugar y faltaría en otro; Dios, que no es materia, llena todo sin dividirse. Salomón ya lo había intuido al dedicar el templo: “los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?” (1 R 8:27). Y el salmista lo había expresado poniendo los dos términos en paralelo: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Sal 139:7). Rúaj y panim, espíritu y rostro, son el mismo Dios que no deja lugar sin llenar: “¿No lleno yo, dice Señor, el cielo y la tierra?” (Jer 23:24).

Pablo lo predicó en Atenas, ante los templos de la ciudad: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay… no habita en templos hechos por manos humanas… aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hch 17:24, 27–28). La sincronía es exacta: el Dios que no cabe en ningún lugar es, precisamente por eso, el que está cerca de todos.

Precisión

Jesús no niega el lugar de Jerusalén en la historia de la salvación: en el mismo diálogo afirma que “la salvación viene de los judíos” (Jn 4:22). Lo que anuncia es que la adoración ya no dependerá de un lugar, porque la presencia de Dios se da ahora en Él y por el Espíritu.

7. La verdad asegura que la misericordia sea auténtica

צֶדֶק וּמִשְׁפָּט מְכוֹן כִּסְאֶךָ חֶסֶד וֶאֱמֶת יְקַדְּמוּ פָנֶיךָ

Justicia y juicio son el cimiento de tu trono;
Misericordia y verdad van delante de tu rostro.

(Sal 89:14 [89:15])

Filología: Sal 89:14 (89:15)

מְכוֹן mejón כון “Cimiento”: base firme, lugar establecido.
חֶסֶד וֶאֱמֶת jésed ve’emet אמן “Misericordia y verdad”: el par de Éx 34:6, “grande en misericordia y verdad”. Emet es lo firme, lo que se sostiene.
יְקַדְּמוּ yeqadmu קדם “Van delante”: salen al frente, preceden como heraldos.

El salmo dibuja un trono: por debajo, como cimiento, la justicia y el juicio; por delante, como heraldos, la misericordia y la verdad. Ningún atributo cede su lugar al otro, y la misericordia nunca camina sola, sino acompañada de la verdad. La pareja está presente desde la revelación del Nombre, “grande en misericordia y verdad” (Éx 34:6), y los Salmos la repiten: “Todas las sendas de Señor son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto” (Sal 25:10).

¿Por qué importa esta compañía? Porque una misericordia sin verdad sería sentimentalismo o engaño: una indulgencia que disimula el pecado en lugar de perdonarlo, una promesa que no se puede cumplir. La verdad asegura que, cuando Dios perdona, el perdón sea real; que, cuando promete, la promesa se cumpla; que su compasión nunca comprometa su propio carácter. Por eso Juan, al presentar al Verbo hecho carne, retoma exactamente el par del Sinaí: “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1:14); “la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Jn 1:17).

Pablo lo aplica a la misión de Cristo con notable precisión:

Pues os digo, que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres, y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia.

(Ro 15:8–9)

Para Israel, Cristo es la prueba de la verdad de Dios, porque las promesas a los padres se cumplieron; para las naciones, la prueba de su misericordia, porque los que no tenían promesa reciben gracia. Un mismo Cristo, en un mismo acto, muestra ambas, y el resultado es la gloria: “para que los gentiles glorifiquen a Dios”. Si la incredulidad humana pudiera anular la fidelidad de Dios, la misericordia no tendría dónde apoyarse; pero Pablo responde: “De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Ro 3:4).

8. El celo asegura que la restauración del reino sea cierta

קִנְאַת יְהוָה צְבָאוֹת תַּעֲשֶׂה־זֹּאת

Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Señor de los ejércitos hará esto.

(Is 9:6–7 [9:5–6])

Filología: Is 9:7 (9:6)

קִנְאַת יְהוָה qin’at YHWH קנא “El celo del Señor”: el amor ardiente que no tolera rival y defiende lo suyo.
תַּעֲשֶׂה־זֹּאת ta’asé-zot עשׂה “Hará esto”: el sujeto del verbo es el celo mismo. No es una ayuda para que el reino llegue; es la garantía de que llegará.
אֵין־קֵץ en-qets קצץ “No tendrán límite”: sin fin, sin término.

La frase final de Isaías 9 funciona como una firma. Todo lo anterior, el niño, los nombres, el trono de David, la paz sin límite y la justicia para siempre, depende de una sola cosa: el celo de Dios. La misma fórmula aparece solo dos veces más en la Biblia, y en un mismo contexto: cuando Asiria tenía sitiada Jerusalén y parecía que no quedaría nada, Isaías anunció: “de Jerusalén saldrá un remanente, y del monte de Sion los que se salven. El celo de Señor de los ejércitos hará esto” (Is 37:32; 2 R 19:31). En los tres textos el celo de Dios garantiza un futuro que, mirado desde la historia humana, era imposible.

El celo, que en el Sinaí apareció como amenaza contra la idolatría (Éx 34:14), se revela aquí como lo que es en el fondo: amor que no abandona lo que es suyo. Zacarías lo declara al pueblo que volvió del exilio: “Celé con gran celo a Jerusalén y a Sion… Por tanto, así ha dicho Señor: Yo me he vuelto a Jerusalén con misericordia; en ella será edificada mi casa” (Zac 1:14, 16). Y Ezequiel une el celo con la misericordia y con el Nombre: “Ahora volveré la cautividad de Jacob, y tendré misericordia de toda la casa de Israel, y me mostraré celoso por mi santo nombre” (Ez 39:25). El mismo celo que castigó el canje asegura la restauración. Cuando Jesús purificó el templo, los discípulos recordaron el salmo: “El celo de tu casa me consume” (Jn 2:17, citando Sal 69:9). El celo de Dios por su casa terminó consumiendo al Hijo, y en ello tiene su fundamento el reino de Is 9.

Precisión

numeración: Is 9:6–7 en la RVR1960 corresponde a 9:5–6 en el texto hebreo. En 2 R 19:31 la frase “de los ejércitos” (צְבָאוֹת) se lee en el margen masorético (qeré) y no en el texto consonántico (ketiv).

9. La omnipotencia asegura que la gracia baste

Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.

(2 Co 12:9)

Filología: 2 Co 12:9

ἀρκεῖ σοι ἡ χάρις μου arkei soi he jaris mou ἀρκέω “Bástate mi gracia”: ser suficiente, alcanzar. En presente: la gracia basta ahora y sigue bastando.
τελεῖται teleitai τελέω “Se perfecciona”: llega a su meta, se cumple. El poder de Dios alcanza su expresión plena justamente donde la fuerza humana se acaba.
ἐπισκηνώσῃ episkenóse σκηνή “Repose sobre mí”, literalmente “ponga su tienda sobre mí”: la palabra del tabernáculo (σκηνή). El poder de Cristo habita en el débil como la gloria habitaba en la tienda.

Pablo había pedido tres veces que se le quitara el aguijón (2 Co 12:8). No recibió la fuerza que pedía, sino la gracia que necesitaba, y la razón que se le dio fue el poder: la gracia basta porque detrás de ella está la omnipotencia. Una gracia sin poder sería buena intención, y un poder sin gracia, amenaza. En Dios, el poder hace que la gracia sea eficaz, y la gracia es la forma que toma el poder cuando se inclina hacia el débil.

La Torá lo había mostrado ya en el primer uso del nombre El Shadday. Dios se presentó así a un hombre de noventa y nueve años sin hijo de la promesa: “Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto” (Gn 17:1). Pablo lo comenta: Abraham “no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto… plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido” (Ro 4:19, 21). La omnipotencia se ofreció como sostén de una promesa de gracia, y Pablo une en sus cartas las dos palabras una y otra vez: “poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia” (2 Co 9:8); “a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef 3:20). La medida de ese poder es la resurrección: “la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos… la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos” (Ef 1:19–20).

Precisión

la conexión de ἐπισκηνόω con el tabernáculo es etimológica (σκηνή, “tienda”); su lectura como eco de la gloria que habitaba en la tienda (Éx 40:34; Jn 1:14, ἐσκήνωσεν) es interpretación del autor, compartida por varios comentaristas (Harris, 2005).

La unidad: un solo acto eterno

שְׁמַע יִשְׂרָאֵל יְהוָה אֱלֹהֵינוּ יְהוָה אֶחָד

Oye, Israel: Señor nuestro Dios, Señor uno es.

(Dt 6:4)

Las nueve sincronías descansan en una afirmación que no es una sincronía más, sino la que las hace posibles. Si Dios es uno, sus atributos no son partes que haya que coordinar desde fuera: la santidad no es una pieza y la misericordia otra, unidas por un acuerdo, sino que cada atributo es Dios entero, y por eso cada uno está presente en los demás. Cuando Dios perdona, perdona el Dios santo; cuando juzga, juzga el Dios misericordioso. Sus atributos operan en una armonía indivisible, como un solo acto eterno.

El Shemá, que el judaísmo recita cada mañana y cada noche, tiene una promesa de futuro en los Profetas: “Y Señor será rey sobre toda la tierra. En aquel día Señor será uno, y uno su nombre” (Zac 14:9). Lo que Israel confiesa lo reconocerá el mundo entero. Pablo, judío formado en el Shemá, lo reformula en Cristo sin romperlo: “para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas” (1 Co 8:6). El “uno” de Dt 6:4 se reparte entre “un Dios” y “un Señor” sin dejar de ser uno, como Jesús lo dijo: “Yo y el Padre uno somos” (Jn 10:30).

La tradición rabínica percibió con agudeza la tensión entre los atributos y la llevó a un lugar inesperado: la oración de Dios mismo. El Talmud pregunta qué oración eleva el Santo, bendito sea, y responde: “Sea mi voluntad que mi misericordia sujete mi ira, y que mi misericordia se sobreponga a mis atributos” (Berajot 7a). La intuición es profunda: el conflicto entre la ira y la misericordia, si existe, solo puede resolverse dentro de Dios.

Precisión

interpretación rabínica, en lenguaje deliberadamente antropomórfico. La lectura cristiana coincide en que la resolución está en Dios mismo, pero no la ve como la victoria de un atributo sobre otro, sino como el acto en que todos se cumplen a la vez: la Cruz, donde la ira no fue vencida por la misericordia, sino satisfecha por ella.

Dos salmos ponen en palabras esa unidad. El 89, ya citado, la describe como un trono; el 85, como un encuentro, y lo hace en un contexto que no es casual, pues el salmista pide que la gloria vuelva a habitar en la tierra:

Ciertamente cercana está su salvación a los que le temen,
Para que habite la gloria en nuestra tierra.
La misericordia y la verdad se encontraron;
La justicia y la paz se besaron.
La verdad brotará de la tierra,
Y la justicia mirará desde los cielos.

(Sal 85:9–11 [85:10–12])

Filología: Sal 85:9–11 (85:10–12)

לִשְׁכֹּן כָּבוֹד lishkón kavod שׁכן “Para que habite la gloria”: de שָׁכַן, habitar, la raíz de mishkán y de Shejiná.
נִפְגָּשׁוּ nifgashu פגשׁ “Se encontraron”: forma nifal con sentido recíproco; salen uno al encuentro del otro.
צֶדֶק וְשָׁלוֹם tsedeq veshalom שׁלם “Justicia y paz”: rectitud e integridad, estar completo.
נָשָׁקוּ nashaqu נשׁק “Se besaron”: el gesto de reconciliación y de saludo.

El orden del salmo resume el argumento de toda esta sección: primero se acerca la salvación, luego la gloria vuelve a habitar, y la forma de esa gloria es el encuentro de los atributos. La gloria que el canje había expulsado vuelve cuando la misericordia y la verdad, la justicia y la paz, dejan de estar separadas. La verdad sube desde la tierra y la justicia mira desde el cielo, de modo que cielo y tierra se encuentran. El salmo no dice cómo ocurrirá; el Nuevo Testamento sí lo dice.

Las Figuras 1 y 2 representan esta red: la primera muestra qué atributo asegura a cuál; la segunda, las tres zonas del Ser, la Identidad y la Relación.

Punto de convergencia: la Cruz

Todo el cuadro desemboca en un solo acto, y Pablo lo canta en el himno de Colosenses, que une la plenitud de Dios, la reconciliación y la paz del Salmo 85.

ὅτι ἐν αὐτῷ εὐδόκησεν πᾶν τὸ πλήρωμα κατοικῆσαι καὶ δι᾽ αὐτοῦ ἀποκαταλλάξαι τὰ πάντα εἰς αὐτόν

por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

(Col 1:19–20)

Filología: Col 1:19–20

πᾶν τὸ πλήρωμα pan to plérōma πληρόω “Toda la plenitud”: la totalidad de lo que Dios es; en 2:9, “toda la plenitud de la Deidad”.
κατοικῆσαι katoikēsai οἰκέω “Habitar” de modo permanente, establecerse; no una visita.
ἀποκαταλλάξαι apokatalláxai ἀλλάσσω “Reconciliar plenamente”: doble prefijo (ἀπο-, κατα-) sobre el verbo del canje de Ro 1:23.
εἰρηνοποιήσας eirēnopoiésas εἰρήνη “Haciendo la paz”: el shalom de Sal 85:10 hecho en la sangre de la cruz.

“Toda plenitud” no designa una parte de Dios. Si en Cristo habita toda la plenitud, en Él están todos los atributos, y están juntos. Por eso, cuando Pablo dice dónde se hizo la paz, no nombra un atributo, sino un lugar, “la sangre de su cruz”, donde actúan a la vez los atributos que en el ser humano se oponen. Donde Pablo lo explica con más detalle es en Romanos 3, justo después de haber dicho que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23).

siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

(Ro 3:24–26)

Filología: Ro 3:24–26

δωρεάν τῇ αὐτοῦ χάριτι doreán te autou járiti χάρις “Gratuitamente por su gracia”: de regalo, sin pago.
ἱλαστήριον hilastérion ἱλάσκομαι “Propiciación”: en la Septuaginta es el nombre del propiciatorio, la cubierta del arca (Éx 25:17, ἱλαστήριον; hebreo כַּפֹּרֶת, kapóret), donde se rociaba la sangre en el Día de la Expiación (Lv 16:14–15).
ἔνδειξιν τῆς δικαιοσύνης éndeixin tes dikaiosýnes δείκνυμι “Para manifestar su justicia”: demostración pública. Se repite dos veces (vv. 25 y 26).
ἐν τῇ ἀνοχῇ en te anojé ἀνέχω “En su paciencia”: contención, tolerancia que retiene el juicio.
δίκαιον καὶ δικαιοῦντα díkaion kai dikaioúnta δίκαιος “El justo, y el que justifica”: el mismo Dios, en el mismo acto, es justo y declara justo.

En tres versos aparecen la gracia, la justicia, la paciencia y la propiciación, y ninguna cede ante las otras. El problema que Pablo resuelve es real: durante siglos Dios había “pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados”. Esa paciencia, sin la cruz, habría puesto en duda su justicia, como lo sospechaban los contemporáneos de Malaquías (Mal 2:17). En la cruz Dios demuestra que nunca fue indiferente, porque el pecado que pasó por alto no quedó sin juicio, sino que fue juzgado en Cristo. Así Dios puede ser, al mismo tiempo y sin contradicción, “el justo, y el que justifica”. Un juez humano que absuelve al culpable deja de ser justo; Dios lo absuelve y es más justo que nunca, porque el castigo fue cargado sobre otro. Isaías ya lo había visto: “él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él… mas Señor cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is 53:5–6). “El castigo de nuestra paz”: el shalom del Salmo 85 se obtuvo al precio del castigo.

Así, en la Cruz cada atributo hace lo suyo, y lo hace junto con los demás. La ira fue satisfecha: “estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Ro 5:9). La justicia fue honrada: “a fin de que él sea el justo” (Ro 3:26). La misericordia fue derramada: “siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Ro 5:10). El amor fue mostrado: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8). La santidad fue vindicada, porque el pecado no se ignoró, sino que se juzgó. La sabiduría y el poder se vieron donde el mundo solo veía locura y debilidad: “la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Co 1:18). La verdad y la fidelidad se cumplieron: “todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén… para la gloria de Dios” (2 Co 1:20). La soberanía y la omnisciencia no fueron sorprendidas por la maldad de los hombres: Jesús fue “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch 2:23). Y la ofrenda se hizo “mediante el Espíritu eterno” (He 9:14). La Tabla 3 reúne este recorrido.

Los atributos de Dios en la Cruz {#tab:cruz}
Atributo Lo que ocurrió en la Cruz Texto
Santidad El pecado no se ignoró: fue juzgado. Hab 1:13; Ro 3:25
Justicia Dios es el justo y el que justifica. Ro 3:26
Ira santa Fue satisfecha; los justificados son salvos de ella. Ro 5:9; Is 53:5
Amor Se mostró en que Cristo murió por pecadores. Ro 5:8; 1 Jn 4:10
Misericordia y gracia Enemigos reconciliados, justificados gratuitamente. Ro 5:10; 3:24
Paciencia Los pecados pasados, tolerados, fueron juzgados en Cristo. Ro 3:25
Sabiduría y poder Lo que parecía locura y debilidad es poder de Dios. 1 Co 1:18, 24
Verdad y fidelidad Todas las promesas son en él Sí y Amén. 2 Co 1:20; Ro 15:8
Soberanía y omnisciencia Entregado por el consejo y el conocimiento previo de Dios. Hch 2:23; 4:27–28
Espíritu y eternidad Cristo se ofreció mediante el Espíritu eterno. He 9:14
Celo El celo por la casa de Dios consumió al Hijo. Jn 2:17
Unidad Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo. 2 Co 5:19

Nota. Cuadro del autor sobre los textos citados.

El Salmo 85 encuentra aquí su cumplimiento: lo que el salmista vio como un encuentro entre la misericordia y la verdad, entre la justicia y la paz, Pablo lo ve realizado en una persona: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno… y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz” (Ef 2:14, 16–17). La paz que besó a la justicia tiene nombre, y la reconciliación entre los atributos engendra la reconciliación entre los pueblos.

Precisión

la correspondencia entre cada atributo y lo ocurrido en la Cruz es síntesis del autor sobre los textos citados. La lectura de Ef 2:14–17 como cumplimiento de Sal 85:10 es interpretación propia: Pablo no cita el salmo, aunque el vocabulario de la paz (εἰρήνη) y la reconciliación lo evoca.

El canje revertido

Queda una última observación, la que cierra el argumento de Romanos 1: las palabras con que Pablo describió la caída vuelven, una por una, en su descripción de la obra de Cristo. No se trata de un adorno retórico, sino del modo en que Pablo muestra que la Cruz no repara una parte del daño, sino que deshace el canje entero.

La primera palabra es imagen. La humanidad cambió la gloria de Dios por la “imagen” (εἰκών) de hombre corruptible (Ro 1:23). En Cristo, Dios responde con la Imagen verdadera: “El es la imagen (εἰκών) del Dios invisible” (Col 1:15); “la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Co 4:4). Lo que el canje había deformado en el ser humano se restaura conforme a esa imagen: Dios predestinó a los suyos “para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro 8:29); el nuevo hombre “conforme a la imagen del que lo creó se va renovando” (Col 3:10), con eco directo de Gn 1:26–27; y los que miran la gloria del Señor “somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Co 3:18). En Ro 1 el hombre hizo a Dios a imagen del hombre; en Cristo, Dios rehace al hombre a imagen de Dios.

La segunda palabra es la mentira. La humanidad cambió “la verdad de Dios por la mentira” (ἐν τῷ ψεύδει, Ro 1:25). En Efesios, Pablo describe la conversión como el canje inverso:

si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús… y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo.

(Ef 4:21, 24–25)

“Desechando la mentira” (ἀποθέμενοι τὸ ψεῦδος): con artículo, como en Ro 1:25. Lo que se había adquirido a cambio de la verdad se deja a un lado, y la verdad regresa, ahora con un nombre: “la verdad que está en Jesús”. El nuevo hombre es creado “en la justicia y santidad de la verdad”: tres atributos de Dios, juntos otra vez, en la criatura que los había dividido.

La tercera palabra es la más honda: entregó. Tres veces había dicho Pablo que, ante el canje, “Dios los entregó” (παρέδωκεν, Ro 1:24, 26, 28). El mismo verbo vuelve en el corazón de la carta:

El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?

(Ro 8:32)

Filología: Ro 1:24; 4:25; 8:32

παρέδωκεν αὐτούς parédōken autoús παραδίδωμι “Los entregó” (Ro 1:24, 26, 28): Dios entrega a los hombres a las consecuencias del canje.
παρεδόθη paredóthe παραδίδωμι “Fue entregado por nuestras transgresiones” (Ro 4:25): el Hijo entregado en lugar de ellos.
παρέδωκεν αὐτόν parédōken autón παραδίδωμι “Lo entregó por todos nosotros” (Ro 8:32): el mismo verbo, ahora con el Hijo por objeto.

Dios entregó a los hombres a lo que habían elegido, y luego entregó a su Hijo para rescatarlos de ello. Cristo “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Ro 4:25). La ira de Ro 1:18 y el amor de Ro 8:32 se expresan con la misma palabra, y en la Cruz se encuentran: el Hijo es entregado a la ira para que los que habían sido entregados al pecado sean entregados a la gracia.

Resta el verbo del canje mismo. El ser humano “cambió” (ἀλλάσσω) la gloria; Dios “reconcilia” (καταλλάσσω, ἀποκαταλλάσσω), con un compuesto de la misma raíz: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Co 5:19); quiso “por medio de él reconciliar consigo todas las cosas” (Col 1:20). Y Pablo describe el corazón de esa reconciliación como un intercambio verdadero, el único canje justo de la historia:

Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

(2 Co 5:21)

En el primer canje se dio la gloria a cambio de una imagen corruptible y la verdad a cambio de la mentira; en el último, nuestro pecado a cambio de su justicia. Lo que el ser humano intentó dividir, Dios lo volvió a unir en la Cruz, y gracias a su inmutabilidad su llamamiento sobre nosotros permaneció irrevocable (Ro 11:29). La gloria que se perdió en Ro 1:23 y de la que todos estaban “destituidos” en Ro 3:23 es ahora objeto de esperanza: “nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Ro 5:2). Pablo no podía terminar ese recorrido sino con una doxología, la misma con que se cierra este libro (Ro 11:36).

Precisión

la familia léxica (ἀλλάσσω, μεταλλάσσω, καταλλάσσω, ἀποκαταλλάσσω), la repetición de εἰκών, ψεῦδος y παραδίδωμι y su distribución en las cartas son datos del texto griego. Leer esas repeticiones como una respuesta deliberada al canje de Ro 1 es interpretación propia.

Síntesis

Moisés pidió ver la gloria de Dios, y Dios le respondió haciendo pasar todo su bien y proclamando su Nombre: misericordioso, piadoso, tardo para la ira, grande en misericordia y verdad, justo (Éx 33:18–34:7). Eso es la gloria: el peso de todo lo que Dios es, la comunión de sus atributos. En la Torá se mostró en la nube, en el fuego del Sinaí y en la gloria que llenó el tabernáculo; en la historia de Israel se fue con el arca (Icabod) y con el templo (Ezequiel), y fue prometida de vuelta (Hag 2:9). Los Salmos la cantaron en la creación y en la Torá, la pidieron sobre toda la tierra y la dieron “por tu misericordia, por tu verdad”. Los profetas la contemplaron santa, exclusiva y universal. En Jesús, el Verbo puso su tienda entre nosotros, “lleno de gracia y de verdad”, y su gloria se vio en las señales, en el monte y, sobre todo, en la cruz. Pablo la reconoció en “la faz de Jesucristo”, en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. Quienes lo contemplan son transformados “de gloria en gloria” hasta ser semejantes a Él. La sincronía de los atributos explica, por último, por qué esa gloria es una sola: en Dios ningún atributo compite con otro, cada uno asegura a los demás, y la Cruz los muestra todos a la vez, deshaciendo el canje de Romanos 1.

La gloria de Dios es la comunión perfecta de todos sus atributos: el kavod, el peso infinito de lo que Dios es (Éx 33:18–34:7). Se manifiesta en la creación (Sal 19:1; Ro 1:20), en la historia de Israel (Éx 40:34; Ez 43:2) y, en plenitud, en Jesucristo, en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col 2:9) y en cuyo rostro brilla “el conocimiento de la gloria de Dios” (2 Co 4:6). No se comparte con los ídolos (Is 42:8), pero se comunica a los que están en Cristo, que son transformados “de gloria en gloria” (2 Co 3:18; Ro 8:30). Al ser humano le corresponde reconocerla: “No a nosotros… sino a tu nombre da gloria” (Sal 115:1).

Mirada Aporte a la gloria
Hebrea kavod, “peso”: riqueza, honra, el yo, el resplandor; la gloria que reposa, llena y se va; Elí “pesado” e Icabod; el Nombre como gloria proclamada (Éx 34:6–7).
Judía La Shejiná que acompaña al pueblo en el exilio (Meguilá 29a); el segundo templo sin Shejiná (Yomá 21b); todo creado para su gloria (Avot 6:11); la Qedushá; los atributos de acción (Maimónides).
Teológica La gloria esencial no aumenta ni disminuye; lo que crece es la manifiesta y su reconocimiento; “el nombre es la colección de sus atributos” (Pink, 2020, pp. 6–7, 100).
Paulina La creación y la cruz (Ro 1; 3); “gloríese en el Señor” (Jer 9:24 en 1 Co 1:31); “de gloria en gloria” (2 Co 3:18); “eterno peso de gloria”; toda la plenitud en Cristo (Col 1:19; 2:9).

El libro comenzó con Jeremías 9:24 y con él termina: “Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra”. Conocer a Dios en sus atributos no es un mero ejercicio académico, sino la única gloria que no aplasta a quien la lleva. Todo lo demás, sea sabiduría, fuerza, riqueza o fama, termina resultando demasiado liviano o demasiado pesado; la gloria de Dios, en cambio, es un peso que levanta: “Mas tú, Señor, eres escudo alrededor de mí; mi gloria, y el que levanta mi cabeza” (Sal 3:3).

En la Cruz no vemos a los atributos de Dios competir entre sí, sino converger en una sincronía perfecta: allí la ira de Dios fue satisfecha, la justicia fue honrada, la misericordia fue derramada y la santidad fue vindicada. El celo del Señor revirtió el canje de Romanos 1 para devolvernos la imagen del Dios invisible, y reveló así que nuestro Dios es, hoy y siempre, soberana y perfectamente Uno (אֶחָד, ejad).

Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

(Ro 11:36)

Glosario

(ἀλλάσσω). Cambiar, alterar; el verbo del canje de la gloria (Ro 1:23).

(ἀποκαταλλάσσω). Reconciliar plenamente (Col 1:20); compuesto de la misma raíz.

(אַסְפַּקְלַרְיָא). “Espejo, vidrio”; en el Talmud, la visión de los profetas (Yevamot 49b).

(δόξα). “Opinión, reputación” en el griego clásico; “gloria, resplandor” en la Septuaginta y el Nuevo Testamento.

(δοξάζω). Glorificar, honrar, hacer visible la gloria (Jn 12:28; Ro 8:30).

(ἐσκήνωσεν). “Puso su tienda, habitó” (Jn 1:14); de σκηνή, tabernáculo.

(הִתְהַלֵּל). Gloriarse, alabarse (Jer 9:23–24); en griego, καυχάομαι.

(אִי־כָבוֹד). “¿Dónde está la gloria?” o “sin gloria” (1 S 4:21).

(כָּבֵד). Pesado; también “honrar” en la forma kibbed (Éx 20:12).

(כָּבוֹד). Peso, riqueza, honra, gloria; la presencia manifiesta de Dios.

(μεταλλάσσω). Intercambiar, dar una cosa por otra (Ro 1:25–26).

(μεταμορφόω). Transformar, transfigurar (Mt 17:2; Ro 12:2; 2 Co 3:18).

(מִשְׁכָּן). Morada, tabernáculo; de שָׁכַן, habitar.

(πλήρωμα). Plenitud (Col 1:19; 2:9).

(קְדֻשָּׁה). Oración de la sinagoga que une Is 6:3 y Ez 3:12.

(שְׁכִינָה). La presencia de Dios que habita; término posbíblico (targumes, Talmud).

(θειότης / θεότης). Cualidad divina (Ro 1:20) / Deidad misma (Col 2:9).

(תִּפְאֶרֶת). Hermosura, ornamento, gloria (Éx 28:2).

(יְקָרָא). “Honra, lo precioso”; con ella traduce Ónkelos el kavod de Dios.

Referencias 38

Alter, R. (1999). The David story: A translation with commentary of 1 and 2 Samuel. W. W. Norton.

Bauckham, R. (2008). Jesus and the God of Israel: God crucified and other studies on the New Testament’s christology of divine identity. Eerdmans.

Bauer, W., Danker, F. W., Arndt, W. F., & Gingrich, F. W. (2000). A Greek-English lexicon of the New Testament and other early Christian literature (3.ª ed.). University of Chicago Press.

Bereshit Rabá [12:6; 12:15]. (s.f.). Sefaria. https://www.sefaria.org

Berkhof, L. (1938). Systematic theology. Eerdmans.

Brown, F., Driver, S. R., & Briggs, C. A. (1906). A Hebrew and English lexicon of the Old Testament. Clarendon Press.

Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John. Eerdmans.

Charnock, S. (1996). The existence and attributes of God (Vols. 1–2). Baker Books. (Obra original publicada en 1682)

Dunn, J. D. G. (1998). The theology of Paul the apostle. Eerdmans.

Elbogen, I. (1993). Jewish liturgy: A comprehensive history (R. P. Scheindlin, Trad.). Jewish Publication Society.

Elliger, K., & Rudolph, W. (Eds.). (1997). Biblia Hebraica Stuttgartensia (5.ª ed.). Deutsche Bibelgesellschaft.

Fee, G. D. (1987). The first epistle to the Corinthians. Eerdmans.

García Martínez, F. (1992). Textos de Qumrán. Trotta.

Guinness World Records. (s.f.). Best-selling album. https://www.guinnessworldrecords.com/world-records/70133-best-selling-album

Hafemann, S. J. (1995). Paul, Moses, and the history of Israel: The letter/Spirit contrast and the argument from Scripture in 2 Corinthians 3. Mohr Siebeck.

Harris, M. J. (2005). The second epistle to the Corinthians. Eerdmans.

Hays, R. B. (1989). Echoes of Scripture in the letters of Paul. Yale University Press.

Kittel, G. (Ed.). (1964). Theological dictionary of the New Testament (G. W. Bromiley, Trad.; Vol. 2). Eerdmans. [“δόξα”]

Koehler, L., & Baumgartner, W. (2001). The Hebrew and Aramaic lexicon of the Old Testament (M. E. J. Richardson, Trad.; Ed. de estudio). Brill.

Maimónides. (1903). The guide for the perplexed [I:54; I:64] (M. Friedländer, Trad.). Routledge. Sefaria. https://www.sefaria.org

Misná: Jaguigá [2:1]; Pirqé Avot [6:11]. (s.f.). Sefaria. https://www.sefaria.org

Moo, D. J. (1996). The epistle to the Romans. Eerdmans.

Moo, D. J. (2008). The letters to the Colossians and to Philemon. Eerdmans.

NBC News. (2014). Robin Williams: Hollywood’s $5 billion box office draw. https://www.nbcnews.com/storyline/robin-williams-death/robin-williams-hollywoods-5-billion-box-office-draw-n178556

Nestle, E., & Aland, K. (Eds.). (2012). Novum Testamentum Graece (28.ª ed.). Deutsche Bibelgesellschaft.

Newsom, C. (1985). Songs of the Sabbath sacrifice: A critical edition. Scholars Press.

Pink, A. W. (2020). Los atributos de Dios (E. Rodríguez Cruz, Trad.). Chapel Library. (Obra original publicada en 1930)

Rahlfs, A., & Hanhart, R. (Eds.). (2006). Septuaginta (Ed. rev.). Deutsche Bibelgesellschaft.

Rashi. (s.f.). Comentario a la Torá [Gn 1:1; Éx 33:19] (M. Rosenbaum & A. M. Silbermann, Trads.). Sefaria. https://www.sefaria.org

Santa Biblia: Reina-Valera 1960. (1960). Sociedades Bíblicas en América Latina.

Shemot Rabá [3:6]. (s.f.). Sefaria. https://www.sefaria.org

Sony Music Entertainment. (2018, 8 de marzo). Elvis Presley’s RIAA certified album sales more than 146.5 million units [Comunicado de prensa]. https://sony.mediaroom.com

Steinsaltz, A. (Ed.). (2017). Koren Talmud Bavli: Edición William Davidson [Berajot 7a; Meguilá 29a; Rosh Hashaná 17b; Shabat 30a; Yevamot 49b; Yomá 21b]. Sefaria. https://www.sefaria.org

Targum Ónkelos [Éx 25:8; 33:18–23; 40:34–35]. (s.f.). Sefaria. https://www.sefaria.org

Thrall, M. E. (1994). A critical and exegetical commentary on the second epistle to the Corinthians (Vol. 1). T&T Clark.

Trench, R. C. (1880). Synonyms of the New Testament (9.ª ed.). Macmillan.

Vermes, G. (2004). The complete Dead Sea Scrolls in English (Ed. rev.). Penguin.

Vine, W. E. (1999). Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento exhaustivo. Caribe.